
Es lo peor que te puede pasar, momentos en los que es casi posible definir la envidia aunque normalmente hagamos caso omiso de semejantes pasiones. Apenas le había sacado un elefante a alguna nube y un enano a una montaña, y me mandan éstas fotos, como si alguien hubiese avanzado dos mil años con respecto a ti en el sublime arte de encontrarle esquemas subyacentes a la realidad. Si hubiesen llegado más tarde, quizá me hubiera dado lo mismo porque se distrae la mente con otras cosas y lo que parece tan importante como proyecto metafísico se diluye en otras temáticas más o igual de interesantes.

Además, lo que es aun peor, si cupiese, dibuja finalmente la posibilidad de realizar lo imposible, o que me parecía realmente imposible a mi, aunque hiciese grandes esfuerzos por aniquilar la imposibilidad: cómo se introdujera ese elemento que llamaba espiritual o místico en referencia a Guayasamín dentro del arte de la fotografía? Arte al que precisamente le negaba el atributo de arte por ser incapaz a mi entender y reducido conocimiento, de ir más allá del mero reflejo de la realidad empírica, construyendo como mucho una perspectiva rozando la ideología que dice a alguien sin lograr jamás trascender la realidad más inmediata.

Sería eso mismo. Si lo irreal se plasma en lo difuso al perder definición y apela a otras dimensiones en las que caben los monstruos del lago Ness, los fantasmitas irreverentes y casi, se dijera, que hasta el gato con botas aunque aun hubiese que definir su espacio más concretamente porque éste, seguro, necesita ser una mancha concretizada sobre un muro pintado de amarillo, es obvio que la trascendencia no se puede hacer imagen que cuando se encuentra dentro de lo anodino dejado de lado y caído ahí de cualquier manera, es decir, depositado en su indiferencia allá por manos cuyos designios quizá solo se capten cuando en ello se encuentran los rasgos hasta de un Neandertal, diría yo, aunque cada cual interprete a su manera.
En lo que hay, hay otra cosa, lo quizá sea el modo más simple de definir la trascendencia. Y aunque Kant dijese que ‘es necesario pensar que la presencia de un cuadrado o un triángulo sobre la arena revela necesariamente la actuación humana’, es necesario constatar que incluso en aquello que no pretende a formas puras, se encuentra de por la mirada humana trazos reflejando algo más que la forma pura: la alusión a lo inteligible a lo que el arte suele pretender en exclusividad.
Es más que un buen comienzo que ya había constatado en los intentos de reflejar personalidad subjetiva de Flavia Schuster, es casi un paso hacia delante. Y permite fundar una muy simple evidencia: lo mismo cuando se cambia el medio que se utiliza para plasmarlo, precisa de una transformación que permita el decir eso mismo de otra manera. Si cierto árbol pintado será siempre una romántica alusión queriendo esquivar las imposiciones de las civilizaciones, el árbol de la fotografía no será nunca nada más que un árbol. Saber inscribir una disposición interna equivalente dentro de un medio diferente implica cambiar la perspectiva y se consigue, por ejemplo, de éste modo.
La realidad no se reduce a lo que captan los sentidos y los esquemas subyacentes revelan mucho más de lo que la mueve que ciertas pretendidas evidencias.
Se podría decir entonces, para continuar con la sempiterna cuestión de los valores que no acabará tan pronto que, por un lado, lo que llamábamos una problemática a valía más o menos general, cobra clara imagen en esto mismo: de reflejar realidades se pasa progresivamente a plasmar identidades y de ahí a dibujar disposiciones internas, progresos que marcan la valía de las cosas en tanto que hacen avanzar las problemáticas de por las respuestas que se aportan, y que, por otro lado, el esfuerzo hecho en diferenciarse de otros de por la profundidad adquirida de la respuesta le da más a lo que se hace, aunque luego, lógicamente, vengan otros imitando con mejor calidad técnica lo mismo.
Hay un momento en el que uno debe agarrarse a su propio valor, como diciendo que ya se ha hecho y saber hacerlo valer. Es decir, que debe saber dar a conocer lo que finalmente se reconoce como haciendo partícipe a otros de un resultado para cuya obtención se precisa de la presencia de otros tantos que solamente guían el pensamiento o apoyan la disposición.
Entre este fundamento del principio de determinación del valor del arte y el mercado actual del arte hay años luz y mucho abismo en medio, pero al menos alimenta la reflexión sobre el cómo fuera posible que perspectivas tan dispares pueblen una misma contemporaneidad.
Contribución de Ana Kasten
Texto: S Kasten
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