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Archive for the ‘Filosofía moral y política’ Category

Será cuestión y quizá quede sin solución para siempre, el saber cómo terminamos por heredar de una organización, con o sin ánimo de lucro, que pretende poder imponernos nuestras creencias y que a fuerza de ser sin que nadie pusiese remedio, terminó por invadir todos los aspectos de la vida social e incluso política.

Es cierto que la culpa ciertamente la tendrán siempre los judíos, pero eso es por naturaleza, al depositar en la historia un extraño libro mezclando leyes concerniendo la vida privada y la organización social, sin mucho orden, por cierto, a partir del cual debíamos componer nuestras estructuras políticas y sociales ya que reconociéndonos de un mismo dios. Decíamos. Pero por decir, siempre hemos dicho muchas cosas.

Puede ser obligatorio creer en un Dios, en Dios en general, en leyes derivadas del mismo, si hubiese? Esta pregunta, que sacude las mentes europeas a partir del siglo XVI más o menos, cuando arriesgando el pensamiento un poco más allá de herencias griegas sabiamente insertas en contemplaciones teológicas (Platón para San Agustín, Aristóteles para Santo Tomás de Aquino), hicieron surgir alguna metafísica más o menos consistente que debiera quitarle un poco de espacio a la imposición eclesiástica e incluso abonar el terreno a pensamientos incapaces de concebir la noción de lo divino.

A partir de ahí, nació la ciencia. Un modo de pensar agarrado a las impresiones sensibles y poco dado a perderse en la búsqueda de grales, ángeles y demonios, pretendiendo además, que se podían ordenar todas esas impresiones, llamadas empíricas, en grandes construcciones teóricas sujetas a lógicas irrefutables, y que negaba toda razón que saliese de lo que los tejidos ópticos u otros pudiesen alcanzar.

Es cierto que tanto los unos como los otros terminan por decir lo mismo: el ser humano necesita agarrarse a alguna creencia, y la mayoría de las veces, vista su muy natural vaguería además, tiende a apoyarse en las creencias de otros formando una especie de masa viscosa, donde ya no se sabe si es la convicción, el interés o la influencia lo que condiciona el que se diga algo o todo lo contrario.

La Iglesia terminó por separarse del Estado gracias al entusiasta empuje científico a finales del siglo XIX. Con tal suerte que termina formando un estado ella misma, al menos en parajes occidentales, dándole la vuelta a la tortilla de algo soprendentes maneras.

Pero, qué es eso de la Iglesia? De dónde viene? Qué misión tiene? Qué pretende. – Es cierto que la culpa la tienen siempre los judíos.

Pues acaso no es obvio en cualquier paraje del mundo que pueda envanecerse de alguna sabiduría, que lo que concierne la sabiduría no concierne en ningún caso al estado? Que sean gurus o maestros yendo de la India a China y otros apartados lugares, parece como si las más viejas civilizaciones hubiesen llegado a la conclusión de que dentro de un ‘normal’ garantizado por la costumbre y los ritos, se pudiese pensar un ‘más allá’ adquirido de diversas maneras, donde algunos, teniendo acceso a lugares de la mente inexplorados por otros, terminan por llevar la realidad empírica a los límites de su inexistencia. Ahi están. Buscan unos discípulos que se dejan más o menos convencer por la sabiduría en cuestión puesto que parece que da resultados, y si logran hacerse un nombre, bien, y si no, pues cambian de actividad laboral.

Aunque sea cierto que siempre, e incluso en las sociedades más primitivas, hayan existido dos polos de poder diferenciados, más o menos en interacción, con campos de acción relativamente definidos, y shamanes curando o invocando espíritus en todo lugar que se preciase, es cierto también, que solo con el judaismo se consigue una extraña fusión entre ambos, al servir la ley al tiempo de regulador de la costumbre y la sabiduría y del orden de estado.

Pero claro. No se pensó la ley para fundar estados. Y quizá ahí esté todo el quid de la cuestión. Unica en la historia, es una ley popular para el pueblo en tanto que pueblo: si hay ‘jueces’, es decir, quienes son capaces de discernir si algo se sitúa fuera de la ley y debe ser castigado, estos emanan por tradición casi tribal de las órdenes familiares (Pentateuco) y no se establecen en jefes sobre los demás. Visto desde ese punto de vista, se puede pensar que surjan otros ‘jueces’ o profetas, que se dedican alegremente a criticar todo lo que concierne a ese mismo pueblo o a los vecinos también, ya que están. Estos mismo profetas, que surjen espontáneamente de la voluntad de Dios (dice él), no se estructuran en sociedades aunque mantienen comunidades algo apartadas en el desierto y sirven al tiempo para desarrollar estrategias de guerra (Jueces), desviar ejércitos (Elías) o desmoralizar la resistencia contra el invasor (Jeremías).

Incluso aqui el profeta no determina: es quien dice, nada más.

Es cierto que Moisés se ve en la obligación de instaurar una orden de sacerdotes porque relega sobre Arón, y Arón querrá un ‘premio’ por su dedicación aunque pase por la fabricación de becerros de oro. Los sacerdotes asumen la función de asegurar el rito y la costumbre, en si no juzgan y en realidad, casi que solo se dedican a degollar palomas y corderos. Aun y con eso no se puede sino constatar una evidencia: es una ‘debilidad’ de Moisés, en lo que no obedece a Dios, lo que está al origen de la instauración del sacerdocio, por un lado, y por el otro, ese mismo sacerdocio desaparece como tal, es decir, por descendencia directa, muy poco más tarde.

Del mismo modo, la fusión entre lo religioso y lo estatal proviene de una ‘debilidad’. El pueblo quiere un rey, como todas las demás naciones, y aunque explícitamente el profeta como el Dios en cuestión por su boca, advierten sobre los efectos devastadores de tal idea, el pueblo insistiendo, el mismo profeta termina por buscar un rey adecuado (Saul, después David y linaje).

Si, aunque fuese muy hipotéticamente, volviésemos a nuestros originales pecados y obedeciésemos a lo que nos aparece al espíritu en vez de relegar constantemente sobre algún Arón, el sacerdocio no existiría. Si en vez de buscar a ser como todos, nos mantuviésemos en nuestra propia identidad, tampoco habría reyes judaicos u otros.

Durante miles de años los judíos se sometieron a una sabiduría asi adquirida y no fomentaron ni reinos ni sacerdocio, dejando a unos cuantos rabbis decir verdades en esquemas muy apegados a los del tao chino o cierto budismo hindú u otro.

Claro que no tenían tierras por lo que se les volvía fácil la gestión de semejante aprendizaje forzado.

Y volviendo a tenerlas, no pudieron sino popularmente (por lo de aquello que el hombre es el único a tropezar dos veces sobre la misma piedra) volver a cometer todos los errores de nuevo, esta vez amalgamados y fusionados, e incluso juntos y revueltos. El mero hecho de tener tierra y alguna frontera, coloca a unos cuantos rabbis en un partido (ya se metieron en política) a determinar vía ley mosaica el destino de las gentes. Esta vez se metió el sacerdocio en la Knesset o parlamento, y obvio es que si siguen así, terminarán por coronar a algún rey mesiánico presidente de la asamblea.

Independientemente del atisbo de burla que se pueda, aunque evidentemente no sea intencional, discernir en los propósitos anteriores, lo que resulta claramente de semejante suceso, es que pone de manifiesto la clara diferencia que hay entre ser un vagabundo nómada más o menos esforzado o pedigüeño y en creer en que algún territorio sea tuyo, nuestro, enfin sea propiedad de alguien o más bien de algunos.

Mientras te vas paseando por la geografía universal, casi se pudiera decir, alegremente y sin mucha preocupación, como quien va recogiendo florecillas de primavera por los campos, no tienes por qué preocuparte por relaciones de poder. En el fondo es fácil empujar la noción de ‘ley’ a la de una convicción interna que determina tu comportamiento y permite diferenciarte de los otros. Pero qué sucede cuando nos decimos propietarios de un terreno que tenemos que saber defender y mantener? Es necesario convertir la convicción interna en una estructura jerarquizante que implica relaciones de poder, supremacías y rencillas, órdenes y esquemas de relación. Qué papel juega cada cual? Sobre qué domina? Qué determina? Cómo se relaciona con los demás?

Pero bueno, de dónde salieron aquellos que nos obligan a hacer algo y aquellos que nos obligan a creer algo?

Es cierto que aun hay millones de seres humanos sobre la tierra que no creen ni tan siquiera en que la tierra sea de nadie, en que existan fronteras, en que se pueda ordenar un humano gracias a un papel a un conjunto determinado, y van alegremente (todavía, – pero, qué ventaja) transhumando por la geografía del globo sin tener que plantearse todas esas cuestiones. Forman un aparte, bastante grande por cierto, pero son, y también eso hay que considerarlo. Independientemente de ello, los otros también son y suelen encontrarse en franca oposición con los primeros porque pretenden poder imponerles sus fronteras a estos, cuando estos ni tan siquiera las reconocen.

Primera rencilla, aun sin resolver.

Pues distingamos. Tú de dónde? De los estados. Toma papel con sello y corona. Y tú? De los vagabundos. Pues acepta papel con sello también para que podamos hacer la diferencia y que nadie te moleste dentro de tus propios modos de pensar.

Los nómadas se organizan a su manera por lo que por el momento no nos incumbe su organización particular. Pero lleguemos a un acuerdo: si tu guardas tus propias leyes dentro de tu cuadro, recae sobre mi jurisdicción si violas las mías. Si nos acordamos sobre ese punto, garantizamos una convivencia apacible para ambos que puede llevar a alguna confrontación, pero eso es parte de la existencia.

Volvemos a los estados. Entiéndase por estado una estructura política que rige sobre un teritorio delimitado incumbiendo a los individuos que se encuentran en él. (Menos a los que acabamos de dejar fuera.)

Es un modo de ver, una creencia también, casi un acto de fé. Nada empíricamente delimita fronteras, aunque haya fronteras naturales, pero estas se reconocen como tales por los individuos concernidos sin que papelito alguno diga sobre el río: frontera. El papelito lo hemos puesto nosotros.

Si se observa la generación histórica de semejante invento conceptual, en el fondo se repite siempre lo mismo: algunos se dicen ‘mismos’ de algún modo, porque son de la misma familia o tribu, o se comportan del mismo modo o creen lo mismo, y deciden delimitar el territorio de su acción normalmente por vía de guerra que define a un enemigo tangible justo enfrente, lo que permite al tiempo definirse a si mismo en su propia identidad y delimitar hacia un ‘otro’ el campo de acción propio.

Una vez que se ha conseguido esto, empiezan las peleas. Que si yo más que si tú menos, que si tú aqui que si tú allá, y asi hasta que la rencilla interna termina por hacer de nosostros un pasto fácil para el enemigo que se queda siempre enfrente, espiando el momento adecuado para recuperar tierras o hacerse con nuevas. En el fondo, el ‘enemigo’ es el mejor guardián de nuestra identidad pues solo él existiendo quedamos en la obligación de preservarla.

Pero qué será eso de la identidad de un pueblo que termina por conformar una nación de la que surge un estado? Otro concepto precisando de mucha creencia y ciega fé en lo intangible. Yo diría que es una lógica de gestión de la realidad distinta de otras que se tiene en común con otros. Es lo más razonable, pues si se reduce al linaje de sangre, muchos hay que se salen de lo que se tiene en común y aparecen otros que no son de sangre. Si se reduce a lo que se cree en común, pronto hay que que diferenciar a los que creen de los que pretenden creer. Y si se dijese que se encuentran todos en el mismo territorio, el territorio no aportando nada de ‘común’ a otros niveles que la misma tierra, no se discierne principio que sirviese de enlace para permitir el gobierno de todos. O sea que parece una lógica determinando el comportamiento de muchos que permite el enlace a otras lógicas más o menos autónomas, que se enriquece y expande si es sana y en todo caso garantiza la supervivencia de muchos tomando expresión en construcciones sujetas a mucha creencia también, como son las organizaciones políticas, de justicia, de gobierno, etc. Yendo de si que precisamente sobrevive solo aquella que es capaz de eliminar desde dentro, tras haberlo discernido debidamente, a aquel que puede causarle daño. Si no lo hace, se debilita el conjunto y si se debilita, ya está el enemigo guardián llamando a la puerta, exigiendo respuesta de identidad a niveles intuitivos o casi instintivos: lo que tú no has sido capaz de eliminar por tu propia mano, muere en el campo de batalla. Lo que es siempre mejor que el hambre o la peste, los tres castigos recayendo sobre David y su pueblo tras violación de ley.

Desde ese punto de vista, pareciese como si la existencia de las Iglesias se justificase solo a través de la conformación de un espacio de pensamiento común que facilita la gestión de gobierno. Sí? Poco se justifica. Si realmente existe una lógica de identidad, esta es por si, y si es por si, no precisa de respaldo otro que la conciencia de la misma.

Precisamente. Si la identidad popular termina por decirse en reyes y gobiernos, leyes y preceptos, también forja costumbres y ritos, se dice en cuentos, historias, mitos y leyendas. Dónde está la necesidad de obligar a nadie a creer nada? Puede que sea verdad: que si guardo el ‘filioque’ termine por organizar un desastre, y que sin él, viva mejor. Pero acaso no es cierto que dispongo de medios para mostrarlo sin necesidad de imponerlo? Y si no tuviese los medios, acaso no sería el enemigo a mis puertas el que me obligase a reconsiderar mis pensamientos? Quién se establece en guardián de la fé sino la evidencia que termina por tomar forma de ejércitos contrarios cuando no quiero rendirme a ella?

Entonces. Puedo obligar a alguien a pensar que la ley viene de Dios? Cuando tantos hay que ni siquiera saben qué poner dentro de ese concepto. Es cierto que hasta la ley es un concepto que escapa a muchos, lo que no implica que no haya que someter a este. Cómo, al final, logro guardar sutiles equilibros entre lo que es y la libertad del otro a no tener que someterse a semejante evidencia?

Precisamente. Discerniendo inteligentemente los campos. Si volviésemos a los tiempos de Moisés y corregimos un error: nuestros sacerdotes desaparecen y tenemos unos cuantos sabios merodeando y vendiendo instrucciones para llegar a lugares desconocidos de la conciencia humana. Si volvemos a los tiempos de Saúl y nos negamos a reconocer reyes, desaparecen las sumisiones a los estados y nos quedamos solos delante de una historia y una ley que tenemos que gestionar debidamente desde dentro. Va de si que sabemos que no todos llegan a este punto de la evolución humana y garantizamos una paz social por orden de sumisión.

Pero, en este caso, a qué debo someter al otro? Pueden ser mismas las leyes que rigen mi comportamiento interno en sus variables y las que se aplican sobre aquellos que no se dicen de ley? Es cierto que deben guardar un nexo, porque la finalidad de tanta sumisión no puede ser sino el despertar en el otro la conciencia de su persona, es decir de su responsabilidad delante de la ley desde dentro dentro de un conjunto ordenado. Pero no pueden ser las mismas.

Veámos por qué. Si retomamos las leyes mosaicas, donde aproximadamente el 70% regula el comportamiento sexual, se ve claramente que la relación entre estas y el entendimiento en su orden, permiten hacerse una clara idea de la realidad. Alguien que respeta las leyes mosaicas ordena el entendimiento regido desde el punto de vista de su más tumultuoso desorden pasional y consiguientemente mantiene una muy clara visión de las cosas. Y eso dentro de la libertad que le permite la autonomía de su persona.

Lógicamente alguien que no conoce de leyes no puede guardarse dentro de las leyes mosaicas porque su desorden se expresa en desviaciones variables. Pero: independientemente de las tonterías que resulten del comportamiento derivado de múltiples erróneos modos de pensar, hay algunas que resultan peligrosas para el conjunto. El Estado, en realidad, obtiene su específica misión a través del traslado de una ley moral, interna, que rige al individuo por convicción, a la misma, más amplia, que permitiendo errores se determina no por lo que a mi me resulta conveniente, sino por lo que pone en peligro a un conjunto.

El Estado obtiene asi su razón de ser, garantía de la libertad humana y camino precario hacia sabidurías más profundas.

Qué sucede con la Iglesia? Que desaparece dentro de este concepto.

Si es cierto que la historia define líneas de pensamiento que permiten gestionar muy complejos conjuntos teóricos, también es cierto que no recae sobre nadie su distribución y evaluación. En el fondo es obvio que el desviarse en exceso de algún ápice de sabiduría termina por conllevar una infracción de leyes, y la infracción de leyes te mete en una mazmorra donde tengas el tiempo de meditar sobre tus incoherencias. Ahí están los libros. Echales un vistazo antes de terminar manteniendo que pensar es fácil.

Lo que tiene por consecuencia que quedan los ritos y las costumbres como desatados y desligados de una cohesión. Excepto si pensamos una aristocracia femenina que se haga cargo, lo cual parece mucho más inteligente. Veamos por qué. La mujer guarda en si el germen de lo gratuito y espontáneo, lo que, desordenado, aun decora un conjunto. Una sociedad debe mantener un sano equilibrio entre la exigencia, la obligación, lo regulado y lo espontáneo, libre, gratuito que es en realidad, lo que nos otorga descanso.

Al apropiarse hombres de este aspecto de la organización social, la costumbre y el rito se volvieron exigencia, obligación y regulación impuesta. Lo gratuito, el don, la limosna, si se quiere, terminaron por servir no para dar pan al hambriento, sino para construir grandes castillos eclesiásticos oponiéndose a los estados. Lo que hubiese sido de sabiduría, se convirtió con el tiempo en la imposición absurda y arbitraria de modos de pensar que difíciles de evaluar, terminaron por causar más daño que proveer luces a algún sediento de inteligencia.

Al final, terminaron por eliminar hasta la costumbre y el rito tal y como espontáneamente surgen de los pueblos. Un equilibrio reflejado en estructuras exteriores que permita al hombre recaer sobre si mismo, si puede, en el respeto de lo que deriva de la exigencia y de lo espontáneo dentro de si, obliga a reconsiderar la estructuras generales antes de que sea demasiado tarde. Y eso puede pasar por la eliminación de elementos que lejos de aportar no hacen más que causar daño al conjunto.

Puede ser ley el fabricarse una corona de adviento en Navidad? Probablemente no. Porque es de lo espontáneo y gratuito. Pero un orden que reagrupa a los que lo fabrican por un lado, y a los que no lo fabrican por el otro, puede terminar por conformar una ley en contra de aquellos que quieren imponer un solo modo de hacer las cosas o terminar por prohibir ciertos quehaceres que resultan en un comportamiento general dañino para el conjunto, lo cual se discierne solo cuando a cada cual se le deja la libertad de hacer las cosas como la entiende.

Y no se diga, a quienes de cristianos territorios, que no es eso mismo lo que dicen los Evangelios. Cristo no es Rey, pero de él emana camino de sabiduría. Dentro de ello respeta las órdenes humanas, diciendo que hay ‘quienes tienen mayor responsabilidad que los otros’. También dice que quiere a los suyos ‘dentro de las sociedades humanas y no fuera’. Y, sí. Cual es una de las causas fundamentales de su muerte? Un perfume. Un regalo caro, un don gratuito, que le es ofrecido por una mujer y causa el rencor de Judas, que quiere tener que obligatoriamente repartir los tesoros comunes. Quién entierra y embalsama a Cristo? (Rito y costumbre) Mujeres. Quién visita la tumba poco después? Mujeres. Qué es del orden de las mujeres? El rito y la costumbre.

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Antes de poder tratar semejante cuestión, es preciso situarse en algún sitio, a partir del cual aparezca claramente el marco que permite a otro contemplar la cuestión desde el mismo ángulo y asi, acordarse o no con lo que se avanza. Pues quizá sea esa la única finalidad. Aun cuando se afirme que lo que es, es – sobre lo que casi no cabe duda aunque algunos lo pretendan – es obvio que la pura afirmación no convence a nadie de por si, y que el objetivo del decir debiera ser el poder mostrarle a otros lo que es por medios que se lo hagan claramente aparecer.

Lo cual ya presupone mucho preliminar, pero supongamos que el lenguaje, en tanto que transmite sentido, adquiere su razón de ser solo en lo que nos pone en comunicación con otros. Hasta pensar se puede a solas, o monologar, incluso, pero el decir es un manifestarse en relación con otros, donde el mero hecho de relacionar, determina casi de por si los parámetros de interacción.

Aunque eso también se discuta. Impongo lo que digo o finalmente lo comparto? Lo establezco como verdad absoluta o lo entiendo como camino por el que otros pudieran terminar por compartir una misma visión de las cosas? Es una evidencia que hay muchos que entienden el hablar como modo de imponerse a otros y que casi se pudiera afirmar que si algún Cristo no hubiese asimilado la verdad a un camino, jamás otros modo de concebir la palabra habría cruzado nuestras atolondradas mentes.

Claro que Sócrates lo dijo antes también, aunque de otra manera.

Y pocos hay aun que asi lo entiendan.

En el fondo, es todo pura metafísica popular. Por qué no debiera ser el hablar un modo de imponerse a otros? Porque implica la negación de la persona del otro. Y por qué no debieras hacerlo? Porque nunca debes hacerle a otro lo que no quieres que te hagan a ti.

O sea que es moral. Si nos quedamos en parámetros platónicos, dijéramos que es más bello, y porque es más bello, es verdad y justo y bueno. Lo que en esos mismos parámetros, implica una demostración lógica (a priori) cuya evidencia adquirimos solo por el pensamiento y no por la realidad empírica.

Claro que hay muy pocos que se rinden a esta evidencia también.

Pareciese hasta cierto punto incompatible, si obstinadamente nos mantenemos en nuestra filosofía popular alentada por demostraciones platónicas, el querer poder ‘decir’ lo que es de poder y consiguientemente, dijera la mayoría, de sumisión o imposición, en términos de un lenguaje que para tener razón de ser, solo puede implicar una igualdad teórica en el respeto de la otra persona, que puede o no dejarse convencer por tanto argumento, cosa que además le garantiza la libertad.

Dos caminos abiertos que parecen llevar a dos campos de batalla distintos, que terminarán por enfrentarse.

Hace tiempos pensaba que bastaba con quedarse en lo platónico popular para vivir bien y dejarse de imposiciones y sumisiones, hasta que tuve que admitir que el ejército del campo de enfrente crecía de modos alarmantes.

Es cierto que además descubría ramalazos de un elitismo muy poco justificado escondido en los pliegues de pensamientos muchos más políticamente correctos, y eso había que considerarlo también.

Es siempre el problema. Teóricamente todo parece muy sencillo. La gente se reagrupa por diversos modos, sea por linajes de sangre y parentesco, sea porque comparten un mismo modus vivendi, sea porque la historia termina por hacer de ellos una amalgama más o menos discernible sobre un teritorio particular, y casi dijeras que lo más fácil es decir que ya que está, pues que ahi se quede, cada cual dentro de su determinación particular, y que en un conjunto cabe de todo y se articula racionalmente, que si uno sirve para una cosa, el otro para otra, y en el fondo solo hace falta ponerse de acuerdo para que cada cual haga lo suyo sin molestar al vecino.

Qué idílico. Casi se queda pegado a Rousseau.

Como eso no es, terminan algunas formas por imponer ciertas maneras de hacer que omiten el respeto de la persona para imponer y someter, y ello a una distancia más o menos razonable de aquellos que decentemente solo hacen lo que debieran sin meterse con nadie.

Quizá la tensión del arco se sitúe exactamente ahí. No, señor, usted a mi no tiene por qué decirme nada: soy persona y libre, conozco las leyes y las respeto, y consiguientemente no tengo por qué someterme a nadie. Y mientras esto se respete, casi vivimos en un marco formal ideal, donde solo se someten aquellos que se creen que haya quienes puedan imponerse, o quienes por no querer conocer las leyes, se ven esclavos de imposiciones más personales o arbitrarias, y allá ellos.

El puente uniendo los dos campos de batalla es la ley. Si yo la reconozco y respeto, soy libre dentro de lo que soy, si no lo hago, otros terminarán por imponerse a mi. No puedes presuponer jamás que el hombre respetará la ley de por si, por recaer sobre Rousseau, precisamente porque es libre y moral, es decir que guarda en si la posibilidad de ser malo, y que no se la quite nadie, pues sino tampoco podrá ser bueno, y no sería nada más que un ente sometido de por principio instintivo a un comportamiento impuesto.

Claro que lo de bueno se entiende de muchas maneras, y por ser malos, podemos llegar a ser muy malos. Pero eso concierne más bien la lenta configuración de los conceptos, en lo que es de lo bueno, y la habilidad de la justicia en discernir la dimensión y densidad de la maldad, y proveerle de una adecuada respuesta en lo que es de lo malo.

Lo ves? Hace falta un discernimiento. Desde el mismo momento en el que el ser humano es dicho ‘libre’, estás en la constante obligación de discernir: que sea por el mal que se le ocurre, que sea por la ley que le concierna, que sea por la capacidad de juzgar para evaluarlo, que sea por encontrar un merecido castigo que restablezca equilibrios o los mantenga.

A mi no me gusta imponerme a otros y me quedo en mi campo popular plátonico, mientras dejo que en el campo de enfrente la vejación siga a lo arbitrario y el absurdo termine por ser germen de revuelta y volvamos a empezar con las leyes estampadas contra un muro, leyes que en el fondo, son solo descanso para mis ojos y los de alguno más.

Por qué terminará necesariamente por suceder semejante cosa en el campo de enfrente, que se diga monárquico, oligárquico, democrático o lo que sea? Porque al establecerse en ‘dominio’ sobre otros, más o menos cómplices de semejante suceso, por cierto, se ha salido de ‘idioma’. El lenguaje de por su naturaleza no impone, sino dice y demuestra. Si alguien se encuentra en una disposición de espíritu en la que impone y se deja imponer, se ha desviado de la naturaleza misma del lenguaje y consiguientemente, ya no puede nombrar correctamente porque se le escurre el sentido de las palabras a otro sitio. El campo de enfrente siempre me necesitará si quiere evitar las constantes revueltas. Para decir ley, para juzgar, para evaluar una situación. La sabia combinación e interacción de los dos campos es una garantía de paz. Ni impones una sabiduría que muchos no quieren, ni dejas que lo arbitrario se imponga.

Teniendo en cuenta las cosas como son, se ve mucho menos idílico pero mucho más ajustado a la realidad y en el fondo sujeto a un principio de razón que rige, quieras o no quieras. En cuanto nos desviamos un ápice, se diluyen las sociedades. Lo que mide el que nos estemos apartando del principio de razón es la negación de mi libertad cuando yo me estoy sometiendo a leyes y no molesto  a nadie.

Y digo a leyes. La conciencia de ese principio regulador interno, permite de evaluar incluso las leyes: pues llega a ser el hombre tan perverso, que intenta de por ley incluso, mermar la libertad de la persona. Si yo, que soy libre, tengo que someterme a una ley que atenta contra la dignidad de la persona, me estoy negando en principio, y llegará un momento en el que terminaré por hacer parte del conjunto de enfrente, satisfaciendo asi el deseo de algunos a someterse el ‘todo’ o a que no haya voz audible que marque una diferencia.

No es fácil mantener equilibrios dentro de la constatación de que “los sueños de la razón producen monstruos” (Goya), y consiguientemente hay que mantenerse siempre muy alerta en lo que concierne la defensa de nuestro propio territorio de acción.

La historia no es estable en lo que concierne sus organizaciones. Es muy estable, sin embargo, en lo que afecta la evidencia de que si nos salimos de madre termina por derrumbarse todo.

La historia, además, nos plantea cuestionamientos, dilemas, nos exige el replantearnos las cosas, el considerar más elementos de los que se podían considerar antes, nos invita a sabiamente integrar cosas adquiridas dentro de un movimiento evolutivo donde en realidad lo que prima, es saber guardar ese casi efímero principio de equilibrio interno sin estancarnos.

Visto desde este punto de vista, qué es el poder? La situación política? El dinero? La influencia? Haciendo algún cálculo somero en la trastienda de mi conciencia me dije un día: el discernimiento. Y sin nada que lo acompañe: vale de por si y rige en si. (Había muchos que se reían cual Sara detrás de la tienda, pero también ella tuvo que rendirse a la evidencia.)

Valga por ejemplo, lo que precede. Yo vivo en un marco conceptual que respeta la libertad del hombre incluso en su obcecado obstinarse en confundirse. No impongo modos de ver, pero respeto el que se haga mientras no me concierna. Tengo muy pocos enemigos. Los que están conmigo, porque están conmigo, y los otros, porque entiendo su modo de ver y su necesidad de ser. Si necesito algo, un día iré con los míos y el otro, con los otros. Mientras que aquel que quiere imponer lo suyo, solo contará con algunos suyos, y serán pocos porque lo que se impone nunca habla a nuestra identidad esencial y casi se puede considerar como acidental.

El que discierne además, sabe hacer ley. Y en el fondo quizá, todo el poder esté ahi.  Aqui hay un problema que se regula de este modo y precisa de tal respuesta. Es distinto pretender a ver un problema o que lo haya realmente. Y muy distinto el encontrar adecuación en ley, o tomar medidas inadecuadas, imprecisas o parciales. Por qué, al final, termina por ‘imponerse’ el discernimiento? Porque es una solución. Y prima la solución sobre lo que no lo es, si consideramos el principio de equilibrio interno mencionado antes. Aunque tarde. Aunque sea luego. Aunque nos moleste. Aunque produzca estragos.

Por ejemplo: Semmelweiss descubre que la causa de la fiebre pueretal es la podredumbre derivada de los cadáveres. Su contexto social se pone celoso, se enfada, niega, rechaza incluso. Semmelweiss muere. Al cabo de 50 años, se retoman sus descubrimientos. Se imponen, se generalizan. Se desvían: terminamos por aislar cualquier inofensivo germen siguiendo una exagerada línea de conducta impuesta por el rechazo original. Aun queremos ser mejores, aun pretendemos a que no se nos impongan condiciones, y finalmente terminamos por llamar ‘sucio’ el moho del pan o del queso que no son nada más que la base de la … penicilina. Luego tendremos que volver a nuestro equilibrio. Confesar que lo que es, es de por si, aunque provenga de Semmelweiss, y encontrar modos más sanos de gestionar la realidad.

Es asi, en el fondo, siempre, incluyendo los bandazos impuestos en la consecuencia resultando de nuestra ceguera temporal más o menos generalizada.

Es cierto que Semmelweiss murió y dan pocas ganas de seguir su ejemplo. Es decir que casi parece que me estuviese llevando la contraria: pues donde queda su poder tras tanto discernimiento? Está ahi, en el tiempo, en la necesidad histórica de volver a su discernimiento para restablecer equilibrios, y eso aunque no se crea en la vida eterna. Su nombre rige sobre aquello que ha discernido y no hay modo de esquivarlo.

Independientemente, pues, de lo anchos que se quieran hacer algunos en los espacios de la tierra pretendiendo  incluso a  negar la evidencia para que no les quiten privilegios o para que no resalte en exceso el vecino, el discernimiento se impone, queda, rige, determina y garantiza el poder a largo plazo.

Hasta qué punto se puede pensar la harmónica cohabitación de una noción de poder basada en la sumisión y la arbitraria imposición y la evidencia de un principio de razón? Incluso la superposición de ambos? Puede el poder terrenal en lo que implica de negación necesaria de la persona ser mismo con aquel, más conceptual, popular y platónico y con rasgos aristotélicos por lo que se somete a ley, que se basa en el respeto de la libertad de la persona?

Pensar es fácil, en el fondo.

Si consideramos un proceso evolutivo que pudiera ser perenne, porque salimos de algún lugar, avanzamos muy a menudo en la mala dirección, volvemos hacia atrás, hacia el punto exacto donde comenzó el desvarío, y volvemos a empezar, pudiésemos decir que los polos de poder humanos se establecen primero en esquemas matriarcales, que son rechazados en favor de una especificación patriarcal, para provocar una extrema tensión interna entre ambos que precisa de una reconsideración. Los poderes matriarcales, en si necesarios par poder fundar una noción de poder basada en un referencial interno, no favorecen la individualidad y no permiten consiguientemente el que se ‘domine’ la realidad por vía de determinación que permita a su vez la afirmación del individuo. Es lógico que se vayan substituyendo por poderes patriarcales, que definiendo cubículos en el espacio, permiten la toma de conciencia de la individualidad y la afirmación de la persona como ente no solo moral sino también político.

En el fondo, sin embargo, el principio de razón que tanto nos ocupa, es guardado dentro del cada vez más restringido espacio de la conciencia colectiva en tanto que apegada a estructuras matriarcales. La percepción del equilibrio es solamente posible desde dentro, desde ese masa psíquica fantástica y mitológica que lo transcribe en figuras, cuentos y relaciones imaginarias. Cuando estas son atacadas en exceso, perdemos la noción de ese equilibrio y vamos a la deriva.

En el fondo sé que a las mujeres les convenía el traslado de su omnisapiencia y omnigestión a esquemas más exteriores. Incluso les convenía dejarles a los hombres un espacio propio, donde se dijesen a su manera y terminasen por aparecer como ‘otros’, misteriosos y atractivos, incluso eróticos, lo que no se puede garantizar cuando lo que surge de ti, no es nada más que un producto psicológico de tu actividad personal o social.

Hasta que aquellos, de puro darles la mano, terminaron por cojerse el brazo y a pretender que todo era suyo e, incluso, a comenzar campañas muy agresivas tendiendo a destrozar hasta el más mínimo espacio dejado al sueño y los mitológicos desvanes para poder imponerse como únicos teniendo toda la femenidad a sus pies. Lo que resulta contraproducente, pues ella, tu libertad nunca la negó.

Quizá resulte necesario, dices, antes de que sea demasiado tarde – y terminemos todos en alguna jungla durante siglos elucidando en una mazmorra matriarcal lo que significa lo ‘erótico’: quizá el más sublime de todos los conceptos humanos donde el otro, en una extensión de uno mismo, e igual en ello, se mantiene en su diferencia creando una tensión, no de rechazo, sino de atracción generadora de vida – de construir una imagen que sirva de referencia para iluminar algunas obtusas mentes. Poco tiene que ver con biología, y precisa de algún discernimiento.

Yo te dejé que te fueses. Dentro de esto, soy yo quien estoy al origen de la posibilidad de existencia de tus estructuras políticas y sociales. Además, yo siempre he guardado el principio de equilibrio, sin el cual estas no serían nada. Tú te construiste tus castillos a partir de naipes más o menos sólidos y un día viniste diciendo que me tenía que rendir a la evidencia de tu poder, porque se veía, mientras que el mío seguía discretamente tus actividades desde la sombra.

Jamás me rendiría a semejante evidencia. Y para que veas de dónde salen las cosas: respetando tus castillos de naipes, saco costilla de Adán para estructurar lo mío a partir de lo tuyo, y, ves algo? En el respeto de lo tuyo, tú ya no me haces falta. Me digo por mi misma, como siempre, clara y lógicamente, no imponiendo evidencias sino mostrándolas, dando nombre a lo que es y no tergirversando sentidos que me hagan parecer más que otros. Ves de dónde vienen las cosas? Aun pudiendo quedarme con todo, te otorgo parte y sentido, porque no hay otra justicia sino esa, y tú has querido negármela.

No se rige sino sobre un conjunto, y un conjunto hecho de diferentes elementos, precisa de consideraciones distintas, que yo considero mientras tú las niegas. Por eso prevalezco: por discernimiento. Y me vendrás con violencia como último modo de imponer lo que tú quieres? Puede la palabra sobre tu violencia, también. Soy yo quien alimento los ejércitos. Podrás con ellos? Precisamente porque el ejército ordena la fuerza, y la fuerza ordenada resulta del discernimiento que yo mantengo. Tú, lo único que haces es imponer por violencia, pero la violencia no puede nunca contra la fuerza ordenada.

No me interesa el balancear mis ramas sobre tu cabeza, no fuese que aun te den sombra y algo aprendas, y yo, de puro guardarte, me quede sin aceite, vino o miel. Yo no impongo y por eso no te dejaré jamás que me impongas nada. Y cada vez que lo intentes volveremos a la selva a que medites entre ramas que significa la libertad del otro.

No es necesario que el destino de Semmelweiss se reproduzca eternamente. Es posible pensar que razón se imponga antes de que la vanidad de la estupidez esté al origen de la muerte de muchos. Yo por eso abogo, y por eso le hago un rasguño a tus pretensiones para acupar un lugar visible que tú me habías negado. Es mejor asi, para ti, porque aun guardas lugar, pero pone de manifiesto una cosa: yo soy siempre antes, y si puedes pretender a algo, es solo a llevar el yugo de una igualdad en la diferencia que permita reconocerte como un ‘otro’ que yo admita o no. Seré siempre antes, te guste o no, y si por momentos te sales del espacio que yo te he dejado, te quedas sin nada, hasta que aprendas.

Para poder ejercer el poder, tienes que saber de dónde viene y cual es su finalidad. La finalidad del poder no puede ser sino el de estructurar la realidad de tal modo a que permita al mayor número participar a lo que de más sublime produce el hombre. Yo te otorgué el derecho de poner esa finalidad incluso por encima de la existencia humana, y tú te quedaste llevando a pastar tu ‘divinas’ células biológicas. Si no quieres terminar en la selva de nuevo, permíteme por unos instantes que ponga las cosas en su sitio, para que se vea, que precisamente el poder humano no se puede justificar de otro modo que porque discierne la palabra que conlleva sus condiciones y que, situándose por encima de la masa de huesos y carne que le sirve de soporte, te obliga a eliminar aquello que de pretender a ser el todo, olvida lo que precede.

No quiero morir por culpa tuya. Y al poner las prioridades ahi donde no están, estás causando la muerte de todo. Ya ni las enfermedades tienen nombre, y menos aun su remedio. Estás causando una muerte generalizada por vanidad. Prefiero la guerra, porque aun sobreviven hombres. Llamaré a Rusia, que siempre responde. Y si eso no te gusta, igual tendré que fusilarte.

Si bien se considera, y se dicen las cosas por su nombre, cada cual en su lugar, todo tiene su sentido. No solo mi elitismo, que finalmente se basa en la evidencia de un exceso de discernimiento dentro de una general ceguera, negando per se la igualdad teórica o conceptual. No soy más que nadie, eso también es evidente, pero igual en todo caso, tampoco. Y lo de élite provendría solo de participar con pocos a lo mismo, sin que eso implique sumisiones. Pero va de si, que si tengo que someterme por obligación no solo a la vejación consistente en que no se me reconozca lo que es mío, sino que además tenga que rendirme a una presunta superioridad tuya, encontraré de por la misma inteligencia derivando del discernimiento el modo de imponerme no sobre otros, sino sobre la estupidez.

Resulta además que si puedo garantizarle la palabra a aquello que se ajusta a un equilibrio general, necesito de otro que traduzca esa misma en esquemas que se impongan a todos aquellos que no quieran participar a tantas luces. Puede que la justicia emane de mi, la garantía de la libertad se sitúa en el otro que de por su acción permite que haya quienes se confundan. Y en ello, una justicia se casa con la otra y no es sin la otra.

Cabe subrayar empero que si nos confrontamos en dos campos porque tú quieras hacer de mi reconocer una necesidad, que tú también tienes aun sin querer reconocerla, una situación privilegiada hasta el punto de obligarme a tener que desistir de ti, yo ganaré la contienda. El principio de equilibrio se mantiene de por si y garantiza vida mientras que las estructuras que garantizan la libertad, sin este, se pierden en la locura dejándole el todo a aquel.

Que haya sabidurías que nos permiten quizá incluso caminar sobre las aguas, a una prudente distancia de lo que ordena el hombre y sin causarle infracción no hará jamás de esta sabiduría poder terrenal, porque tendría que imponerse y la sabiduría no se impone, porque haría desaparecer la libertad y sin libertad no hay sabiduría. Quizá haya cielos, y quizá quienes los vean. Que algunos se vayan en su más o menos quimérica búsqueda dentro de la libertad que el mundo otorga no implica que se le pueda dejar jamás espacio para imponerse sobre la tierra: la sabiduría conquista por evidencia y tiempo habrá en que hasta eso se vea. Mientras tanto, solo el poder terrenal puede garantizar la libertad humana.

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