Doña Cecilia vive en una casa del siglo XIX. Vive en el siglo XIX porque se dejaron las cosas tal cual estaban entonces y no se permite cambiar una jota a ninguna de ellas. Hoy, doña Cecilia debe tener unos 63 años, como hace tres años cuando la conocí y tampoco se permite cambiar una jota al dato.
Este retrato es el resultado de un castigo autoinfligido debido al hecho de que se me había olvidado su santo. Consiguientemente tenía que hacer algo para compensar la falta y como alguien había cometido el error aun más grave de presentarle un oleo que le disgustó profundamente – y dijo, además, que no se le parecía nada -, cuya foto empero había guardado, aproveché, porque los colores eran bonitos, afirmé, para hacer uso de mis grandes talentos en la falsificación de documentos para superponer una foto suya escaneada a la foto del óleo en cuestión. La firma alude a ese trabajo nada más puesto que, evidentemente, no se encuentra sobre el óleo.
El problema de la casa del príncipe es que en exceso me refería a un campo del conocimiento demasiado mitológico que conozco bien, cierto, pero cuya inserción en este nuestro mundo contemporáneo estaba al origen de un espantoso dolor de cabeza. Es muy difícil casar ámbitos del conocimiento que reposan sobre principios muy distintos y la mayoría de las veces tenemos que obligarnos a quedarnos en uno lo que disminuye nuestra capacidad de acción o reacción. Hacer eso habría quizá implicado que se perdiese la casa del príncipe para siempre, cosa que habría sumido a doña Cecilia en la más profunda de las tristezas.
A doña Cecilia la conocí mientras me avanzada muy enmascarada haciendo páginas web para proseguir una difícil investigación sobre las causas y raíces del contrabando. Daba muchas vueltas por muchos lugares y haciendo una para un local contiguo, apareció la hija, Lourdes, que dijo que su madre también estaría interesada. O sea que le compuse una página mientras mi alma languidecía por los lugares, por lo que, lógicamente también, me encontré a Doña Cecilia un día mientras se paseaba por la calle y me dijo que alquilaba un apartamento. Un poco más tarde le dije que se lo alquilaba yo, pero ya lo había arrendado. Quedaba la casa del príncipe y aunque no fue difícil percatarse de la dificultad intrínseca a los lugares, le dije que bueno, que hacía mucho tiempo había reinado sobre las estepas, y todo era posible.
Las fotos anteriores, tomadas sobre 2007, muestran un extraño tono lechoso que no se debe solo a la muy escasa luz que entra.
Yo dije – es hipótesis – que ese lugar era anteriormente, hace muchos siglos, probablemente un cementerio o lugar sacro de cierta índole. Las piedras que sirvieron posteriormente a construir los muros (bien antes del siglo XIX) parecen en parte pulidas y se les sonsaca a cierta distancia como extrañas figuras que hubiesen podido ser talladas en la piedra. Más alusivo que certero deja una impresión extraña en la mente, ya desde muy pronto. Ese lugar fue un establo durante muchos años. A la madre de doña Cecilia se le ocurrió hacer condición de convivencia el que se la dejase hacer de ese lugar un habitat de la fantasía, pues como se lo calificase de otro modo.
Lo que extraña, aparte del tono lechoso de las fotos, es que la madera en un lugar tan húmedo, en vez de podrirse, se seca.
Yo concluí que una extraña bacteria habitaba los lugares. Después de trabajar un mes incansablemente a limpiarlo todo, me enfermé durante casi uno más.
Claro. Llama a las brujas y espanta fantasmas ahora en nuestro electrónico mundo.
El ámbito de conocimiento que se llamase mitológico (una rama muy estudiada por Tula) consiste en encontrar un ajuste a través de elementos exteriores combinados que compensan un desequilibrio que se percibe intuitivamente. Así me curé en Grecia. Pero estaba en un lugar que era pura mitología también por lo que, en un principio, a parte de los sobresaltos que solían llevarse en el hospital general de Serres, – pero eso era culpa suya por meterse en camisas de once varas, - no pasaba nada.
Para que ese tipo de comprensión de la realidad pueda insertarse dentro de uno más común – dependiendo de los tiempos – precisa de un eje o elemento puente porque si se funden dos modos el resultado puede ser aun peor que lo que se pretende arreglar.
Los elementos que se usan para remediar al mal parecen ser de origen indígena y eso más por intuición que por estudio. El eje es la lógica llamada Ines de la Fressange. Razón por la que, por cierto, me interesaba tanto.
En un mundo del conocimiento bastante totalitarista, el pretender que la combinación de colores con cierta inteligencia conlleva una masacre de bacterias es pura ilusión. La única manera de conseguir introducir la ilusión dentro de tu vida cotidiana es la estética y un cierto tipo de estética. El rojo o burdeos con azul, el marrón con negro y/o blanco, y el rojo y blanco marean a las bacterias y se mueren por ir a todas partes al mismo tiempo. Digo yo, que es pura fantasía.
Extrañamente son colores bizantinos o imperiales rusos y aparecen muy a menudo ligados a casas reales.
La casa del príncipe fue puesta en cuarentena durante dos años. Sacaré fotos de nuevo. Sé que el tono lechoso ha desaparecido porque tomé fotos hace unos meses y ya no estaba. La madera, además, se ha levantado. De hecho ya no tienes la impresión de que vas a aterrizar en la cocina al mínimo despiste.
Sobre la mesa de Ines de la Fressange cuya razón de ser se explica (en realidad, se evita constantemente que algún alimento entre en contacto con la madera a través de cristales, plásticos u otros), campa la llamada lámpara de Natasha, otra historia que se mereció un largo capítulo de ‘firework in amaretto’ y un aviso a la embajada rusa de que se les estaban escapando probables tesoros nacionales porque en una lámpara adyacente se visumbraba claramente el águila imperial.
No había casi nada más. El armario cuya pérdida era la causa de posible depresión para doña Cecilia fue pintado de negro, marrón y dorado pareciendo al final más una máscara india que otra cosa pero … que se le fuese a hacer. Ciertos azulejos bien puestos tenían por misión el seguir mareando bacterias. Las mesas fueron cubiertas de azulejo o cristal. Eso era todo. Si no me caía dentro de alguna cacerola en los meses siguientes quizá había posibilidades de que sobreviviese la fantasía de la abuela.
Durante dos largos años seguí con mucha paciencia el paulatino desaparecer de aquellas.
Cuando me puse a arreglar las oficinas todavía no había resuelto el problema de los techos de madera y solo entonces empezaron a vislumbrarse las soluciones.
Todavía queda bastante por hacer pero el asunto progresa de modos claros. Y casi perentorios. De ello nos ocuparemos en los próximos días. Quedan los toques finales de la oficina, a la que hay que agregar solo algunos detalles. O sea que primero terminaremos de fijar para la eternidad esta, antes de precipitarnos sobre el resto.









