Malamente se justifica semejante indebida apropiación de bienes derivados, de gentes encontrándose unos cuantos oceános más allá, o sea que tenemos que buscarnos una excusa. Claro que se discute, qué fuera de quién al final, pero no fuera sino porque en el fondo realmente tienes la impresión de hacer de gorrión que pica migas de pan de platos ajenos – lo que, se quiera o no se quiera, no deja de ser muy biblíco, aunque no se caigan de la mesa, sino que solo aparezcan instantáneamente sobre una pantalla – por lo que en todo caso se hace necesario el buscarse una excusa aunque sea oblícua.
Claro que se puede argumentar que en el proceso de elucidación del movimiento en tanto que se fija en imagen, profunda refelxión que comenzamos con un ápice de ironía a guisa de comentario sobre Plisetskaya bailando el bolero de Ravel, bien hicimos en caer sobre Natalia Osipova, que – confieso – no conocíamos hasta el insigne momento en que caímos sobre un video suyo gracias a una búsqueda en ‘youtube’ diciendo ‘bolshoi’.
Aunque – digo – le quedan a Osipova o al director de escena aun unos cuantos años antes de llegar a poder encarnar de nuevo y desde otra perspectiva el bolero de Ravel según Plisetskaya (pensamos, sin querer meternos con nadie: es decir, terminamos por reflejar exactamente lo que aparecía a la mente en ambos casos sin querer en ningún caso presumir que eso fuese un juicio del orden o naturaleza que fuese – y no por otra cosa, sino porque no hay otro modo de establecer lo justificado de la crítica, si de ello se tratase, porque si digo lo que se espera de mi que diga, decir, no digo nada, si me imagino tener criterios que no tengo, sigo sin decir nada; ahora, sin ser nada más que alguien apasionado por la posibilidad de darle la vuelta a todo a fuerza de puntuales pinchazos fotográficos acompañados de muchas palabras, lo único que se puede hacer es decir exactamente lo que te cruza la mente, sin más. Y luego tienes que seguir el proceso viendo si de tanto pensamiento aparecido de diversas circunstancias se puede establecer una relación a aquello de lo que se habla, único modo por el que terminan por fijarse criterios, finalmente. Aunque sean subjetivos.) sentí una certera admiración por aquello que tan someramente se me presentaba.
Lo que se me ocurrió viendo a Osipova fue la frase de arriba, lo que ya casi se merece un palco porque raramente tan alusivas frases a lo que otros hacen o dicen te cruzan la mente con tanta rapidez y sin tener que rebuscar en exceso en los registros de la memoria. Por eso de impresionar al auditorio, si hubiese.
Total. Natalia Osipova se convirtió de inmediato en la ‘absoluta levedad del ser’, lo que desde cierto punto de vista me venía muy bien ya que permitía concebir con suficiente rapidez el hacer lo más difícil como si no se hiciese nada, y ese mismo día, hasta la existencia se me hizo más sencilla como siguiendo el reflejo del aura dejado por Osipova. Pensé incluso que si algún día iba a Rusia, tendría que ser en un momento en que apareciese en algún lado, cosa que implicaba muchos tertulios previos en un ruso inexistente, tarea que no me pareció en exceso difícil teniendo a la misma como perspectiva fundamental.
Constaté, empero, a mi gran satisfacción, que mi ruso hacía enormes progresos ya que no solo discerní con claridad en la entrevista dada, que hablaba de su maestra, sino de alguien que tuviese un ‘duro caracter’, que terminé por atribuirle a ella, aunque no disponiendo de los elementos gramaticales determinantes para poder fijar mi juicio.
Es una ventaja. Ves el bolero de Ravel de Plisetskaya y te pones a hacer profundos elucubrios sobre la tensión existente entre la afectividad en su dimensión intelectual y su expresión física y ves a Osipova y piensas en darte una vuelta por San Petersburgo. No que le quite la reflexión, es que la posterga a un segundo plano como quien no quiere molestar con tanta profundidad. Ahora, es obvio que Osipova asume menos que Plisetskaya la elucidación de tanto pensamiento hecho gesto aunque no por eso deja de insinuar respuestas un tanto acomodadas a la manera de preguntas, como quien delega sobre otros la tarea de decir las cosas, después de pensarlas, supone, en tanto que hace resaltar alguna incongruencia o subraya algo que faltase o expresa una hipótesis como eso mismo, una posibilidad?
La alternativa Osipova, que tiene grave peso de escuela, lo que no deja de ser agradable, en el fondo solo asume la responsabilidad de seguir diciendo lo que adquiere sin permitirse en exceso un juicio y eso hace resaltar lugares que son más escuetos, más desnudos y más sencillos que los grandes teatros universales. La escuela de baile cuyos muros, configuración y colores, reflejos e imposiciones son determinados por quien rige e impera sobre los lugares en tanto que – soñaba – ordena una enseñanza en vistas a que algún día, algún pupilo o pupila aterrice en el Bolshoi. Supones. No sabemos quien es, pero es obvio que es alguien tan tímido que nunca se atrevió a pisar un escenario razón por la cual imponía a sus alumnos un estricto llevarle la contraria en cuanto a principios fundamentales, porque si seguían en exceso su ejemplo, acabarían todos en un campo de gitanos a la luz de la luna y de la fogata alumbrada para que se oyesen solo las palmas resonando de alguien apelando siempre a si mismo. Precisamente. Lo que se guarda para si y no quiere mucho decirse guarda las ternura de una visión interna en la muy escueta representación del lugar desde el que enseña.
Haría falta entonces, continuas pensando, un Nureyev, que parece suscitar gran pasión en Osipova, pasión que solo compartiríamos por el hecho de que semejante fusión de elementos produce finalmente lo increible: que se pueda ver en público, arráncandole la timidez a través de la imposición de otro maestro más endiablado e infinitamente más narcisista, aquello que la otra esconde.
Si tuviera que darle palabras a eso mismo se resumiría a que alguien quería que se viese lo bello y no tuvo más medio que aliarse con el diablo para ello porque en el fondo supones que aquello que se dice en belleza es infinitamente más poderoso que el diablo que en si no es nada más que una vulgar criatura que se subordena a más altos designios.
Etc.
Luego siguen otros muchos pensamientos más.
Todo ello es razón suficiente como para, precisamente, intentar lo casi imposible que fuera de fijar semejante levedad irresuelta y casi irresponsable en una imagen fija, o en algunas, para que cada cual se quede con la que más le gusta. No, es que estaba buscando además algún elemento de decoración que se pudiese sustraer a las estrictas normas sobre derechos intelectuales. No es que sepa en exceso cuales ni cómo rigen pero me dije que probablemente tendría el derecho de guardarme alguna foto para mi, o para algún regalo.
Hasta ahí llegó mi reflexión cuando tuve que volver de nuevo a Inés de la Fressange porque me hace reir siempre y supones que es la perspectiva más adecuada para fijar imágenes. La risa es leve también. Se quiera o no se quiera se debiera compartir mi punto de vista aunque se deduzca de la simple traducción de un texto y alguna imagen.

Los instantes preciosos de Ines de la Fressange

“Hay un lugar en el sur de Francia, en Camargue, que crea casi automáticamente en mi, instantes preciosos. De repente, hay un destello de felicidad en casa cuando decidimos que vamos al día siguiente a Z.

Después de Arles hay que conducir un rato sobre la carretera de Saintes y girar a la izquierda hacia S y después vas a la aventura, a través de los pantanales, la carretera está en mal estado y es un poco difícil de encontrar y de repente se ven los flamencos rosas y de lejos se cree percibir el mar porque se ve un faro y se concluye que el mar no debe estar muy lejos. Ya ahí es formidable.

Después vamos a la playa, es una playa muy grande donde no hay mucha gente. Jugamos con la arena, nos bañamos, estamos llenos de sal. Hay un momento en el que tenemos que irnos porque se siente con la luz, con la temperatura y hay esa especie de cansancio del sol y el viento del coche, pero en realidad a los niños les gusta quedarse en el maletero, detrás, lo que está estrictamente prohibido, agarrarse de las barras y recibir el viento en la cara y pegar gritos.

Normalmente cantan canciones como ‘En los Campos Elíseos’ lo que está completamente fuera de lugar, pero cantan esas canciones a voz muy alta.

Pero desde el momento en que tengo mi sombrero de paja y que estoy al volante de ese coche, principalmente cuando vuelvo de Camargue, soy extremadamente feliz. Pero el lujo es realmente eso, es la felicidad. “


Es una buena definición de la mala conciencia. En todo caso está prohibido también, aunque no nos afecte la infancia.
Lo que hace reir a veces es la distancia que hay entre lo que se dice y lo que se quiere decir.
Y entre lo uno y lo otro se encuentran los errores de justicia, pues, a qué juzgásemos: a lo que decimos, finalmente, o a lo que queríamos decir?
Es cierto que se puede concluir con facilidad que Ines de la Fressange tiene costumbres un poco monásticas en lo que refiere a la moral, y no suputamos. Se deduce. Tiene la ventaja de rescatar lo prohibido a través de su inocencia que en el fondo no es nada más que la mala conciencia, cuando se asume. No está mal.
Es obvio que lo que tiene en común Ines de la Fressange con Osipova es que ambas utilizan dos ángulos radicalmente opuestos para construir sobre ellos un equilibrio muy sutil con harta levedad. Aparte de que la una sirve para ajustar la perspectiva con respecto a la otra. A mi. No dudo de que Ines de la Fressange sea una persona muy seria. Pero es una evidencia de que a mi me hace reir. Y desde un punto de vista absoluto no hay nada que prohiba la reacción espontánea y subjetiva a la presencia de algún personaje público.
En fin. Precisamente. Shanon me dijo ayer que si publicaba las fotos de su bar aun por inaugurar, contase alguna historia. Esta, por ejemplo. Lo que ahonda la disparidad y los ángulos radicalmente opuestos sin, claro, equilibrio entre ambos. Porque, francamente, qué tuviera que ver Osipova con Ines de la Fressange, a las que hemos encontrado un puentecillo anexando características con el bar de Mike y Shanon aun por inaugurar. Es cierto que lo que une lo uno con lo otro es que ‘Shanon me pidió que contase una historia al respecto y se me ocurrió ésta’.
Aquel día no me reía, ese día que fui a tomar las fotos del bar como había prometido aunque empezasen a desbordarme tantas promesas, aun rige palabra, decía. Además no había nadie aunque Mike había dicho que estaría ahí.
O sea que hice un par de fotos del exterior, primero.



Luego vino Shanon.

Es obvio que son americanos y que lo que realmente caracteriza a lo ecuatoriano es que consigue obligar al extranjero a definirse en particular en cuanto a su étnica pertenencia, razón por la cual el extranjero siempre termina por colgar una bandera ecuatoriana de algún lado. Yo cantaba ‘por dios juro sagrada bandera’, lo que en el fondo revierte en lo mismo aunque sea distinto.

Lo americano es normalmente más frío que aquello que se apega al Bolshoi pero inserto en las predominantes líneas cuencanas casi como que deja todo el espacio del alma para uno mismo.

La conversación empezó con un cuestionamiento sobre la seguridad que las leyes pueden aportar a la propiedad en cuanto a que es en el fondo sobre ellas que se construyen planes de futuro y terminó en una general contemplación sobre la problemática de las antigüedades, si eran o no eran y hasta qué punto podíamos decirnos expertos en cuanto a su evaluación. Evidentemente no resolvimos nada salvo que parecía de evidencia que cada cual tenía su manera de comprender sus propias leyes.

Finalmente llegó Mike, que solo le puso la guinda final a la serie de fotos que estaba tomando.
Claro. Al final lo que une una cosa a la otra es un sueño de infancia. Aunque lo ponga en palabras Ines de la Fressange, sea un poco prohibido y en cualquier caso desfasado. No prohibido en si, quizá: lo más prohibido de todo es atreverse a creer que algún sueño de infancia se pueda hacer realidad aun cuando ya no nos encontramos en fases tan soñadoras de nuestra existencia.
Lo extraño es que para conseguirlo pueda ayudar hasta Nureyev.
Se concluye lógicamente que la historia puesto que subvencionada por la petición americana debiera terminar a la americana. Diciendo que todo ello no es nada más que un amago de publicidad para un bar aun por inaugurar al lado del río Tomebamba en la ciudad de Cuenca justo al lado izquierdo del puente por el que se sube a la calle Larga. Uno de ellos. No contando con más precisiones, la publicidad termina en posibilidad, a la … rusa.
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