Había resultado de tan extraño periplo una extraña evidencia. La unión de lo del entendimiento con la intuición dentro una armonía muy determinada, resultaba en sabiduría o conocimiento y llamé padre al entendimiento y madre a la intuición, y a los hijos, sabiduría si eran mujeres y conocimiento si eran varones. Y pensando a la persona en su identidad como lo que se dice en palabra y carácter, supuse que no era necesario ni tan siquiera someterse a físico ejercicio para dejar descendencia, sino que bastaba con que naciese infante en la realidad de la unión del entendimiento y la intuición, aunque fuese distante, de dos personas guardándose en esta evidencia y asumiendo cada una de las dos su persona en una de las dos áreas unidas por la noción preliminar de aquella armonía.
Concluimos que no le quedaba espacio al amor y que yo estaba unida por lazo formal, igual que ella. Dijo que no quería tener hijos si no era porque amaba y le dije que siendo nuestros tiempos los que eran, solo cabía el amor mismo por eso mismo que se creía, para ver si en él nacía aquello que de modo más determinado le hiciese espacio a lo que amaba. Y le gustó.
Preguntó quién era Djenghis Khan. Y le expliqué que era príncipe de Mongolia que en cautiverio fue desprovisto de la facultad de dejar descendencia y que este liberándose, y habiendo unido tropas y forjado un gran pueblo, se casó, y dijo suyo aquello que naciese del matrimonio, porque prevalecía la palabra sobre la carne y que en ello no había falta, ni adulterio, ‘porque la mujer al orden suyo se somete por amor sin buscar placer en otros brazos’. Y dijo que el orden de la mujer era la descendencia y que el alma vaga libre y se encuentra a veces en otros cuerpos y encontrando a quien a él quisiera imitar, su alma encontraría acceso al cuerpo aquel, y sería su palabra y entendimiento y la fuerza de su alma lo que haría al infante que sería de por eso, suyo. Y dije que ya puestos, igual daba, que fuese hombre o mujer, que bastaba con que una de los dos pensase. En este caso. Al menos era lo que me había figurado. Y me había dicho que si era verdad lo que manteníamos y de lo que aun exigían prueba para no ser pretensión, del mismo modo le dejaría descendencia a mi abuela, porque aquello que de tal acuerdo naciese, sería mío.
Y le interesó porque decía que a ellos les decían que sin deseo no nacen hijos propios sino ajenos, y de cierto modo coincidía con lo que decía yo, y que ella no resintiendo aquel, no dejaría descendencia ajena, pero que las palabras que escuchaba le hacían ver lo que pudiese ser que desear, y por eso le interesaba. Y preguntó cómo podía ser que de adulterio naciesen hijos legítimos y aun sin amor, imperase el deseo que de modo puntual se impusiese para hacerse en descendencia propia.
“Lo legítimo, si no se encuentra en la palabra que deja huella formal,” dije, “y precisa de consenso, se encuentra en nuestra convicción de lo que somos y aquello a lo que apegamos nuestra creencia. Lo que es formal, aun consensuado, está sujeto a condiciones, y si las condiciones no se cumplen, no valen, que es lo que yo siempre digo. Las condiciones no se cumplen en mi caso y en el tuyo tampoco, por lo que no valen, aunque guardan apariencia y protegen contra pretensiones excesivas. Es un hecho que el amor no se dice porque nos aterra la muerte que se avecina que deriva de no haber sabido guardarlo. Y es el hecho lo que prima sobre toda otra circunstancia porque deriva de lógica y se presenta a los sentidos. En si no hay nada, pues nada se funda. Legítimo es lo que nazca de aceptar este hecho, hoy, que es lo que cuenta para nosotros, y precisamente reconociendo que el hecho no es principio y no determina los tiempos, rigiendo el reconocimiento del hecho el deseo de otra cosa que se despliegue en el tiempo, que digamos mejor, y cuyo principio introduzcamos, ya que no los tenemos, en tanto que anhelo dentro de la voluntad afirmada de hacer tiempo en nuestra descendencia. Yo no te quiero, y tú a mi tampoco, pero estamos de acuerdo en que no hay vida sin amar y eso basta para dejar esperanza de vida en lo que nazca de nuestro acuerdo. Es carácter el modo. Si tú te casas por temor, yo me casé por burla, y tú de un modo ves que en algunas circunstancias se acerca de lo que pienso. Lo que también es un hecho que se dice en polaridades y carácter distinto, y permite generar tiempo teniendo en cuenta que si lo que somos, por muy dispar, en esa unidad se entiende, no divide el entendimiento de los niños si no que les forja un hogar que nunca pierden.”
“No hay adulterio?” “No para nosotros, pues es nuestra ley. Si solo quieres venir con nosotros en lo que es asunto de familia. Y yo te dejaré mi nombre como evidencia.” “Y quién viniese para que se realizase lo que dices?” “Lo que el viento disponga, que son mensajeros con alas.” “Y no hay adulterio?” “No, porque hay acuerdo.”
Dijo que le gustaba la idea pero que tenía que hablarlo con otros y que me daría su respuesta en su momento.
Y dijo que sí, aunque reconoció que no entendía muy bien cómo se harían las cosas. Y le expliqué algunas cosas, diciendo además que daría muy claros ejemplos más tarde, porque también era asunto pendiente en la Corte de Londres. Dijo que no hacía falta que viniese con nosotros porque tras conversación se había concluido que ellos se regían por las mismas leyes y las decían de modo un poco más figurado, lo que implicaba que hablaban un idioma un tanto distinto para decir lo mismo, y que no se llamaba adulterio aquello que resultaba de acuerdos de ese orden cuando había exigencia y necesidad probadas, y que se decía legítimo. Pero exigía mi nombre para darle la legitimidad del origen consensuado y había llegado a ese acuerdo con quien se había casado. “Tienes fortuna para fundar tu pretensión?” “Hoy son cien millones que solo era uno ayer, porque solo de saber lo que será, da fuerzas para reivindicar hasta aquello que es imposible.” “Y morada?” “Suficiente.” “Y se llama?” “Un pastel de nata con guinda.” “Es grande?” “Lo suficiente.” “No me dices dónde vives.” “Porque depende de lo que dices. Aun así, más vale sorprender a veces, que aguardar lo que quizá se desvanezca.” “Es cierto.” “Y dio su acuerdo aquel?” “Le gustó. Y dijo que él su descendencia dejaría a su modo porque se decía hoy, perita en dulce.” Y me reí.
Luego me callé, súbitamente y me volvió ese mismo sentimiento indefinido que me invadía cada vez que recordaba las frases de Alfonso XIII, lo que procuraba ser las menos posible. Y lo definí como algo que te espanta y deja estupor y al mismo tiempo, te causa risa, como si fuese algo gracioso o chistoso.
“Lo han llamado Franceschi, al nene, porque será francés, que es maricón, como yo. Buenos aliados seremos y él se encargará de la justicia por haber matado al libre.” (Alfonso XIII)
“Yo lo sé, solo hay que seducirlos con infantes y hacen lo que tú quieras.” (Alfonso XIII)
“El francés en realidad es francesa a la que se metió la guardia en la cama.” (Alfonso XIII)
“Nosotros nos casamos con mujer con tara porque salían los niños violentos y solo ordenados con nuestra fuerza, guardando apariencia pero en el fondo asesinos y violadores, cogiendo fuerza hasta de las ratas para entrar en el inconsciente de las gentes. Y eso que no se repiten las palabras, según lo que me han dicho. Pero ya me harté de tanta reticencia.” (Alfonso XIII)
“El mariscal Pito haría todo a mi conveniencia. Y yo tengo el derecho de pronunciar lo extranjero a la española. Pero yo pito y él silba porque me cree francés.” (Alfonso XIII)
“El germano son bolas que ruedan pretendiendo a pensar y los hay por todas partes, hasta en España.” (Alfonso XIII)
“Ya lo sé todo. Me llamarán Juanita.” (Alfonso XIII)
“Los de Inglaterra me la sudan. Porque se dicen empíricos y vas a tocarlos y no se dejan.” (Alfonso XIII)
“Me la sudan significa que vienen del Sudán, porque son negros con pluma pero sin convicción en la realización.” (Alfonso XIII)
“Lo de tortillera significa que hace tortilla con tus huevos si los muestras demasiado. Por eso no me acerco de ellas y es que me gusta mostrarlos. Por pura precaución y por si acaso.” (Alfonso XIII)
“Lo que yo tengo de más es que defino de esencia nuestro borbónico carácter, cosa que nadie había logrado hasta ahora porque somos muy enrevesados y ponemos los epítetos que nos corresponden sobre otros. Me merezco un premio.” (Alfonso XIII)
“En el fondo no somos nada más que malos y por eso nos utilizan los eclesiásticos para sus proyectos, porque nos imponemos con violencia y como no tenemos fondo, necesitamos de sus consejillos para guardar las apariencias. Los que ganan son ellos. Pero yo me río.” (Alfonso XIII)
“Soy lo que soy, pura basura por no utilizar palabras que empiecen con m, pero estoy orgulloso de mi mismo, sí, porque dicen que la honestidad honra.” (Alfonso XIII)
“Dicen que los niños que nacen de la violación son inocentes porque no ha pecado la madre, y que son bien común porque no tienen padre. Por eso ahora me apetece matarlos a todos.” (Alfonso XIII)
“Tengo que sacrificar infante para ser rico y que todo sea mío. Que lo haga otro por mí. Yo no quiero ni tocar la inocencia no sea que se me pegue, porque no es hermosura.” (Alfonso XIII)
“Dicen que soy un obseso sexual y yo lo sé porque me entero de todo y tengo dos ángeles asesinos que limpian los cuarteles por mi y basta solo con que muestre disimuladamente con el dedo porque están drogados con polvo (pólvora).” (Alfonso XIII)
“La autoría de las frases no me la denegará nadie, aunque me lo deniegan todo, porque son mi intrínseca lógica.” (Alfonso XIII)
“Lo que no entienden es que el saber no es exhaustivo como pretenden sino que se resume a principios, que son los que están en la obligación de entregarme, todos los que pretenden a saber y hasta los de la política. Y yo pretendo que no los leo, pero tengo mis propios planes.” (Alfonso XIII)
“Si estuviese en Francia sería afeminado porque la mujer determinaría mi quehacer y me matarían a mi, como ya ha sucedido. Pero aquí hay que ser hombre, hombre, hombre, y para demostrarlo, cortas pescuezos con indiferencia.” (Alfonso XIII)
“Me hastía tener que demostrar que soy hombre. Solo corre la sangre pero no gozas. Yo abogaría porque se defina al hombre de por sus atributos, pero eso sería recaer en lo germano, lo que es muy vergonzoso. Quiero decir que la mía es más corta que la picha de un canario. Para empezar. Y además quién apreciaría la hermosura de mis frases?” (Alfonso XIII)
“Mi amor eterno son mis idílicas frases, es narcisista como la rosa del rosario y eso me agrada. No quedó bien? Es pura poesía.” (Alfonso XIII)
“Nadie me quiere. Lo que no es de extrañar. Quién amaría la monstruosidad enorgullecida de por su propia afirmación? Yo. Lo que es narcisista. Cada vez que las leo me exalto sexualmente. Y será obseso, eso? Si es intelectual …” (Alfonso XIII)
Le había dicho a Inès de la Fressange que las recitaría, al final, como las leyes de mi madre.
Habíamos hecho cierta amistad porque había estimado su aporte muy valioso para mi tarea y eso que ella no entendía muy bien por qué la diferenciación espacial de los principios me ayudaba tanto. Pero no solo cambió la perspectiva de mi destino, sino que ordenó mí pasado de alguna manera nueva, de tal suerte a que surgieron de mi inconsciente detalles que no conocía de antes. Y lo recompuse todo, y no dormía pero no me costaba porque resentí una inmensa felicidad que no me conocía de antes.
Sabía que habíamos ganado nosotros sobre la tara. Le puse una medalla al mérito a mi padre por haber podido aguantar a mi madre tanto tiempo. Claro que yo también me merecía una. Pero yo en ello mi interés veía y no entendía aun, cual le viera mi padre salvo el de hacer algo muy meritorio. O sea que se la merecía. Porque la medalla se enjuicia en cuanto a la finalidad.
Prácticamente todo se puso en su sitio. La boda con la princesa de Mongolia, a la que había hecho gracia el dibujito de mi abuelo y quien le había preguntado, si podía asegurar el tiempo por los siguientes mil años, estaba sujeta a esta condición. “Sois vosotros la frontera de Oriente porque yo solo quisiera rebanaros el pescuezo porque no entendéis ni de hombría ni de evidencia y todo os lo atribuís sin razón y decía palabras vanas, mentís y engañáis porque os seduce solo aquello que se agarra con las manos. Pero tú eres inocente como un niño y mides tus palabras y bien dices que pariente debes ser, de algún modo, aunque sea lejano. Prescindo de mis planes, porque debe haber mar del otro lado, según lo que dicen, y quería verlo aunque no lo sujeté a juramento, porque en cuestión de tierras, el soberano debe saber arrepentirse si encuentra vida en ellas. Tienes mi palabra. Pide ayuda cuando quieras. Porque me agradas, tú y tus dibujos. Pero esta vez está mi palabra sujeta a juramento y si de los mil años falta uno y es culpa tuya, volveré con la fuerza de mi sucesión y acabaré contigo y no dejaré piedra sobre piedra y temblarán los cielos del terror, porque es hija de la luz de mis ojos, que yo, al menos, sé respetar, y no como otros, que no distinguen lo sabio dentro de la carne y son mulas, cuando no son cerdos. Pero si no es culpa tuya y en esos asuntos siempre hay culpa aunque sea de intención, yo acabaré con todos aquellos que hayan querido hacerte culpable de romper tu juramento. Te lo repito, eres la frontera de Oriente, tú y los tuyos, y todos estos, en estas tierras, a ti la vida deben, por mil años. Que alguien insulte tu nombre, que alguien maldiga tu descendencia, que alguien irrumpa violentamente en tu casa, sea lo que sea que sea de ofensa o te cause tristeza porque llorarían los ojos de aquella en la lejanía, pues yo la conozco, y no lo toleraría. Y si parece pesar culpa, limpia tu nombre de inmediato y recupera la inocencia en la evidencia que yo sabré reconocer a los tuyos y dejarles la vida salva. Esta es mi bandera. Azul y naranja. Exponla en lugar obvio y vivirás y cuida que nadie la utilice por ti. Calla. No hables. No ves? Esa tierra es mía hasta el otro confín de los mares y somos millones los ojos que vemos por la misma evidencia y memoria tenemos que se hunde en los abismos infinitamente. No temas, que sabré guardarte desde la lejanía porque yo sé lo que te rodea. Nunca he visto a esta mujer tan feliz, y no lo entiendo, ante semejante piltrafa, pero lo sospecho, porque el tiempo es de las mujeres, y es lo que le prometes, que es lo que le interesa. Te llaman Schuitz, porque eres guardia? Algo así dicen los chinos también. Y Speth porque te gustan los pájaros? Haz de tu nombre un fuerte para que burg tenga sentido. Eso dice la sabihonda esta. No te imaginas cuanto sabe. Hasta el destino de las aves migratorias conoce. Se llama Mungo y te dejo ese nombre que es aquel por el que yo te reconozca, y te digo la verdad, es adivina a un punto sorprendente. Pero nosotros, entre hombres, nos reímos de esas cosas, porque sino se hacen las engreídas. Y ellas terminarán por hacer lo mismo. A fuerza de repetirlo terminarán por creérselo y girarlo contra nosotros, como es su costumbre. No sin razón, no sin razón. Y esas llavecitas tan monas? Lindos dragones dicen por China. Te admito que me muero de la envidia. Tengo que invadir China. Ellos también dibujan y que no se diga que te lo he copiado. Me voy. Solo venía de inspección. Pero volveré y respetaré esta frontera cuando salgas.”
Mi abuela había dicho emperor porque decía que esas tierras le debían la vida y la libertad. Pero se estaba perdiendo la evidencia y sabía como yo aunque nadie me había dicho nada, que los mongoles sabrían que algo faltaba y que teníamos que limpiar nuestro nombre para tener las vidas salvas. Al mismo tiempo, pidió ayuda y solicitó venganza. Para ello tenía que limpiar nuestro nombre igual.
Todo tenía sentido. Entre la evidencia infantil y la adulta se había hecho una brecha que era aprovechada sobre todo por judíos renegados. Pues los judíos llamaban a los que se hacían los tontos, payasos, y algunos se enfadaban porque se los entendía retrasados por infantiles y aquellos renegaban de su raza. Pero al arrimarse de otros y pudiendo de algún modo entenderse con los godos, parecían útiles y servían de enlace entre las razas, porque no son fundamentalmente aliadas. Pero también se acercaban de otros judíos renegados que eran muy peligrosos, disimulándose el peligro detrás de los aires de cierta inocencia. O los homosexuales, a los que rechazaban en sus sociedades, o hasta los adúlteros, por ser nuestras leyes más libres. Pero eran gentes sin identidad ni ley propia, por lo que igual afirmaban de un lado como del otro, resquicio que vio Alfonso XIII, y lugar donde debería hincar el diente. O sea que compuso un ‘brebaje’ que se hacía de los tonos chillones de las de las Hijas de la Caridad y las Llamas del Infierno, disimulados detrás de la ausencia de los banqueros, y eso agarrado de su propia identidad enferma y se presentaba en forma de esas frases que inducían cualquier cosa en los renegados u otros, pues parecían broma pero levantaban querella en el inconsciente. Y supuso que podría ‘imponer su punto de vista con autoridad’. Buscó el apoyo de Roma y se alió con Franceschi, contando con la tolerancia francesa al creerse que defendía intereses franceses, como pretendía, y sin encontrar mucha resistencia. Cuando mi padrino, el señor François Gaucher, lo asesinó con una pastilla suicida en 1941, ya era demasiado tarde. “Debía ser un ángel,” le dije a mi madre.
Nosotros buscábamos otra sangre que levantase el peso de los tiempos y parecieron los judíos convenientes pero solo terminaron por enredarse las cosas por completo. De los Kasten que frecuentaba mi padre para la venta de diamantes, el uno se llevaba la ganancia de la estafa para disimular y el otro traicionaba a Alemania con los banqueros de Suiza, que le parecían más poderosos, haciéndose pasar por su hermano para que se le acusase de traición porque este se negaba a compartir la fortuna robada, al estar sujeta a leyes de imposición.
No solo lloraba mi abuela de pena, sino que temblaba de terror al saber lo vendría y al mismo tiempo, maceraba cólera en el fondo de su vientre que se hacía silbido que atravesaba las estepas.
Teníamos dos generaciones, ‘porque durante algún tiempo, a veces, se pierden las esperanzas’.
Cuando vi a mi abuela a los cinco años, sentí que se le enturbiaba el alma y le dije que no estuviera triste, y al ella decirme que no podía quitarse de dentro de lo que la corroía, dije que lo dejase sobre mis hombros como una capa, y que yo lo desenredaría todo pero que me prometiese que sería feliz para los años que le quedaban de vida, porque yo me moriría de tristeza de otro modo. Y le expliqué que los niños pueden llevar mucho peso, porque son muy inocentes y que le diera palabra a lo que resentía, a su modo. Reconocí aquella capa oscura y angustiosa cuando mi madre empezó a recitar las palabras de Alfonso XIII y supe que Mongolia aliaba.
Y expliqué. Era el gobierno de Hitler legítimo, por lo que valida las transacciones, pero las leyes agarran al jefe de estado en todo caso, salvo si hay ingerencia extranjera, lo que justifica la resistencia, aunque no, romper las leyes. Lo que quiere decir que lo que hizo mi abuela era legítimo, pero habiendo ingerencia por el espíritu, justificaba la eliminación interna del extranjero en la familia. Queriéndose decir por ello, que la locura de aquellas gentes había llegado tan lejos como para sustituirse de manera convincente a quien amase, no bastando la inocencia del niño, para discernir la trampa. Lo que salvaba a algunos, y fue mi padre y luego yo, aunque nos costaba quitarnos de la sangre el veneno y este induciendo en error nuevamente cuando se trató de mi madre, pero aun ahí mi padre no traicionó lo suyo, pues amaba a su modo.
Neu Schwanstein fundaba la evidencia de nuevo y supe que Djenghis Khan reconocería mi presente dicho en su descendencia, pues en ella, él se reconocería, habiendo sido él quien de ese modo había suscitado la descendencia a la maga, que se resistía a dejar tiempo, a pesar de todo lo que sabía.
Y así limpiamos nuestro nombre y presentábamos presentes por vez de evidencia de habernos guardado en todo punto en lo acordado.
Y podíamos reclamar imperio, si falta hiciese. No para oponer resistencia, sino para guiar los ojos, puedes nadie había sabido acordarnos honor de por nuestro nombre y tarea, pretendiendo algunos que no debían respetar la duda con la ausencia de su presencia dentro de nuestra propiedad que nos recaería cuando recuperásemos la evidencia, y yo ya lo sabía.
Las palabras de mi madre me habían causado espanto. Y al cabo de un día, me reía. Me la quedé mirando y me pregunté cuan profunda sería la herida, pues me incumbía. “Tú crees que soy un monstruo inocente?” “Lo que creo es que estás como una cabra, eso es lo que creo. Sí. Yo creo en tu inocencia en si, pero el hombre es libre de convertirse en monstruo de por su libre albedrío, y tú decides por ti, como yo por mi, que de la inocencia me agarro.” “Y yo qué hago?” “Lo que quieras porque yo no cargo con tu culpa que me recae si te inocente sin tener pruebas de que no hay culpa.”
Aquel día, cuando hablando con Inès de la Fressange, me volvieron aquellas palabras a la memoria en un contexto como cambiado, las entendí en su profundidad y supe que éramos más fuertes que ellos. Podemos, dije. Porque veo la evidencia a través de los ojos del adulto, lo que mi madre no sabía, y mi padre no tenía, y sé, que aquellas palabras que se hacían rumor solo atacan a quien reniega de amor o raza o pueblo o, por desgracia, a aquel que se guarda en la inocencia del niño, quizá porque haya llegado el tiempo de que crezca. “Hagamos barrera y montemos frente, y no para defendernos sino para definir la vida nuestra. Podemos. Lo sé. Solo escucha.”
Me preguntó si creía que Luigi d’Urso era malo, pues ya no había cómo fiarse de nadie. Y le pregunté, si tenía diamantes. Se sorprendió y contestó que si y preguntó a su vez, cómo lo sabía. Le expliqué que él le había prometido pagar sus deudas si se casaba con él, y sin embargo había dicho que era libre ahora, lo que implicaba que había habido un cambio, entre el antes y el después. Y unas leyes en medio. O sea que no sabía cómo cambiar diamantes. Y pregunté, si era efectivo, lo que había obtenido. Y dijo que sí, que en la Embajada de Mónaco, y afirmé ‘mala cosa, pues no se admite ese tipo de cambio en la Embajada’ y se asustó. “No temas,” dije, “que sobre ti no recae, sino sobre aquellos, y ya veremos después.” “Cuanto dieron?” “El 1%.” “Eso es usura,” dije, “y evítalo.” Y preguntó qué hacer. “Ve y dile que conoces un banco que compra al 2%.”
Lo hizo y dijo aquel ‘que no sabía de usura’, y me reí. Y le expliqué que en embajada solo se cambia por valores intrínsecos internacionales, como un icono ruso o una estatua china. Y que no tienen el derecho de contar, sino de recibir en aproximación por evaluación de artesano, y deben anunciarlo en un lugar determinado y solo empezar a contar si alguien lo pide por razones judiciales o que algo se sospeche, y en ese caso, llevar los diamantes al país mismo de la embajada por valija diplomática y contar allá. Y en caso de que se demuestre procedencia ilícita, se queda el estado aquel, con los diamantes y el objeto que intercambió. Dejando una limosna para los encargados de la investigación. Y pueden en caso de sospecha las autoridades responsables pedir el nombre del que intercambió, lo que explica por qué mi padre fue invitado al palco real durante los últimos años de su vida, lo que le causó mucha risa. Y a mi también.
Luigi d’Urso preguntó si aquella tenía algo que ver con todos esos asesinos de niños y aquella se rió y dijo que era solo una trampa. “Henos aquí arrimados contra la misma pared, sintiendo la misma espada de Democles pendiendo sobre nuestras cabezas.” Después me preguntó aquella por qué había afirmado que aquel podía identificarse con las peras en vez de hacerlo con los higos y dije que ‘había dado cuando lo solicitaste, sin pedir nada a cambio.’ Se alegró aquel y se acercó del tertulio y preguntó si los unos y los otros podían hacer uso de las mismas tecnologías. Y dije que no, que cada cual la suya. Dijo después que no le veía salida, porque estaban los tiempos muy turbios y le pregunté cómo se llamaba y cual hubiese sido la experiencia que más le había marcado en la vida. Y dijo que le había hablado a su mujer de sus disposiciones y acordado matrimonio con ella en esas condiciones y de repente aquella se levantó para insultarle y lo llamó marica. Y se divorció.
Yo ya sabía cómo se enamoraban los higos, por lo que deduje tras análisis de toda la nueva evidencia, cómo debían enamorarse las peras. Y le dije qué hacer. Y luego, que su anterior mujer era de las Llamas y buscaba los diamantes, por lo que no se preocupase, ya que mi madre había hecho lo mismo. Como el señor von Thurn und Taxis merodeaba por los lugares, como de costumbre, dijo que tras profunda meditación, mi padre se había apuntado a esa opción aunque antes no había estado muy seguro y quería tener la vida salva para la otra vida y solo quería saber si yo era hija suya con quien amaba, y le dije que sí, que no se preocupase, que ya había procedida a las subsiguientes verificaciones en el nuevo idioma. Pero no mi hermana, aunque era su hija carnal.
En todo caso en ese momento se decidió que si realmente todo salía como habíamos dicho, sería la primera hija d’Urso de la Fressange, aunque nunca se sabría quién era la madre, o al revés, como decidieran ellos y ella dijo, que lo determinaría la hija, una vez que supiese con exactitud lo que había sucedido.
Como se sabía que la familia de la Fressange había ayudado aportando el conocimiento de las viejas costumbres y leyes, que ellos reparten para que nadie sepa todo y que no se pierda todo en uno, y eso aunque los había amenazado con arruinarlos a todos, aunque fuese solo por salvar la honra y aquellos habían preferido la honra al insulto, siendo que Luigi d’Urso vio aumentado su capital del 1% a casi el 100% estimó toda la interacción muy beneficiosa para todos y asumió el total de las deudas de la familia ‘a cambio de unos objetos sin valor a los que él personalmente daba mucha importancia.’
Y se decidieron por un icono ruso, que sacarían a subasta en su momento.
Lo de Luigi d’Urso era simple. Su familia era de banqueros y el banquero avala sus transacciones con su fortuna personal. Hubo alguna deuda y al hacer uso de su fortuna para pagarla le dijeron que no, que no tenía resguardo. Cerró el negocio y se fue. Y ahí estaba, elucidando si matar a su esposa o no. “Admita que no haber sabido resolver el enigma de las peras es razón suficiente para que nos llamen ‘maricas’, a ver si nos despertamos.”
Así se formó el frente de Occidente que era solo que el amor de Alfonso XIII por sus frases, que conocíamos y repetí el contenido de algunas, se posase sobre la fina transparencia de la posibilidad que habíamos generado de que las peras dejasen descendencia en el tiempo, siendo yo la primera de esa especie, aunque lo reconocí después, e incluso que no estaba cuando sucedió y quizá si, de por el anhelo de otro. Y cuando mi padre vio los cuadros de la nueva evidencia, murmuró unas palabras de orden muy personal y dijo “era como si viese algo que podía ser sin que aun fuese.” Y dijo que era eso mismo y dijo que con eso le bastaba para decirse satisfecho de su atormentada existencia.
Como me dije primera de una especie entera, pensé que aun más me justificaba en mis pretensiones a imperio.
Sabía que era suficiente como criterio y que la peste, que se conocía en Francia, retrocedería aunque faltaba remedio, pero había que dejar tiempo para que el criterio cuajase. Y dije: “Eso era. Piedras caerán del cielo, la peste os devorará y vendremos para invadiros solo para recoger ‘la guinda’,” que podía significar ‘el pimiento morrón’, pues no se conocía muy bien la traducción. El fruto maduro, pensé yo.
Preguntó que se podía comprar con tanto dinero y dije que Vaux Le Vicomte a cambio de la paz con España. Y pregunté si tenía derecho a negociar y dijo que sí, igual que yo.
En todo caso, es siempre cierto que tanto el pasado como el presente ocupan siempre nuestra mente incluso cuando negociamos cosas sencillas, estando nuestra mente ausente de por la sobrecarga de pensamiento o afectos que asaltan nuestra mente. Y pienso que a veces uno debe decidir cuando levantarse y cuando acostarse, dependiendo de la claridad que quiera obtener de por el descanso o incluso ausentarse de su trabajo, si estima que no tiene el pensamiento lo suficientemente claro como para estar seguro de que tomará las decisiones correctas.
Mi abuela juró que jamás trataría con judíos en cuestiones de diamantes. Por lo que a mi padre solo le quedaba la solución china, ya que Inès de la Fressange había acaparado la rusa. Y no había que copiar.
Tampoco dijo nada sobre las esmeraldas. Y concluí que había dicho ‘que no había trato, pero sí negocio, cuando se esclareciesen las cosas’.
A veces pasas tres semanas sin pisar el mismo sitio cuando resulta que está ocupado por judíos y aun no has aclarado las cosas. Y pasa el tiempo sin que eso implique falta.
El recuerdo se despierta al confrontarse con el pasado.
Hace falta una orden imperial para sacar a Ismael Olabarrieta de su entierro comercial antes de que muera. Siempre hay razones para asumir tales roles.
Por aquellos días la cosa estaba muy clara. Los EEUU invadirían Francia, porque ellos preferían a los americanos a los rusos, que sin embargo, cuajaban muy bien en Alemania, y China pasaría por ambos lugares hacia España e Italia. Y como era un italiano quien compraba en Rusia, lógico era que se fuesen a Alemania. Las mujeres decidieron aceptar estoicamente su destino mientras tanto.
En algún momento deben llegar las tropas de Asia. Sabía que habían llegado. Los atraería la solución de un enigma que ellos no tenían aunque sin rencor, porque para eso se habían educado. La guinda, quizá. O el pimiento morrón, o los dos juntos, como una frase de Alfonso XIII. Si hay hombres, que se defiendan.
Suiza ya no existiría después, por complicidad. Y por proteger a los asesinos.
Alrededor del Castillo de la Mota se abrió región neutra con bandera imperial. Y lo mismo en Vaux Le Vicomte. Del mismo modo en Neu Schwanstein.
Había dividido las culpas y preservado la inocencia.
Extrañamente el documento se salvó cuando el castillo fue quemado, cosa que apenas nadie sabe. Estaría al origen del incendio porque se sabía que daba a la familia gran poder sobre las decisiones. Eran los Saignard, que luego casaron con de la Fressange. Igual que en mi caso, las víboras habían entrado dentro de la inocencia de las naciones.
Ya no quería echar a todo varón de mi quimérico imperio. Mucho perdía en ese caso, pues a mi misma echaba, quien tal rol asumía. Pero me dije lo siguiente: si los hombres tienen que guardar la estabilidad de las cosas de por leyes muy férreas que no admiten error, también es cierto que a veces se puede estimar inocencia de un modo u otro, lo que permite la reevaluación del caso. Y pensé que quizá los hombres, siguiendo en juicio sus pautas, podían recurrir a tribunal femenino si se podía suscitar duda en cuanto a una inocencia más fundamental, que se percibe mejor intuitivamente. Y establecer nuevos cánones de derecho es privilegio único del emperador, por lo que urgía su presencia.
“Cómo piensan los hombres?” preguntó Inès de la Fressange. “Cuando piensan? Con cierta lógica.” “Y las mujeres?” “Encubren porque no se reivindican.”
Le explicaría más tarde. Con el ejemplo del Botero, si todo salía bien, y aunque no saliese, igual sería. Pues veamos. Las leyes masculinas ven falta en Botero, digamos, y están obligados a revelarla. Pero dice la mujer, en cálculos que el hombre no entiende, es la galería la propietaria del nombre, y aquel solo contratado y persona natural. Si está en riesgo la reputación del nombre, y deriva de persona jurídica o con ella trata, es ella quien prevalece, por lo que cabe mentirijilla o presentación del asunto de tal modo, a que saque el nombre provecho de la situación de por la sabia presentación de la misma, que en si también vale. Quién presenta? Siempre la mujer. Quién calcula? Ella también. Mas no reivindica lo que sabe, por lo que en realidad, encubre.
Para que deje de encubrir, hacen falta instancias. Orden que se ordene de algún modo y al que recurran las otras. Lo que afecta los principios del derecho, sobre los que solo el emperador dispone.
Si tenía que vender esmeraldas, no era solo por lo que precede, sino porque había alguien que sabía de mi bisabuelo, y estaba anotado en algún registro, lo que no se permitía a los traficantes por lo que todo se verificaba y así habría constancia incluso escrita de que verdad digo y dije, y que no mentimos en esos asuntos aunque seamos mujeres.
Como el hombre no nos había otorgado derecho, estábamos en el derecho de seguir encubriendo, que es el único que se nos reconoce.
Me encontré con un judío el otro día. Y hasta puede exportar esmeraldas y hasta conoce mi nombre.
No creo en los secretos comerciales porque dan demasiado poder demasiado fácilmente a algunos. Pero tampoco creo en que se daba darle a alguien todo hecho. Digo que siempre falta una parte del pastel para ver si incita a negocio que otro haga sus indagaciones en los lugares correspondientes. A veces hasta digo la verdad, aunque pretendo a mentir. Es necesario generar un linaje nuevo. Mucho Alfonso XIII me ronda en la cabeza, lo que no entienden mis gentes, acostumbrados a menos chifla.
Por eso me cambio el nombre. De por poder imperial, que asumo.
El problema es no ser nadie y serlo casi todo al mismo tiempo y sobre todo sorprenderse al saber que ayer comías algarrobas y en ello placer veías, y hoy de cien millones dispones, al que el placer no niegas. Es lo mismo, en el fondo. Todo tiene su sentido cuando se justifica. Por eso no me insulta el trato con pobres o indigentes. Al criminal hasta respeto cuando no se introduce en mis rangos, porque también él su valor tiene, a su modo, y evalúo si alguno cansado, aptitudes muestra para cambiar de sociedades.
O sea que tampoco haría falta orden imperial para sacar a Ismael Olabarrieta de su entierro. En el fondo, solo hace falta una ley. “Afecta la pérdida de cota, solo las obras cuya técnica la tengan.” Por lo que pierden cota los acrílicos, los mixtos y los grabados, los tres expuestos, vendidos o intercambiados a bajo precio porque no sabía el pintor específicamente, que solo la mixta se intercambia por no tener valor alguno de mercado, salvo si se vislumbrase talento específico o calidad de la obra que se apreciase después de su fallecimiento. Lo que salva a los óleos, que es lo que vale, en el fondo, aunque pueda subir el resto y eso sin orden imperial, por mero gusto imperial. Aunque debe justificarlo.
También tiene su gracia. Por lo que aun no siendo pintor, Palomeque suscitando cierto cuestionamiento o haciendo gracia, puede pretender a vender lo suyo y si se le reconociese un interés más general, incluso pretender a mercado internacional por haber permitido poner todas las cosas en su sitio otra vez.
Hay seis objetos con cota internacional justificada debidamente que pueden pasar a subasta. Un Botero. Un Olabarrieta. Un anónimo. Un Juan Gris. Un icono. Y un chino. Se pueden vender también a alguien que los quiera presentar a subasta, porque la mera presentación de factura implica su representación por una persona jurídica si tienen historial, que lo tienen. El icono solo lo puede adquirir el estado ecuatoriano, al igual, supongo, que el Juan Gris, pues dijeron que revisarían. El resto está libre.
Tanta vuelta para tan poca cosa. Ah. El chino está asegurado. De ahí su descomunal valor.
Mi abuela estaba de acuerdo con todo eso. Y descansó porque admitió que le atormentaba el peso que me había dejado, pero levanté los hombros. “No cabe más en nosotros sino lo que podemos llevar con la ayuda de los ángeles, y luego la alegría es más grande.”
Y le negamos el reino a Alemania aunque se lo acordamos a Francia y que fuese reina, salvo alguna excepción meritoria. Para lo que Inès de la Fressange sufriría de muchas inspecciones.
Italia no tiene territorio acotado. Sino que se vayan a Francia o Alemania o España según lo que entiendan porque se ha insultado lo sacro y no ha habido respuesta, y solo salva el extranjero. Inglaterra no admite refugio por estimarse la tierra sana en su esencia.