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Archive for the ‘Intellectual En/Es/Ge/Fr’ Category

La señora de la Mota hizo acopio de mucha misericordia virtual, específicamente, diría después, y se decidió tras mucho dar vueltas en alguna oficina como un oso enjaulado (dijeron ciertas voces más tarde) llamar personal y directamente a la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, para que le confirmasen de viva voz que era una sarta de sandeces todo lo que se rumoreaba por ahí y que hicieran el favor de inventar un dispositivo lógico para que las gentes no sucumbiesen al pánico a causa de tan floreciente imaginación, popular, sí, agregó, popular. Y eso, solo porque la directora de la Casa Madre era española y se llamaba Juana lo que le pareció señalar la posibilidad de un signo divino de desconocida índole. “Porque claro no me voy a poner a decir ‘bonyur’ o ‘bonsua’,” y subía los tonos de algunas sílabas según lo que le parecía habría hecho Marisa que a su manera de entender decía ‘ouh la la’ de maneras muy convincentes, “así a la primera que se me cruce por el camino. Porque además,” y subió el dedo índice hacia los cielos mientras otros rumores recorrían la oficina vacía, según las cuales podía ser que según las nuevas leyes protocolarias instauradas desde hacía poco, alguien sospechase que tenía un bigote si se presentaba como general, “a la Juana le digo que soy general y me obedece corriendo aunque esté en Francia y sí, aunque no tenga bigote.” Según indagaciones posteriores se supo que el teléfono de la directora de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad se podía encontrar en cualquier tienda de convento que respondiese al mismo nombre y que tampoco hacía falta mucho espionaje para obtener un ejemplar del listado simplemente pidiéndolo. “Claro. Mira que no ocurrírseme que se podían pedir las cosas.” Fue ella personalmente la que siguió su intuitivo instinto, femenino, se agregó a si misma, como sorprendida de la cantidad de nuevos sentidos que emergían de la sabia combinación de las palabras, y sobre todo, siguió, de los tonos. “Sí, todo está en los tonos. Pues yo voy a poner tonos del general …, que siempre me ha impresionado mucho. Por los tonos, quiero decir, solo por los tonos. Si parecía que era verdad todo lo que decía solo por eso aunque luego se generasen contradicciones de por la contemplación de la realidad misma. Ya estoy recayendo sobre Santa Teresa también. Fíjate, y si es alguien de la secta también? Pues apañados vamos, muy apañados. Pues que tengan mucho cuidado estos franceses, porque como sea verdad todo esto, que sepan que ya nos hemos estudiado hasta lo de Estalingrado. No, pero fíjate que listos estos rusos y nosotros sin siquiera saber dónde estaba semejante lugar y hasta encontrarlo con tanta apelación distinta. Será una apelación? Bueno, da igual, sea lo que sea.”

Le fue entregado un listado completo de los conventos de las Hijas de la Caridad y le echó una rápida ojeada. Muy convencida, contó 3.727 conventos en distintos puntos del globo y dijo “ya los tenemos a todos los de la secta. Pues fíjate, la de Calcuta no está aquí. Habrá otro listado más modernizado? Bueno, a lo mejor es una sucursal. Pues fíjate, hasta los Onassis están. Claro, le atrajo el nombre a la pánfila de la Marisa y se lo leyó todo con pelos y señales. Ahora solo tengo que escribirle unas rimbombantes cartas a todos los generales de los distintos países, a ver, hay en Alemania, bueno, eso ya se lo decimos al señor Kasten, en Francia, la carta para el señor Gaucher aunque no sea general, pero es que aquí no somos tan estrictos con lo del protocolo, y en Austria, fíjate, hasta Hijas de la Caridad musulmanas hay en Turquía y judías en Israel, para lanzar una acción conjunta. Pues claro, es eso la secta. Ahí todo el mundo revuelto en una tortilla española o francesa que ya ni eso se sabe. Tú crees que me harán caso los del turbante. No sé. Quizá. Bueno, voy a llamar.”

Mi madre estaba ahí aquel día presente, segura de que por una vez había hecho lo correcto, pues en vez de acusar a alguien con tonos tonitruantes, había insinuado que quizá era todo el fruto de la imaginación de Marisa. Lo de la imaginación había tenido mucho éxito como medio, llamado ultra sofisticado por la señora de la Mota, para transmitir información sensible.

“Juana. Soy la general Méndez. Hazme el favor de buscarme unos archivos. Me los pide un tal Rothschild de las llamas del infierno. Usted conoce a ese señor?” “Sí, señora general,” – ‘por lo menos no me dice señor, porque con este vozarrón que tengo’ – “Ya le busco los archivos. Usted sabe dónde están?” – ‘Era expediente al final o archivo. En fin, da igual. Dónde están los archivos, señor Rothschild,’ le preguntó a mi madre. ‘En la bóveda de la Virgen.’ – “En la bóveda de la Virgen, Juana, quien diría que acabas de llegar.” “Pues mire, sí, señora general, en estos momentos estoy deshaciendo las maletas.” – ‘A ver si terminan por echarle la culpa de todo a esta pobre pueblerina, las llamas y hasta del diablo.’ “Bueno, pues búsquese a una guía.” “Si me permite, señora general. Apenas hablo francés. Necesita alguna traducción?” “No, no se preocupe. Solo quiero verificar la presencia de ciertos nombres en esos expedientes.” “Son expedientes?” – ‘Pues no pienso decirle que me he confundido.’ – “Sí, son expedientes.” “Me espera en la línea o la llamo yo después?” “Llámeme después a este número y pregunte por la generala, que es más familiar y sabrán que es usted una amistad mía.”

Y colgó el teléfono, ronroneando que menos mal que todavía había gente con educación y que se conocían los rangos y hasta los géneros, aunque claro, siguió, mirando despiadadamente a mi madre, quién hubiese pensado que detrás de semejante mosquita muerta se escondía nada más y nada menos que la jefa de las llamas del infierno. Según lo que relató mi madre después, ella había adoptado una pose modesta y recatada, y hasta se había puesto el collar de lapislázulis de mi abuela como para indicar su pertenencia a ciertos imperios germanos, ‘como si, sí, acabase de salir de un convento de monjas.’ “No creo que sea esta la mejor referencia en estos momentos,” comenté medio en broma. “Ay, pues no había caido.”

Seguidamente llamó a alguien y le dijo ‘que habían atrapado nada más y nada menos que a la jefa de las llamas del infierno’ lo que aparentemente causó tanta risa al otro lado de la línea de teléfono que decidió ‘no levantar cargos por el momento’. “Y además usted no se meta que lo han involucrado en el atentado contra Carrero Blanco.” Y se reía. Y colgó el teléfono bruscamente sin esperar la respuesta. “Qué ha dicho? Que eso era Sofía?” Y se sentó, no, se desplomó sobre la silla y se puso a sudar como un pollo. “Pues vaya. O sea que era una risa nerviosa. Pues vaya. Dios santo,” y hasta se santiguó por si acaso andaba el Juanis por ahí y dijo “pues se ha liado.”

Se puso pálida y fue en ese momento que sonó el teléfono y se oyó una fina voz francesa diciendo, “bonjour! Se Madame la Generale?” “Usted déjese de sandeces y páseme a la Juana. Dios que revuelo que se va a montar y eso que menos mal que es una línea roja, y menos mal, menos mal, claro, tanta llama, tanta llama y se te olvidan hasta los protocolos. Y ahora cómo era, que oui, que non, ah, Mari, ayúdame, que qué digo ahora.” “Que oui.” “Que oui.” “Attendé un moment. Je vu la pass. ” « Dice que me la pasa. Menos mal que por lo menos me entero de algo. Ay, esas lecciones de francés que nunca tomé. Más tarde, más tarde, a la vejez …” “Viruelas.” “Eso, viruelas.” “No sobre la viruela no he traído. Solo sobre lo que me dijo usted. Los Onassis y los Rothschild.” “Ah, ah. Sí, claro. Perdona. Y qué pone?” “Ya le digo, señora general, que yo no entiendo este idioma.” “No, quiero decir, puede usted buscar estas letras en algún papel ‘d y e y c …’ etc.” “Etc?” “No, qué etc ni qué ocho cuartos, algo que empiece por dec.” “Ah, no dieic.” “No eso no. Yo no he dicho eso.” “Sí, aquí. Declencher peste.” “Y algo que dice en la hoja de los Onassis, Alejandro muerto.” “Sí, algo parecido.” “Ya.” “Pero señora general, qué quiere decir todo eso?” “Muy bien, muy bien ha hecho su trabajo, este. No, nada, es un secreto de estado. Está todavía la boba de la secretaria por ahí?” “Sí. Pone cara muy interrogativa.” “Mientras no sea exclamativa. Pues mándala a freír monas ya mismo.” “Monas?” “O rosquillas, me da lo mismo.” Y se oyó que se decía ‘que se fuese alguien a freír rosquillas’ y alguien que contestaba ‘oui, ma soeur’ y una puerta que se cerraba.

La señora de la Mota se aclaró la garganta y hasta se puso de pie con aire muy solemne. “Juana.” “Sí?” “Mira. Tengo una seria queja que transmitirte.” “Sí.” “Resulta que estaba una gente haciendo una escenificación virtual de una posibilidad humana de la realización del Apocalipsis. Me entiende. San Juan es muy simbólico y quisieron saber qué aspecto tenía el Apocalipsis ese sobre la faz de la tierra. Y escribieron unos textos apócrifos que desgraciadamente se guardaron en la bóveda.” “Sí, mi general. Y nosotras tenemos todos esos textos prohibidos aquí?” “Son prohibidos los apócrifos. Encima, encima prohibidos. Total. Resulta que unas monjitas de esas que son siempre tan curiosas y alguna pánfila se han adentrado en la bóveda y están creyéndose que todo eso es verdad. Y, haga el favor de meter esos papeles en otro sitio de una puñetera vez.” “Nadie tiene acceso a la bóveda, señora general. Nadie.” “Cómo. Pero si has entrado tú y hasta la secretaria.” “No es una secretaria …” “Y yo qué sé de rangos y jerarquías monjiles.” “Los hombres no pueden entrar ahí.” “Pero las mujeres, sí.” “Sí. Pero solo las consagradas.” “Y cómo ha entrado una pánfila llamada Marisa ahí dentro?” Voces. “Todavía no se ha ido la secretaria?” “Es mi asistente.” “Y es española? Con asistentes, además, qué lujos, yo no tengo nada de eso y con todas las estrellas que luzco.” “Sí, española, mi general.” “Pues la máxima discreción sobre este asunto, le digo, la máxima, si han llegado los rumores ya hasta el rastro.” “Sí, mi general. Se llama Marisa? Es miembro de la congregación.” “De la congregación? Ya está, la hemos cogido por la cola del ratón, a la secta esta.” “Sí. Mire. Me dice mi asistenta que está más instruida en esos temas. Resulta que las Hijas de la Caridad tenían una leprosería y que las señoritas hacían experimentos. Y cuando se trató de cuidar a niños, buscaron a unas pueblerinas que tenían que cuidarlos porque aquellas no querían. Somos nosotras. Y las de la Congregación son laicas y son las otras.” “Y usted cómo supo que se llama Marisa? Está usted desarrollando poderes supersónicos telepáticos?” “No, mi general, nosotras no hacemos esas cosas, solo las de la Congregación. Porque es la única española aquí de la Congregación. Y supuse que era española.” “O sea que usted es de la rama de las deducciones y las suposiciones y las verificaciones empíricas? Menos mal, menos mal. Estoy pensando en subirla de rango.” “Usted tiene contactos en Roma, señora general?” “Yo… hasta en el infierno tengo contactos, hasta en el infierno. Cómo no tuviese contactos en Roma, cómo. Mire. Le prometo que le mando unas torrijas mañana.” “Se van a poner malas, señora general.” “Sí, claro, claro. Qué le parecen unas yemas de Santa Teresa?” “De las llamas, no señora general, ellas son apócrifas.” “Aquí hasta las yemas son apócrifas. Tiene usted un problema con el hígado? Ah, si ha dicho, llamas. Aquí estamos, aquí estamos.” Y se volvió a sentar de un golpe. “Las llamas del infierno. Ya las tenemos a todas, a todas. En la salsa picante esta.” “No, no tengo problema con el hígado y si que me gusta la salsa picante, claro. Es usted muy amable de inquietarse de mi salud, señora general.” “Claro, claro. …” “Me dice mi asistenta que por eso tiraron los huesos de San Vicente al Sena durante la revolución porque hacían experimentos de esos telepáticos y supersónicos.” “Los huesos del santo … pero qué gente, por dios, qué gente. Pero cómo se pueden tirar los huesos de un santo, a dónde los tiraron?” “Al Sena, al río.” “A ver si le van a echar el muerto a usted de todo, al final.” “El santo.” “No, ese no, ese ya se fue río abajo.” Y recuperó su aplomo y su compostura. “Mira, Juana.” “Sí, mi general.” “Le voy a contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.” “Sí, mi general.” “Hay una secta que se llama ‘las llamas del infierno’” “Le juro, mi general que son las de Santa Teresa.” “Las descalzas o las que llevan decorosos zapatos?” “No, las descalzas son otras.” “Bueno. Y deje de temblar con la voz.” “Estoy muy nerviosa, mi general, con todo lo que me está diciendo. Usted quiere decir que las llamas del infierno han entrado en las Hijas de la Caridad.” “Sí. Y específicamente en la Congregación esa.” “Entiendo. Y qué quiere usted que hagamos.” “Para empezar cómprese una caja fuerte y meta esos documentos ahí dentro.” “Los de la escenificación.” “Sí, esos mismos.” “Muy bien, mi general. Tenemos para una caja fuerte?” Voces. “Cuanto cuesta una caja fuerte, mi general?” “Pues … vaya. Cuanto costará una caja fuerte… Hay muchos documentos?” “Pues bastanticos, mi general.” “Encima maña. Unas 10.000 pts. Bueno, deje a su asistenta sin paga durante un mes y yo le mando las 10.000 pts mañana por un giro postal de esos. Qué modernos nos estamos volviendo, qué modernos.” “Las asistentas no cobran, mi general.” “Pues que haga dieta. Narices. Y encima ni las pagan. Bueno, hagan un apaño por aquí y otro por allá y con lo que yo les mando metan todo eso en un lugar seguro y solo usted, me oye, solo usted, se queda con la llave secreta esa.” “Una llave secreta?” “Unos números, Juana, que pareces monja, un código secreto.” “Y eso va con la caja fuerte?” “Sí. Por el mismo precio.” Y suspiraba de contento de poder sacar a relucir los resultados de tanta indagación previa. “Sí, mi general. Y en cuanto a las yemas de Santa Teresa?” “Manténgase usted a una distancia endiablada de semejantes pecados terrenales.” “Nada más?” “Acuse distancias con la Congregación y sobre todo con el Papa.” “Con el Papa, mi general?” “Y solo a dios escuche y solo a los ángeles y a Juan, que es mujer.” “Juan, mi general?” “En fin. Era un poco marica.” “Mi general?” “Nada, nada, es que con tanta preocupación se te atoran los pensamientos en la garganta.” “Me dice mi asistenta, y er ala razón de su preocupación que los Rothschildios son llamas?” “Qué comen yemas de Santa Teresa? Pero qué gente … Si las yemas son católicas, apostólicas y romanas.” “Mi general. Que eran judíos los de Santa Teresa.” “Ah. Vaya. Ya estamos llegando al quid de la cuestión, o será el quiz. Es que tú, Mari, con tanta cultura, luego no hay ya quién copie nada sin meter la pata hasta el fondo.” “No están ahí los que comen yemas?” “No hija mía, no, aquí tenemos nada más y nada menos que a la señora directora de las llamas del infierno que ha venido a confesarse, bueno, a auto acusarse, como de costumbre.” “Dios santo, dios santo, pues bien van las cosas, señora general. Menos mal que está usted y va la gente a confesarse.” “Vaya por dios.” “Le digo, mi general, que dicen que hasta el Papa se metió en las llamas.” Y la señora de la Mota se encendió un cigarrillo. “Si, Juana, sí, y hasta hijos tuvo el descarado y desvergonzado y falto de fé.” “Hijos, mi general. Por dios santo. Por dios santo.” “Bueno, eso a lo mejor son rumores que corren sin mucho fundamento. Y a parte del Papa y el Rotchildio ese, usted sabe quién más anda metido por ahí?” “Están por todas partes, mi general, por todas partes.” “Ya empieza esta también. Usted todavía no ha modernizado las encantaciones? Bueno. O sea que las finanzas, los seguros, los curas y …” “Y los médicos, mi general. Sobre todo los médicos.” “Ya lo tenemos, el complot internacional. Pues que lista la Ana esa. Y dime, ya que estamos, un Deoro o algo asi?” “Un qué?” “Un Deoro. Algo con la moda.” Se oyó un finísimo ‘Dior’ con muchos acentos circunflejos. Y se presintieron ciertos asentimientos. “Qué sí, que sí. Pues vaya con las indagaciones de la chiquilla. Y qué tendrán que ver los modistas con los experimentos?” “Es que son unos desviados, mi general.” “Pues vaya.” Y se puso de pie de nuevo. “Ah. Iba a decir otra cosa, pero se me han cruzado los cables. Ustedes tienen monjas musulmanas?” “Monjas musulmanas? No, mi general.” “Y qué hacen metidas en Turquía y todos esos países bárbaros?” “Son cristianas, mi general, de misión en otros países.” “Ah, eso son las famosas misiones. Parezco las del Opus. O sea que ni judías pintas, ni blancas, ni nada.” “Sientan mal, mi general.” “Claro, claro, son indigestas las judías. Hm. Usted sabe dónde pudiese haber algún miembro de las yemas por esos lugares? Pregunte a su asistente, – fíjate, y no las pagan, qué suerte – ya que acabas de llegar.” Cuchicheos. “Oigan, menos secretos.” “Es que de esas cosas solo se habla a voz baja, a voz muy baja. Es que están por todos sitios, por todos los sitios.” “Tampoco escucharán a través de las paredes.” “Usted cree? Menos mal que me dice eso, mi general, es que se oye cada cosa. Dice mi asistenta que en Estambul, quizá, y en Israel. Porque mandan medicamentos sospechosos que no se han probado.” “Muy bien, Juana. Escúchame bien. Te voy a dar una orden, porque esto es causa de guerra. Te vas a quedar unos cuantos años en ese infernal y pecaminoso lugar – mira que tirar a los santos al río, es que ni yo, vamos -, y luego sales corriendo como si te hubieses encontrado a un novio y te llevas todos esos papeles debajo del brazo.” “Todos?” “Bueno. No, haga otra cosa, ya que son muchos. Ve haciendo discretamente fotocopias, pero tú personalmente, tu asistente es de fiar?, sí seguro, o tú asistente. Y cuando esta se vaya de vacaciones, serán pagadas las vacaciones?, oye, yo me vuelvo monja …” “Mi general, es que tiene 20.000 monjas bajo sus órdenes y precisa de algo de reposo de vez en cuando.” “20.000 monjas!! Pero si eso es más que un batallón. Y usted contesta al teléfono con que llame así cualquier general del tres al cuarto que se tercie? Bueno, no me conteste, porque era una pregunta retórica. Mejor, mejor. Cuando su asistente se vaya a reposar que se vaya trayendo paquetitos, paquetitos debajo de las faldas que es donde mejor se disimula. Y me los trae a mí personalmente, preguntando por la generala. Ya le daré yo unas yemitas de las de verdad, que están muy buenas.” “Y usted donde está, mi general?” “En la PJ. En la Policía Judicial. Por el centro de Madrid, ya me encontrará.” “Ay, qué bien. Porque tiene a una prima que vive en la Plaza Mayor, fíjese mi general.” “Fíjate que cosas, fíjate cosas. No si aquí vamos a terminar todas taradas y yo recitando el misal de memoria.” “Nada más, mi general?” “Yo les mando a mi asistente especial imperial en unos años, cuando crezca un poquito, que está muy joven. Durará unos años la tormenta, como unos 30, pero al final se sabrá todo con pelos y señales.” “Y que Juan era mujer?” “Pues si le hace ilusión. Y yo qué pensaba que era un apócrifo. Pero claro, cuando hasta los papas tienen hijos, qué apócrifo ni que ocho cuartos. Desde luego, estas monjas … se están volviendo cada vez más apócrifas. Sí, Juana, hasta lo del Juanis saldrá a relucir.” “Y mientras tanto?” “A rezarle a la Virgen que se le ha aparecido aquí a la señora llamas del infierno.” “Menos mal, mi general, menos mal. Y usted cree que tiene una desviación?” “Una desviación?” Y miró a mi madre que se puso un poco pálida, de oblicuas maneras, según estimó aquella más tarde. “No mujer, es una apuesta y esbelta señora de muy buen ver casada y con cinco hijos.” “Ve, mi general, es que una ya no se puede fiar de nadie. Fíjese, hasta casadas y con cinco hijos y se enredan en semejantes marañas.” Y se oyó un fuerte golpe sobre la mesa. “Han fusilado a alguien, mi general?” “Qué? No, no. Fusilar a alguien. Aunque se debiera, se debiera.” “Usted no se preocupe, Juana, que aquí tenemos a todos los ángeles y hasta los arcángeles de nuestro lado. A ver, Rafael, Miguel …” “Y Gabriel.” “Ah, ese me faltaba. Ya decía yo que eran tres.” “Se está muriendo la gente, mi general, por eso me llamaron.” “Nada, que no se preocupen y que se mueran todos.” “Todos? Bueno que quede alguno. Si se mueren, por algo será, por algo será. Es que es muy difícil hablar por teléfono, Juana, muy difícil. Y usted también tiene un Juanis? Quiero decir, usted también cura a la gente?” “Pues no sé. Eso dicen.” “Esta tiene un Juanis, también. Pues tú no cures a nadie  que están las cosas que arden. Con tanta llama, claro, cómo van a estar.” “No se puede curar?” “Más tarde. Es decir, hay que introducir una nueva metodología varonil. Se llama la Saingaucher. Ya le cuento, más tarde. Luego, que tengo aquí una chismosa que tiene los oídos de tanto alargar la oreja que se le están poniendo morados como las ciruelas. Juana. Cuando se vaya usted a las Bahamas, pase por aquí y la llevo a pasar el fin de semana al Castillo de la Mota.” “Por dios, mi general, usted es … Que dios la bendiga, que dios la bendiga …” “Menos, menos, que me estoy poniendo roja como un tomate de tanto halago. O sea que ya sabe, pásese por aquí cuando venga. Y nada, hasta la próxima, ya me comunico con usted.” Y colgó el teléfono y resopló discretamente quitándose un polvo de la chaqueta y dijo: “Mari. Asunto clasificado. Te vas de aquí ya mismo. Ah, y me prestas a tu hija que es muy lista. Ya te iré diciendo.” Y aunque mi madre intentó rechistar, la saludó un atento silencio marcial hasta la puerta  y un ‘bonito collar de perlas azules’ y se cerró la puerta. Sin embargo, se oyó un sibilino “es que uno ya no puede fiarse de nadie, claro.”

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La ‘Queen of England’ dijo que a pesar del giro altamente bochornoso que habían tomado las cosas, se guardase un año de luto por mi padre en los barracones y que todo se publicaría en bando debidamente en su momento. Se le dijo además que no tuviese miedo de dirigirle tan atentas misivas en tanto que ‘fantasma’ porque fantasmas rondaban muchos por los lugares y siempre había alguno dispuesto a responder a un congénere. Aquel día iba dispuesta a asesinar a alguien sin metralleta en las manos y teledirigiendo a algún fantasma hacia los lugares. Habían pasado varias semanas durante las que había excusado mi ausencia diciendo que estaba echándole agua a las llamas del infierno. Mi madre había mejorado considerablemente. Gracias a la terapia sabiamente diagnosticada – decía yo -, por el Dr Guerra, mi madre dejó de ver ratas. Además no tuvo más remedio que reirse cuando el mismo afirmó con gran seguridad que ‘se había encontrado un extraño caso de peste borbónica’ por lo que con toda seguridad se llevaría algún premio algún día, aunque todavía no sabía de qué índole. Tras mucho rodeo y sensible acercarse de la problemática, y ello porque finalmente aseguró que mi presencia le daba seguridad y la prefería a la cara de ratoncillo de Ana, resultó que mi madre no había matado a nadie. De hecho solo intentó una vez la receta de las llamas, con una vecina que luego se volvería cantante y eso tras haber obtenido su permiso, ya que aquella no se creía que fuese eficaz e insistió con mucha seguridad en que se lo hiciese. Quedó paralística durante algunos meses pero luego salió andando y le dijo para mas inri a mi madre que ‘ves, esas cosas no servían para nada’. La hija de los joyeros murió porque mi madre había divulgado la receta tras mucha insistencia de los padres, quienes por otro lado, pertenecían a los testigos de Jehová y estimaban que debían castigar a sus hijos ellos mismos. Sin embargo insistió sobre el hecho de que había mucha gente que moría de modos muy raros a su alrededor, como los hijos del portero que habían muerto de una extraña leucemia que se había atribuido a la falta de luz, lo cual, sin embargo, no tenía mucha coherencia. Y que de hecho, ella había transmitido la ubicación del lugar donde Carrero Blanco iba a misa, porque se lo habían pedido y sin que ella supiese qué implicaciones podía tener. Bueno que en realidad había sido Marisa, pero que aquella por aquellos momentos ya estaba en Francia. Dijo que se había asustado mucho cuando le dije que soñaba con sacarle las entrañas a la gente y que por eso le había dicho todo a la señora de la Mota. “A nosotras nos dieron una droga. Algo, y ya no eran las cosas iguales. Era parte de los ritos de iniciación.” Que por fin su padre le había hecho caso y se había enterado de todos los conejos que había en casa y que ya no le pesaba la conciencia. Le pedí que hiciese el esfuerzo de quedarse por un rato en el extraño tertulio aquel e indagase precavidamente sobre un lugar o lugares donde se hiciesen experimentos con la sangre. Y le dije que tampoco era cuestión de condenarse al infierno de por si solo y que había que esperar a que algún ángel se ocupase del asunto. “Hay un juicio después? Es que cuando se llega a las llamas del infierno uno ya está condenado.” “No tiene hombre derecho sobre los juicios. Otros deciden, para bien o para mal.” “Ni siquiera uno mismo?” preguntó tras alguna reflexión. “Ni siquiera uno mismo.” “Bueno. Pero seguro que ya me he condenado.” “Eso está por ver.” “Es que tienes razón. Están matando a la gente que tiene algo que ver con la muerte de Carrero Blanco.” “A ti te voy a tener que sacar de aqui manu militari.” “Con la guardia imperial.” “Sí, esa misma.” “Es que ya no me quiero divorciar.” “Bueno. Pues tú quédate aqui entonces. Pero te irás igual cuando tengas miedo.” “Bueno.” “Por eso quieren casarte con Felipe. Porque dicen que eres muy fuerte.” “Ya.” “Y no lo vas a hacer?” “Pues no.” “Pero si tienes que hacer lo que te dicen los padres. Y el tuyo dice que le convendría.” “Ah. Celestina, encima. Pues no.” “Y por qué?” “Porque tengo que hacer lo que decía mientras soy menor.” “Sí.” “Y a los 18 años soy mayor de edad.” “Sí.” “Y cuando eres mayor de edad decides por ti misma.” “Pues sí.” “Pues cuando tenga 18 decido que no, y no tengo por qué someterme a la voluntad de nadie.” “Pues es verdad. Fíjate que a mi no se me habría ocurrido.” “Hay alguien de la secta dentro de la Casa Real?” “Yo no sé.” “Quién se relaciona con vosotras?” “El jefe del protocolo.” “Y a quién se dirige?” “A la reina.” “A Sofía?” “Sí.” “Ah.” Habiendo concluido que las guardias imperiales servían por lo menos para tranquilizar a gente que tenía mucho miedo, me plantée seriamente remodelar mi juicio al respecto. Mi madre llegó unas semanas después diciendo que era absolutamente necesario seguir con los ensayos de la obra de teatro pero que en este acto no se podía decir gran cosa. Que los experimentos se estaban llevando a cabo en Francia y se hacían gracias a los rosarios ‘de mi madre, y quédate con todo lo demás’, agregué yo, sí, dijo, y en otro sitio que se llamaba Eskopion, como un escorpión, pero que no sabía dónde estaba. “Eso es griego,” dije. “Habíamos dicho que no íbamos a improvisar,” dijo. “También está bien improvisar de vez en cuando.” “Yo también puedo?” “Sí, claro.” “Y por qué sería griego?” “Porque me cuadra. La reina viene de Grecia y el Mengele dices que venía de Grecia. Debe ser italiano, quizá. Pero estudió en Grecia. Debe haber unas cuantas erinyas por ahí sueltas.” “O dionisas.” “Sí. Eso es. Unas dionisas dentro de algún círculo hipocrático.” “Dicen que hay judíos ahí dentro.” “Sí. Si lo dices tú.” “Tú crees que somos judíos? Es que a mi lo de la Iglesia Católica ya me da alergia.” “Pues quizá. O sea que ponte a respetar el sábado. Es que tienes razón. Es la iglesia católica. Mira tu estrategia. Consiste en anular la autoridad del padre para quedarte tú con las dos y poder gestionar los asuntos de familia sola. Como la iglesia con …” “Con Pío XI.” “Eso. Con Pío  XI. Ves lo que sabes?” “A veces pienso que no sirve de nada recitar las lecciones de memoria.” “Bueno, algunas sí y otras no.” “Y cual es la autoridad que m corresponde a mi?” “Tanto estudio y tanto feminismo socavado y soterrado y todavía no sabes cuales son tus atribuciones?” “Pues no. Solo tenemos que meternos en todas partes.” “Y cómo conseguís los secretos del Opus Dei?” “Pues vamos buscando a ver quién tiene cara de Opus Dei y luego hay una de las nuestras que se casa con él.” “Y habéis conseguido algo?” “Pues no. Son muy secretos. Y lo esconden todo tan bien que nunca se ha sabido nada.” O sea que le conté lo que mi padre había sabido gracias a la señora de la Mota y se quedó con la boca abierta. “Y ese es todo el misterio?” Preguntó después. “Pues sí.” “Pues vaya. Y nosotras busca que busca. Tú crees que después de tanta obra de teatro me dejarán la tutela de los hijos?” “Quién te ha dicho eso?” “Pues Ana. Vino el otro día gritando ‘victoria, victoria’, somos tres y un nulo contra , hemos ganado, hemos ganado y la señora de la Mota ha asegurado que ‘en casos de que se demuestre la apartenencia a las llamas del infierno se queda la tutela en manos del padre o de dos si fuera el caso y yupi y yupi.” “Y te lo dijo a ti?” “No, lo iba gritando por los pasillos con cara de mucha alegría y eso que no había nadie más en casa salvo yo que leía el periódico.” “Pues que tenga cuidado aquella no sea aque acabe en las llamas del infierno, también, pero de alguna tunda.” “Y no se lleva los niños la señora de la Mota?” “Pues que yo sepa, no, en fin, no asi de cualquier manera. Pero claro, si hubiese resultado que te dedicabas a envenenar a la gente a cada vuelta de la esquina, necesariamente habría hecho algo.” “Bueno. Entonces me puedo quedar aqui y no me vais a meter en ninguna mazmorra imperial?” “Sí.” “Pues sabes que los Onassis están metidos dentro de todo eso? Dice que ‘grandes partes de la fortuna Onassis financia con éxito ciertas operaciones en … y había unos nombres muy raros.'” “Vaya.” “Eso te lo iba a decir solamente si guardaba la tutela de los hijos. Me lo has prometido.” “Sí.” “Y tú padre no dirá nada?” “Ese más vale que se calle por si acaso también. Que menuda pareja de dos.” “Es que ya me lo ha confesado todo y me dijo que lo sentía y lloraba y lloraba.” “No, si terminaremos por hundirnos en el lago Ness con tanto lagrimón.” “Pues yo me lo creí.” “No, si razón tienes.” “Tú crees que los Onassis estás metidos en esto?” “Pues… No.” “Y eso?” “Porque Alejandro murió en un accidente de avión. Y Cristina ha muerto …” “Está viva.” “Está viva? Pero mal anda con las drogas y todo eso. Les están quitando la fortuna para subvencionar no sé qué proyectos criminales.” “Pues sí, eso es. Decía: ‘Operación exitosa. Alejandro muerto.'” “Uuh. Y los nombres raros?” “No sé, no entendía nada.” “Puedes situar el nombre en algún lugar del globo? Uganda? Chile? Rusia? Turquía? La India?” “Pues hay algo sobre Uganda y sobre experimentos de gente que se comía a los seres humanos y luego, puede ser la India.” “La India? Como, como … Teresa de Calcuta?” “Teresa de Calcuta? No me suena. Theresie. Algo asi ponía. Y en algún sitio están haciendo payasos.” “Payasos?” “Sí.” “Estás segura?” “Bueno. Ponía clones y yo pensé que habían escrito mal lo de clowns.” “Clonos.” Y estalló en carcajadas. “Clonos, claro. Es que estaba un poco nerviosa.” “De dónde has sacado todo eso?” “Pues de los archivos de la Casa Madre.” “De la Casa Madre? Aqui?” “No, en París.” “Marisa?” “Sí. Le dije que teníamos que apagar las llamas de una vez.” “Dios Santo.” “Por qué?” “Eso son las hijas de la Caridad.” “Pues sí. Cómo lo has sabido?” “No, asi. Pero, espera, quién fundó las Hijas de la Caridad?” “Un holandés.” “Un holandés?” “Bueno, o algo asi.” “Y no hubo una lepra o algo asi por aquellas épocas?” “Pues sí. El tenía la leprosería.” “Uuh lala.” “Deja de hablar francés. Que hablas como Marisa.” “”Tienen algún símbolo?” “Sobre algunos documentos hay una cruz gamada con un círculo y sobre otros como una serpiente enroscada alrededor de un palo y luego dicen que quien manda es un oso.” “Vaya.” “Y eso qué quiere decir?” “Pues que pusieron al Hitler ese ahi para poder proseguir plácidamente con sus experimentos.” “Sí. La Eva Braun era de la secta.” “Vaya. Qué control. Uuf.” “Ya me has pillado otra vez. Es que Marisa me dijo que no dijese que había sido ella quien dió la información.” “Mejor nos callamos.” “Tú crees?” “Pues sí, mira. Pero quienes son esas brujas?” “Pues no sé. Es raro, no? Gente tan sanguinaria. Ah, y ponía que ‘poursuivre projet declencher peste’. Y como no sabía lo que quería decir porque también estaba muy nerviosa, lo apunté en un papel. Qué quiere decir?” “Pursuibre proyé. Proseguir con el proyecto. Peste. Como peste. Y declencher no sé pero debe ser, provocar. Lógicamente.” “Quieren provocar una peste?” “Sí. Eso parece.” “Pero eso es un horror.” “Y tú que lo digas.” “Y no podemos hacer nada para evitarlo?” “Pues por ahora, no.” “No pensarás que me lo estoy inventando?” “No, por desgracia parece todo muy verídico.” “Es que ahora entiendo lo angustiada que estoy. Me llama Marisa y me dice ‘está muriendo la gente, está muriendo’ y grita y ‘pasan cosas raras, hay fantasmas que se los llevan y nadie hace nada, nada’.” “Esa que se tranquilice un poco y deje de pegar tanto grito.” “Que le diga eso?” “No, mujer. Ya se lo dirá su marido que es amigo de Gaucher.” “Es amigo de Gaucher, Michel?” “Sí.” “Bueno, entonces no le pasará nada a Marisa. Gaucher tiene muchas influencias.” “Tengo que ir a Francia.” “Para parar la peste.” “No, mujer. Para que se calle Marisa de una vez no sea que terminen por cortarle el pescuezo a ella también.” “Ah, es que falló el antídoto.” “Dios santo.” “Y la peste?” “Pues habrá que esperar. Hazme un favor.” “Sí.” “Trata de saber qué tipo de experimento estaban haciendo para provocar la peste.” “Algo de la sangre.” “Ah sí. Eso es lo que me dijiste el otro día.” “Sí. Y dijiste que qué querían, que muriesen millones de personas. Y dije, por fin, alguien que se entera de algo. Y se morirán millones de personas?” “Es posible.” “Muchos millones?” “Pues sí.” “Y cómo lo sabes?” “Lo dice el ángel Miguel.” “Y él sabe esas cosas?” “Sí.” “Pues qué tranquilidad.” Pensé que bromeaba y me la quedé mirando. “No, es que tú no entiendes. Pones unas cifras y ya parece todo más racional y como que se van los fantasmas.” “Ah, bueno.” “A ti no te pasa eso?” “Sí. Pero con pruebas tangibles.” “O sea que somos todos distintos.” “Un poco más o menos cada uno de cada cual.” “Y tú no puedes curarlo?” “Yo?” “Sí. Tú sabes mucho. Hasta descubriste lo de la peste borbónica.” Y se rió. “Eso es mucho, madre, lo que me pides. Mucho. Eso es muy difícil.” “Porque son muchos millones?” “No, porque es un artificio que reposa sobre una grave falta moral. Por eso quiere hacerle la guerra la señora de la Mota a Francia? Porque teme que venga para acá.” “Pues es muy posible. Fíjate. Pero hazlo por ella, anda, que dice ‘que nos van a dejar solos, que nos van  abandonar, que nos vamos a podrir en una esquina sin que haya un perro que nos lama las heridas.’ Es que no puedo oirla más. Eso era lo que quería decirte. Y ya me da igual. Que se muera todo el mundo. Ala.” “Qué fría.” “Es que si ni tú ni nadie puede hacer nada, ni tan siquiera el ángel Miguel, pues qué se le va a hacer.” “No es el ángel Miguel es el ángel Rafael, quien se ocupa de esas cosas.” “Muchos ángeles conoces tú.” “No, los nombres que son asi. Estoy haciendo muchas diferenciaciones. Los ángeles están más lejos, aunque Miguel está muy cerca.” “Y qué le digo a Marisa?” “Pues dile eso mismo. Que qué se le va a hacer.” “Y ella se va a morir?” “No creo.” “Y eso?” “Pues porque ella no lleva esa falta.” “Con todo y llamas del infierno?” “Ya se ha redimido.” “Lo dijo el señor Gaucher,” dijo con mucha admiración, “que cuando se llevaban faltas había que señalar al culpable para redimirse.” “Ya.” “No lo habrás dicho tú?” “Yo? De dónde tanta sapiencia. Pues entonces ya está. Marisa se salva después de haber revelado todo eso.” “Y Michel?” “También quiere salvarse?” “Pues no se quiere morir.” “Pues esos lo llevan de un crudo.” “Quieres decir que se ha perdido el culpable en la historia.” “Se ha enmadejado la complicidad. Porque claro, si la señora Scoeux hereda tres casas de su marido y no sabe ni de dónde vienen, qué culpa, y sin embargo la culpa se queda en las casas porque de algún modo sabemos de dónde vienen. Y debe haber ahí, de todo un poco.” “Y la guerra?” “Contagiará a los soldados por la sangre. O los cuerpos. Porque algo de culpa siempre pesa.” Quién te dice todo eso?” “El Juanis. Bueno, parece que se llama Juan, pero es un Juanis. Sabes? También la señora de la Mota tiene un Juanis. De ahí viene. Porque cuando hablas de ella se ve un Juanis y yo también quería uno y entonces vino, más tarde.” “Y yo no tengo Juanis?” “No. Pero si lo buscas quizá venga.” “Y cómo llega el Juanis ese?” “Pues, hay un halo como más oscuro en las palabras, y ese halo es el Juanis.” “Y tú lo ves aunque nunca la hayas visto.” “Ah sí. También está eso. Sí, se ve.” “Pues ella dice que ya no cree ni en dios ni en los ángeles ni en los santos tan siquiera.” “Bueno, pero que no reniegue del Juanis.” “Por eso le hacen caso los hombres?” “Pues es posible.” “A ti también te hacen caso.” “Es verdad.” “Y a nosotras nadie nos escucha.” “A ver si aprendemos a hablar entre nosotras.” “También es verdad.” No pasaron muchos días antes de que mi madre comentase con bastante alegría que Marisa se había puesto tan contenta de salvarse aunque fuese sola que ya le daba igual si se moría todo el mundo, cosa que tampoco pareció perturbar en exceso a mi madre aunque dijo que quizá se podía hacer algo por Michel. “A ver. Si le dices que mataron a los gitanos, qué dirá.” Y diría que se había puesto a perseguir a Michel con un cuchillo y que casi lo mata y que iba persiguiéndolo alrededor de la mesa diciendo ‘criminales, criminales’ y se fue al rastro para vender su pasaporte pero que luego no lo hizo porque tendría que comprarse uno nuevo. “Y Michel qué hace?” “Escucha ópera esperando el juicio final.” “Pues que siga escuchando la ópera.” “Y no se morirá?” “Pues a lo mejor, no. A veces no nos mata la enfermedad sino el terror. Bueno, a ver si sirven de algo todos tus contactos y antes de que salga disparada la señora de la Mota y acabemos todos aun peor. Si tiene algún contacto la señora de la Mota en Francia, aunque debe tenerles ya una alergia de espanto, que le diga que se inventen una enfermedad. Una gripe galopante con viralidad altamente sospechosa. Y que lleven a los enfermos a los hospitales y recojan a los muertos de día y en ambulancias.” “Son recogedores de muertos, los fantasmas.” “Sí.” “Ah. Eso va a tranquilizar a Michel. El dice que son unos cagoulards que están matando a todo el mundo. Qué es eso de los cagoulards?” “Unos encapuchados, supongo.” “Ah. Para el contagio.” “Supongo.” “Y por qué van de negro?” “Pues vaya usted a saber. Para que no los vean.” “Pues vaya idea. Y parecen fantasmas y se asusta la gente aun más.” “Son dos enfermedades.” “Dos?” “Sí. Un retrovirus y una peste.” “Y no se contagia?” “El retrovirus por contacto sexual o sangre y la peste por proximidad.” “Uuf. Pues se van a morir todos.” “Sí. Antes o después. Pero al menos que se mueran con tranquilidad. No. No es tan sutil la peste. Pues vaya suerte. Es por saliva o sangre o contacto sexual. A veces. Si pueden que reduzcan los contactos demasiado cercanos.” “Y si te metes en la cama de alguien que está enfermo?” “No creo que pase nada.” “Y cómo sabes que está enfermo?” “Porque está un poco macilento. Como pálido.” “Pues ya está. El Michel se muere. Dice que está pálido y macilento.” “De puro susto, aquel. Precisamente. Solo si tranquilizan a la población podrán discernir el origen.” “Pero si saben de dónde viene.” “No, el origen. La población enferma tiene algo en común que tiene una lógica que dice qué es lo que pasó.” “Eso hace el Juanis? Porque dicen que la señora de la Mota también cura. Y le dijeron por los franceses y se puso a echar pestes y dijo que ni uno y que se mueran todos y que le daba lo mismo.” “Es que no puede.” “No puede?” “Y tú?” “Tampoco. No hay remedio. No se puede hacer nada. Hay que cerrar las fronteras. Ahora.” Poco después Michel se recuperó de su palidez y volví de mi periplo por Francia diciéndole a mi madre que requería información ‘que estaban guardando las apariencias’, lo que significaba que el riesgo de contagio era mínimo y que podían volver a abrir las fronteras. Antes de emprender el viaje me citó con urgencia mi padre que se estaba poniendo un poco nervioso porque sospechaba muchos complots tras tanta ausencia y nos encontramos de nuevo en Armenia. “Felicidades,” dijo. “Y eso, a qué se debiera?” “Has ganado tú. Mi propuesta no ha tenido ningún éxito en el ejército.” “No me extraña.” “Y eso que seguimos los consejos de Ana a pies juntillas. No se dice a rajatabla? Bueno, da igual. Total, ella dijo que lo de la aclamación debía modernizarse también y que no se podía poner todo el mundo a pegar gritos que era de mal ver. Y que pusiesen un papel donde se preguntase si querían como comandante en jefe a este señor (con una foto fea de carnet de conducir) o esta apuesta y esbelta señorita con mucho porvenir (con una foto donde lleves pantalones militares y casi parezcas un príncipe azul de cuento) – que ella me tomó en un despiste mientras yo meditaba sobre las pestes – y que cada uno se caracterizase por dos frases. La primera era la reacción ante la muerte y él debía poner ‘que lloraría si moría un soldado’ y yo ‘que si alguien moría era porque tenía su razón de ser’. Y luego el plan de conquista de Polonia de mi padre y mi defensa de un ataque ruso que consistía – había elucidado mientras seguía pensando en otra cosa y Ana se dedicaba a hacer encuestas – en hacer una defensa llamada de las alas, que era poner el ejército en especies de semi arcos doblados de otro detrás que absorbería al arco anterior ante el empuje de las tropas rusas. ‘Y eso,’ seguí, mientras ojeaba un libro, ‘ sin tenerle ninguna manía a los rusos.’ “Y eso por qué asusta a los rusos?” “Porque le tienen miedo a los erizos.” “Es decir?” “Es un repliegue de defensa de tierra que no esconde malignidad, como que alguien es inocente y solo defiende su tierra.” “Y le tienen miedo?” “Lo respetan.” “Y se van.” “Se van.” “O sea que los rusos no son malos.” “Los rusos son muy listos.” Tras ardua meditación sobre el enigma puesto por mi hermana esta vez, mi padre decidió que lo de la foto le parecía un perfil bajo muy adecuado, que lo de los soldados era verdad y que había que ser honestos ‘y además’, apuntó el señor Gaucher, ‘vende mejor imagen’, y que lo de Polonia realmente era genial, porque había 3.000 tanques inexistentes que se tiraban todos juntos encima de la presa. Que lo mío perdería porque yo era una mujer y que lo de la razón de ser del morir era muy cruel y que nadie nunca había visto un erizo en una guerra. El señor Gaucher, sin embargo, se exclamó cuando salieron los resultados, que ‘tu hija es realmente genial, Arne. Si eso es la estrategia de Stalingrado, y dónde había estudiado yo todo eso’. Y me padre lo llamó traidor, pero eso era porque todavía estaban furiosos el uno con el otro porque mi padre había confesado en la retahila de confesiones que habían sido los alemanes los que habían encargado los asesinatos y entonces Gaucher le hizo saber en un verlán muy extraño, cuyo significado estaba por elucidar aun, que ellos habían utilizado uniformes alemanes para cometer crímenes, lo que provocó una reacción airada de parte de aquel de tal suerte a que salió de la oficina dando un sonoro portazo. Y no se lo creyó. ‘Por suerte,’ diría el señor Gaucher más tarde. Le pregunté a mi padre que ‘cómo elegía por consejero a alguien que sabía desde ese momento que la acusación de alta traición se justificaba de algún modo después de haber pasado toda la vida clamando inicencias y que lógicamente puso la foto de carnet de conducir más fea que pudiese encontrar.’ “Es que hay que mantener cierta objetividad para los asuntos generales.” Dijo mi padre. “Cómo si el Oberhauptmann alemán le incumbiese.” “Claro. No había pensado en eso. Pues habría que anular el resultado porque él daba consejos para ponerte a ti y tener a alguien más débil.” “Hubiese más débil que el que se deja influenciar de ese modo.” “Yo.” “Pues sí.” “Bueno. Entonces no se puede anular el resultado.” “No.” “Pues has arrasado en el ejército, hija mía.” “Menos mal. Porque entre tú que me quieres lejos de la vista y mi madre que prefiere no verme, por lo menos hay alguien que me quiere en algún sitio.” “Pues soy yo el primero en reconocer al comandante en jefe del ejército alemán y en nombre de los demás porque eres menor. Estoy a tus órdenes. El estado mayor quiere saber un par de cosas.” “Sí.” “Qué hacemos?” “Asi en general.” “Sí, los generales.” “No, en general.” “Ah, es que estoy muy emocionado. Si supieses como soñaba mi madre con este momento. Siglos y siglos llevaba soñando.” “Pues lo siguiente: que solo se hagan guerras de defensa, si hiciera falta. Que no se actúe dentro de la OTAN, diciendo que el Oberhauptmann no ha firmado nada de todo eso y por el momento no está disponible para hacerlo.” “Está en su cubículo particular.” “Sí.” “Que el representante, que eres tú, no tiene el derecho de firmar nada de ese tipo. Y que formen dos cuerpos laterales al lado del estado mayor. Uno que se estudie las leyes internacionales y se mantenga en ellas sin desviar una sola palabra de su sentido y otro, como que tuviese mujeres, que se pasen la vida leyendo la historia y digan su opinión con respecto a una contienda, si surgiese, y se considere cualquier cosa que se les ocurra que se sepa interpretar a su manera.” “Yo soy el representante?” “Sí.” “Hasta que seas mayor de edad?” “No. Hasta que resuleva otro entuerto.” “Y cuanto pasará?” “Unos 30 años.” “Y mientras tanto?” “Que te presenten sus decisiones y tu las reconozcas.” “Y si no estoy de acuerdo?” “Tendrás que. Es una orden.” “Quieren algo que les de esperanza.” “Hay guerra con Rusia, verdad?” “Eso parece.” “Dales una bandera azul y naranja, azul turquesa como el cielo y naranja como el oro cobrizo.” “Y eso qué significa?” “Que hay causa.” “Qué hay causa?” “Sí. Como la española. De rojo de sangre, en dorado de justicia, exonerado.” “Y el azul?” “Que a veces hay causas o razones que justifican ciertos actos.” “Hasta las mujeres son bárbaras.” “Si pudiesen, más de una.” “Y eso lo entienden los rusos?” “Eso lo entienden.” “Y cómo hacemos?” “Qué vaya una delegación militar a Rusia.” “Pero si no puede.” “Hablar con militares, sí. Tienen que pedir permiso, claro. Y es para ‘negociación’.” “No podrán ir armados.” “No.” “Y qué dicen?” “Que lleven en lo alto del uniforme los colores de la bandera y cuando se presenten que se pongan en forma de arco.” “Tienen que ser por lo menos cuatro.” “Sí.” “Y después?” “Que digan: que consideren que hay hechos desconocidos que han empujado las mentes a actuar en contra de toda razón y que se de por ejemplo lo que se pueda, que implique el descubrimiento de la secta de las llamas del infierno y su alta influencia en los rangos de la iglesia y del estado y se de por ejemplo el nombre de Franceschi, y que ello puede explicar muchos sucesos. Que sin embargo se buscarán pruebas contundentes y que si no lo lograsen, que ataquen y que ellos se defenderán en esa formación.” “No se revelan las tácticas de defensa.” “Es lo único que los convencerá.”
Y tuvo que irse corriendo.
El estado mayor decidió que era lo único que quedaba porque estaban los hombres como desprovistos de convicción. Y Rusia se echó para atrás ante su gran asombro. Mi padre dijo la semana siguiente que me querían conocer, porque los rusos habían aceptado la negociación y yo dije que era muy tímida y que no me atrevía y que fuese él a la Embajada. Pero él me quiso llevar de manera disimulada, como si lo acompañaba a llevar unos papeles y que luego ellos verían a través de las cámaras. Y fuimos.
Quisieron sin embargo obtener respuesta a ciertas preguntas y de dónde había sacado el plan, porque había preguntado a la señora de la Mota y ni ellos se habían estudiado la batalla de Estalingrado aunque la señora de la Mota se propuso de inmediato hacer alguna investigación. “Pero si yo no sé lo qué es el Estalingrado ese.” “Y cómo hiciste el plan?” “Pues me preguntó Ana porque estaba haciendo encuestas y me dijo que si defendía la tierra y dije que claro y cómo, y le di la formación del erizo, pero eso del erizo se me ocurrió en ese momento.” “Y por qué pensaste en eso?” “Pues no sé. Porque todas estas revelaciones prueban que hay mucho demonio suelto y que las mentes se ciegan y que a veces no hay tanta falta cuando pasan esas cosas, pero hay que establecerlo.” “Y es el Juanis quien hace esos planes.” “No. No sabe de guerras. Solo se defiende mal y luego se pierden los imperios. Eso es de Djenghis Khan, me parece.” “Y qué quiere decir.” “Que no quiero guerra contigo pero que estoy en la obligación de defender la tierra.” “Y lo de Djenghis Khan?” “Pues es que Ana dijo que Djenghis Khan era nuestro ancestro, por tradición aunque no escrito. Y yo dije que había que demostrarlo. Y le dije que había que meterse en la parte de nosotros que no era goda y ver lo que salía. Y salió eso.” “Y eso no es godo?” “No. Los godos se van caminando por las estepas y luego perdieron la cabeza durante un rato y luego solo caminan por el tiempo como quien se pasea por las estepas.” “No hacen la guerra.” “No sabemos. Pero Djenghis Khan era muy bueno. Y hacía muchas burlas.” “Y no se burla de los rusos.” “No. Solo se burla de los nimios.” “De los pretenciosos.” “Sí. Algo así.”
“Bueno. El señor quiere decirte algo.” “Se quiere tirar a mis pies para que salve a los franceses.” “Pues sí, justo eso. Ya aprendiste a leer los pensamientos?” “No. Eso era una deducción.” “Y dirás que no.” “Pues ante tanta insistencia.” “Lo harás?” “Se puede intentar.” “Lo harás?” “Pero a cambio de algo.” “Que se suicide?” “No. Tanto que nos costó sacarlo de las garras de la señora de la Mota y ahora se va a suicidar.” “Dice que si lo requiere, si alguna falta es suya.” “Dios sabe quién muere y no le gusta que lo ayuden sin justicia. No, no tiene falta. Por eso se salvó al huir, porque oyó a los ángeles.” “Y qué quieres a cambio?” “Que recupere el control de la fortuna alemana.” “Es que es verdad que está en manos de los Rothschild.” “Ya me decía yo.” “Y cómo podemos hacer eso?” “Pues, he estado pensando todo el rato. Y te puedo preguntar algo?” “Sí.” “Cuanto tiene la fortuna alemana?” “Qué es la fortuna?” “EL tesoro nacional.” “Es que esas cosas ya no funcionan asi. Ahora hay puntos de producción y unas cosas muy complicadas.” “Pero del tesoro, qué hay?” “Nada.” “Bueno. Pues mira lo que pensé. El señor Gaucher tiene la dirección de los señores esos en Suiza.” “Sí.” “Y sabemos quienes son.” “Van enmascarados.” “Pero sabemos quienes son.” “Sí. Por lo que dice tu madre.” “Y el Franceschi.” “Son dos.” “Sí.” “Y alguien más?” “No sé. Pero da igual. Son dos. Pues el otro día me dijo Mutti que había llegado Ana diciendo ‘victoria, victoria’ saltando como un oso y que le iban a quitar la tutela de los hijos aunque era todo mentira y se puso muy triste, muy triste y se arrepintió de todo. Y se pusieron a buscar informaciones en París para redimirse según la receta del señor Gaucher.” “Pero si fuiste tú quien lo dijo.” “Psst. Eso no lo digas. Que el señor Gaucher es muy importante para Mutti.” “Ah sí?” “Sí, y parece que tiene que tener la impresión de que hay gente muy importante y hombres que lo hacen todo para sentirse bien.” “Bueno. Y?” “Pues yo pienso que se le hundió el castillo de naipes con lo de ‘victoria, victoria’. Y como estaba en su fase de las llamas, deduje que los de la secta reaccionarán del mismo modo.” “Y después?” “Pues llegan dos o tres con cara de mucha felicidad y cantando victoria, victoria y diciendo a voz alta y con mucho empujón y cachetes en la espalda, y puro encendido y manto oscuro hasta los pies, que si claro, que si el señor Rothschild se tomó una copa por aqui y que si el Franceschi, la última vez que lo vieron estaba en París y ja ja y ja ja, como si estuviesen a punto de salir todos los demonios del infierno y llega algún encapuchado de esos y dice ‘qué queréis’, y dice uno ‘que firmeis este papel’. Y ese papel dice que la fortuna es el tesoro nacional y que era eso lo que regía cuando se firmó el papel y que después se cambiaron las finanzas y ya no determina el cambio la firma del papel anterior y en este que firme que prescinde de la gestión de la fortuna inexistente para siempre.” “Y si luego existe?” “Pues que se formule de manera tan ambigua como para que parezca que es una cosa pero sea la otra.” “Que se acabó.” “Sí.” “Pues parece un buen plan.” “Sí, y el señor Gaucher tiene unas gabardinas y fuma un cigarrillo detrás de otro.” “El puede hacerlo.” “Yo creo.” “Sabes por qué se puso a matar a gente?” “No.” “Pues porque leía unas novelas de un Lupín o algo asi y parecía que se podía matar a todo el mundo asi de cualquier manera.” “Pues vaya.” “Y no te parece mal?” “Que acabase como don quijote después de leer tanta novela de aventuras? Puede ayudar. Que se meta en un Lupino de esos y seguro que lo consigue.” “Y dice que asi, además, se queda Francia con la fortuna francesa también.” “Bueno. Tampoco tienen fortuna?” “Ni un centavo.” “Ni un solo centavien… Con todas esas ruinas de pestes por todas partes.” “Pero estamos buscando oro otra vez.” “Te leiste la historia del Turkmenistán de Karl May?” “No. Hay oro ahí?” “No. En Turquía y en Serbia.” “Y eso cómo lo sabes?” “Porque llegó el capítulo de las reservas naturales y miré en el diccionario para ayudar a Mutti en su lección y lo ponía. Como había muchos sitios me quedé con los que estaban más cerca.” “Y cómo salvarás a los franceses?” “Pues me tengo que ir muy lejos, muy lejos. Hay alguien que sabe todo eso y luego hay que buscar al Juanis para que ponga las cosas en su sitio y todo eso tardará 30 años.” “30 años? Exageras?” “No. Es que hay que ir a un sitio muy diminuto. Hay un pinball. Lo vi en un sueño.” “Pues pinballs habrá muchos.” “Sí, pero hace calor. Mucho calor en verano. Y hay una carretera principal y una cafetería a la izquierda.” “Y dónde estará?” “No sé. Por Grecia o Turquía o por ahí.” “Hay desiertos?” “No. Un río. Y unas montañas.” “Y cómo vas a llegar ahí?” “Dando muchas vueltas. Es que está muy escondido el sitio.” “Y quién está ahí?” “La Tula.” “Quién es Tula? También tiene un Juanis?” “Sí. Pero un Juanis muy distinto. Los cielos dicen que ya no ayudan. Hay que ir al infierno.” “Al infierno?” Y se rió. “Que te digo en serio. Hay que ir muy abajo.” “Y hay una medicina?” “No. La medicina puede que esté ahí. Pero la falta, la falta está muy lejos.” “Y tardarás tanto?” “Sí. Y a lo mejor no vuelvo.” “Y vas a ir?” “Ya se lo prometí al señor Gaucher.” “Y cómo sabrás que se consiguieron las fortunas?” “Pues yo sé. Porque sigue el plan.” “El dejará la dirección del hotel suizo entre los papeles para que veas que cumplió con su parte.” “Bueno. Asi volveré.” “Para buscar el papel.” “Sí. Me recordará algo.” “Y qué van a hacer los soldados sin ti mientras tanto?” “Pues vamos a poner la foto de Ana en algún sitio y cuando alguien pase por ahi, que se acuerde de mi.” “Y cuanta gente morirá mientras tanto?” “Pues diez millones de personas. En unos veinte años, poco a poco, por fases. Como olas. Y eso si consigo un criterio de diferenciación.” “Y si no lo consigues?” “Morirán todos.” “Y lo conseguirás? Qué es un criterio de diferenciación?” “Es como una amor entre dos personas, de verdad, y los que se agarran de él, viven aunque se retuercen como unas lombrices, y los que no se agarran, se mueren.” “Y por qué no lo encuentras?” “Porque las llamas del infierno y otra gente de parecido mal vivir se agarran de los amores y chupan la sangre para guardar las apariencias y no hay nada de lo que agarrarse.” “Se puede encontrar?” “Si tú quieres mucho al señor Gaucher.” “Yo?” “Sí. Porque parece que son las altas las que causan el problema.” “Dos hombres?” “Sí.” “Y se meten por dentro y luego se confunde todo.” “Sí. Tú también tienes a un Juanis?” “A veces viene.” “Pues ahora entiendo algo mejor, porque hay dos señores que hacen hijos a una mujer y luego de eso tienes que hacer dos señores que se aman decentemente.” “Y quieres que me lo imagine.” “Sí.” “Decentemente?” “Bueno. Quiero decir, sin utilizar a las pobres señoras para hacer hijos.” “Y se quedan sin hijos?” “Es que hay muchos modos, pero no se puede utilizar a una persona solo para un provecho propio.” “Y qué vas  hacer?” “Pues hay que recoger muchos añicos y recomponerlo todo otra vez. Como una botella de perfume que se ha roto contra el suelo porque alguien se ha enfadado mucho y deduces de los cachitos por qué se ha enfadado.” “Pero me prometes que volverás, porque estarán los soldados esperando.” “Es verdad?” “Sí.” “Bueno.” “Y por qué es tan difícil volver?” “Porque los cachitos son muy pequeños y se te va la mente y te desconcentras y luego tienes un accidente y te mueres. Y además está el Juanis por ahi y te quedas escuchando las historias y ya no vuelves.” “Tú qué quieres hacer?” “Yo quiero escribir un libro, como el de Juanis. Es que me da mucha enividia.” “Y volverás por eso?” “Es que es muy difícil. Ha escrito un libro donde relucen muchas verdades y caen las estrellas del cielo.” “Y tú no puedes hacer eso?” “Pues no sé.” “Y qué libro es?” “No sé. Juanis ha escrito un libro?” “El evangelio y un apocalipsis.” “Y en uno hay muchos monstruos?” “Sí. En el Apocalipsis.” “Pues ese debe ser.” “Y hay muchos mosntruos?” “No. Son lógicas. Como configuraciones.”
“Bueno. Y nosotros qué hacemos, a parte de inventarnos una historia de amor?” “Tengo que conseguir sacar al bicho de Francia. Entonces es como estar desnudo en algún sitio y que te pinchen todo el dolor del alma en el cuerpo. Y luego tengo que buscar el amor dentro de eso y dar muchas vueltas y muchas vueltas y luego llegaré.” “Y no necesitas a alguien que te ayude?” “Pues está la Natasha y el Sask y es gente muy importante.” “Y tienen uniformes?” “Sí. Relucientes.” “Y tú quieres uno?” “No. Yo no tengo tantas estrellas.” “Pues te has ganado unas cuantas estos días.” “Bueno, pero eso no cuenta. Es que hace falta gente que parezca muy importante en algún lado pero yo tengo que ir con cara de mendigo.” “Con cara de mendigo.” “Sí. Recogiendo algarrobas.” “Algarrobas?” “Sí. De detrás del que tira las algarrobas.” “Humildemente.” “Sí. Eso era.” “Y vosotros teneis que intentar recordar todos los rencores ancestrales y ver cómo se resuelven. Pero no asi con palmaditas y besos sino desde la profundidad.” “Y cómo se hace eso?” “Pues dime quién está enfadado con nosotros.” “Unos franceses que quemaron el castillo.” “Y cómo se llaman?” “No sé. Ingrid sabe esas cosas.” “Bueno. Pues yo iré a arreglar ese problema de ancestrales maneras y los que se apunten a este confabulación que intenten hacer más o menos lo mismo.”
Y agarré su mano mientras caminábamos por la calle y le dije que le dijese al señor Gaucher que no se preocupase, que había visto una lucecilla. “Como una luciérnaga?” “Más o menos. Es un gusano blanco. Con él se ven las faltas de la muerte.” “Un gusano blanco?” “Sí. Hay que bañarlo en ácido y aparecen los fantasmas uno al lado del otro como haciendo el servicio militar.” “Porque sino hacen tumultos?” “Sí.” “Eso es verdad. Tienes que ir a Grecia, al norte de Grecia.” “Esos sitios no tienen lugar, Vati, hay que ir con una linterna inconsciente.” “Pero está ahí.” “Sí. Por ahí. No, más al norte.” “Eran aliados nuestros durante la guerra. Sí, lo dijo mi madre. Sí. Y tienen ojos para ver en las tinieblas.” “Vaya, pues eso no me lo creo. Lo dices solo para que me sienta importante.” “No, que es verdad. No te vas a creer lo que dice tu padre?” “Bueno. Pero a veces me engañas.” “Y es un gusano que los hace ver en las tinieblas?” “Sí. Uno pequeñito. Blanco.” “Y lo encontrarás?” “Tula dice que lo pondrá en su sitio si le devolvemos la montaña.” “La de los gusanos? Sí, ahí están los gusanos.” “Tendrás que decirme donde está la montaña.” “En … en … los escorpiones. Vaya, está en el mismo sitio.” “Dónde?” “No da igual. Ya te diré después.” “Te acordarás de todo lo que tienes que hacer?” “No. Cómo quieres que alguien viva con semejante montón de cosas en la cabeza? Es que me fui muy lejos porque se iba Mutti a las llamas del infierno. Pero ahora cada cosa tiene su nombre. Y me volveré más para acá. Y luego hay un angelito que me recuerda lo que tengo que hacer, cada cosa en su momento. Tú crees que se creerá la señora de la Mota todo esto?” “Si también tiene un Juanis.” “Es verdad. Pues casi reniega hasta del Juanis.” “Dijo que no lo haría.” “Bueno.” “Y ya no quieres otra madre? Porque hace unos días dijiste que te pedías a la señora de la Mota como madre.” “Eso era para darle mucha envidia a Mutti. Y si luego no quería volver de sus infiernos, pues me quedaba con ella.” “Y ahora que le digo a ella? Con la ilusión que le hacía.” “Pues dile que como tengo dos padres, también tendré dos madres.” “Bueno.” “Pero ahora ya no podemos hablar más porque estoy muy cansada.” “Bueno.”

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Como aquel día, cuando salieron las llamas del infierno, salió también mi hermana Ana de su natural reserva y vino como una furia a inquirir ‘qué salían a relucir las torres del infierno otra vez’, lo que fue seguido de un ligero interrogatorio concerniendo lo que supiese al respecto y dijo que con frecuencia recurría a semejantes escenificaciones cuando estaban solos y que había dicho que no me dijesen nada porque yo se lo decía a mi padre. Que de todas las maneras le había prohibido terminantemente el hacer llamado a los espíritus delante de los niños y que ya estaba empezando otra vez. Y que dejase de darle cuerda, que cuando le hacías caso se sentía muy importante y yo era boba si me quedaba escuchando. “Pero Ana, si tienes 12 años, de qué niños hablas?” “Pues aqui no hay nadie que tome las más mínima responsabilidad. Y Karen se hace la tonta siempre. Y tienes que hacer aqui de madre, de padre y hasta de abuela, de vez en cuando.” “No te preocupes, Ana, que estamos investigando el asunto con Vati. Por eso le doy cuerda, para saber de qué va el asunto y ver lo que se puede hacer.” “Ah. O sea que alguien se está ocupando de esto?” “Sí.” “Es que habría que llamar a la policía, no, la policía no es suficiente, el ejército entero tendría que ocuparse de este asunto.” “O sea que os representa la obra de vez en cuando cuando no estoy?” “Sí. Y que si los únicos judíos y yo soy la torre del infierno y no sé qué tonterías más.” “La torre? No las llamas?” “No sé ya. Mira, es que ni la escucho. Solo me la quedo mirando y le digo, ‘te callas’. Y cuando sigue, ‘te callas’, otra vez. Y suele callarse. Tú crees que está loca?” “Un poco taradilla sin duda alguna.” “Decían que su padre estaba muy loco.” “Sí. Precisamente. Me puedes hacer un favor?” “Cual?” “Pues no sé si podrás preguntarle a Maribel si se acuerda de algo de lo que decía su padre. A ver si coincide una cosa con la otra.” “A Maribel? Pero si está en el ejército.” “Su marido. Ella, no. Y además son cosas de familia.” “Y con qué excusas?” “Pues dile que resulta que nuestra honorable madre está soltando mucha tontería y que nos ha pedido un médico indagar a ver si viene de algún lugar en concreto.” “La vais a mandar a un médico?” “Depende. Vati dice que vaya a ver al Dr Guerra, pero tengo la impresión de que no serviría de mucho y que además sería peligroso. Pero vamos a hacer la investigación previa antes a ver si localizamos el problema.” “Tú no crees que esté loca?” “Loca, loca, estar lo está. Pero eso parece más una secta.” “Ah. Encima. Y qué hacemos?” “Por el momento tomárnoslo a broma. Es lo único que funciona. Y luego hay que ir saliendo de este embrollo yendo hacia atrás como los cangrejos.” Y se puso a llorar. “No llores, Ana, que todo tiene solución.” “Pero es que no vamos a poder casarnos, no ves que no tenemos madre.” “Y hace falta una madre para casarse?” “Pues, sí. Pero claro, tú con tanta política y tantos ejércitos ni siquiera te preocupas de esos pequeños detalles de la existencia.” “Y si te prometo que me ocuparé de ellos?” “Tú?” “Bueno. Yo no debo. Pero veré qué puede hacer Vati.” “Vati?” Y se puso a reir. “Me lo imagino metido en asuntos de casamientos. Parecerá un elefante en una tienda de porcelana.” “Bueno. Por algo se empieza. Además tendrá su intrínseca gracia. Quieres?” Y se reía. “Pues, sí. Y si luego apunta con el dedo aquel con el que ‘tengo’ que casarme?” “Tendrás que asumir las consecuencias.” “Bueno. Lo hará?” “No creo. Aunque riesgo hubiese. Lo que pasa, te advierto, es que tenemos que tener mucho cuidado y jugar siempre a doble bando. Vamos a hacer un plan. Intenta vivir tu vida tranquilamente sin preocuparte de asuntos tan trágicos y dite que lo de Mutti es una obra de teatro mal hecha, y cuando supongas que ha llegado el momento de ocuparse de esos asuntos me escribes una carta y me dices que me quieres mucho y te buscas un novio, asi cualquiera. Y luego tendrían que ponerse en movimiento todos los engranajes.” “Un novio cualquiera?” “Sí. Un español, por ejemplo. Para disimular.” “Y después?” “De repente tendrás que salir corriendo sin que nadie se lo espere y yo pondré el grito en el cielo.” “Harás muchas protestas.” “Sí.” “Y Mutti me apoyará por llevarte la contraria.” “Exacto.” “Eso estáis confabulando con Vati?” “Algo asi.” “O sea que ya lo estáis hablando.” “Sí. Aunque no lo parezca.” “Pero bueno, tan importantes somos, porque asi por lo que aparenta no se diría que justifique tanto lío por todas partes.” “Mira, no sé. Pero tú no te preocupes no sea que te salga una úlcera de éstomago. Y luego salen los hijos muy esmirriados.” “A si?” “Sí.” “Y tú no te vas a casar?” “No.” “Pues dicen que te van a casar con Felipe.” “Muy rápido corren los rumores. Pues, no. No me caso con nadie.” “Y eso?” “Hay muchas cosas que hacer.” “Y qué es? Díme la verdad de una vez porque estoy que no me entero de nada.” “Pues, bueno. Hay que ocuparse del imperio de la abuela.” Y se rió. “Y es muy grande?” “Pues para empezar abarcar de una pared a la otra de la casa.” “No está mal. Yo también me voy a hacer uno asi de grande.” “Bueno.” “Y lo conseguirás?” “Ampliar los horizontes del imperio? Quizá. Quizá los cierre. Pero eso no se lo digas a Vati que está muy ilusionado con su imperio.” “Pues si está muy ilusionado, lo mínimo que pudieras hacer es ocuparte debidamente de él.” “Tú también, Brutus, hijo mío?” “Nada, hay que seguir con las tradiciones de familia.” “Que yo sepa no se encuentra dentro de ellas la corona imperial.” “El sueño es la tradición. Y alguien tiene que realizarlo algún día.” “Hm. Y me tiene que tocar la china a mi?” “Pues claro. Porque si tú no te casas, luego le toca a mi hijo.” “Será un hijo?” “Pues, sí.” “Bueno. Si supìeras lo complicado que es todo eso.” “Tanto?” “Pfft … El señor Kasten está ahí ordenando la política internacional con mucho entusiasmo pero para mi, sin querer decir nada, que no se entera de nada.” “Y eso es malo?” “También es verdad. A veces conviene. Quieres que te pinte el cuadro tal y cómo lo veo asi aproximadamente?” “Pues, sí.” “Pues mira. Yo pienso que más o menos alrededor de la obra de teatro de tu madre y nuestra madre está la causa de la segunda guerra.” “Una secta.” “Algo asi. Y esta gente tiene como un método y sacan a los pretendientes a imperios o reinos a la luz y cuando están ahí muy sobresalientes y reluciendo con su casco ancestral, sacan algún acuerdo o ley y los acusan de traición. O, si les conviene, se alían con ellos y los arrastran a las llamas del infierno.” “Ah. Y eso están haciendo con Vati.” “Eso me temo.” “Y tú le dices que se baje del burro.” “Sí.” “Y no puede acabar con los apestosos esos?” “Pues si los tiene en casa y no se da cuenta.” “Ya está. Se acaba de hundir mi último ídolo. O sea que no está el horno para bollos.” “Pues, eso me parece.” “Y sin embargo crees que se puede?” “Pues mira, es un poco suicida toda esta hipótesis. Poder se puede … pero es como caminar sobre cristales, y muy afilados.” “A ver. Cuenta tu plan.” “Es que ha salido una señora de la Mota últimamente que me da ciertas esperanzas.” “La generala. Y qué tiene que ver?” “Ella le tiene manía a la misma gente. A los de la secta esa. Y tiene mucho apoyo en España. Si conseguimos encontrar a gente que se le parezca en Francia, Alemania e Inglaterra, podemos formar una red subterránea que salga a la luz dentro de unos años y acabe con todos ellos.” “Pero si es una secta, Sonja, cómo pueden ser tan fuertes?” “Pues lo son. Están en la banca, se han infiltrado en los movimientos políticos, están en la iglesia. En el fondo están manejando desde su escondrijo la escena política internacional.” “Ya. Y de repente sale un policía o un juez o un político y lo apoyan con mucho dinero y parecen los argumentos muy contundentes.” “Algo asi. Si casi enreda hasta a la señora de la Mota, tu señora madre. Y fíjate, lazos hacia la casa real y seguro que hay nexos hacia el terrorismo y todo muy en secreto y cómo quieres luchar contra todo eso a solas.” “No hay base legal para el imperio?” “No. Los acuerdos de la posguerra son bastante opresores. Es una tradición. Pero claro, explícale a los EEUU ahora que había una tradición en el siglo XI y que ya y ala, nos hemos puesto un emperador en algún sitio.” “Claro.” “Y tendríamos algo en Inglaterra o Francia?” “En Francia parece eso un barrizal. Alguna paja en algún sitio, quizá. En Inglaterra, la Casa Real, eventualmente. En Alemania, el ejército.” “La secta está en Alemania también?” “Son ellos los que pretenden mandar en este momento.” “Ah. Ya lo entiendo todo. Y la Casa Real Inglesa no cree que somos una competencia?” “Con los espachurrados que están ellos también contra un muro, más nos conviene guardarnos dentro de alianzas que preservan estrictamente las autonomías nacionales. Son primos nuestros.” “Ah. Menos mal. Bueno, entonces, hay muchas esperanzas. Y tú, sobre todo, no le lleves la contraria a tu padre.” “Ya se ha estado quejando otra vez?” “Pues sí. Y me ha dicho que te haga unas cuantas preguntas para saber exactamente lo que piensas hacer porque no se fía ni un pelo de ti. Dice que dices ‘bueno’ de maneras muy sospechosas. Como quien dice lo contrario. Es verdad?” “Bueno …” “Le diré que tiene razón en tener muchas sospechas en lo que te concierne. Y que te ate con una promesa.” “Una promesa?” “Sí, siempre haces lo que prometes.” “Ya me cogieron el talón de Aquiles.” “Hay que saber manejar a la gente. Y tú crees que Vati le pedirá sus linajes a los pretendientes?” “Capaz es.” Y se reía. “Y tú que piensas?” “Que no estamos para mucho linaje.” “Se nos está debilitando la sangre.” “Sí. Más vale encontrar a alguien asi un poco robusto con muchos músculos.” “Y que haga body building?” “Bueno. Tampoco hace falta.” “Pero yo quiero que sea alguien del siglo XIII por lo menos.” “Del XIII? Jolín. Bueno. Que te parece un descendiente de la orden de Calatrava?” “Hay orden de Calatrava en Alemania?” “No. Por decir.” “Ah. Un Ritter (caballero) medieval. Pues sí, me parece muy bien.” “Pues a ver de dónde lo encontramos ahora.” “Quedará alguno?” “Seguro.” “Y no será un esmirriado?” “Los caballeros nunca son esmirriados. No ves que tienen cascos y lanzas y tienen que montar a caballo?” “Pero ya no hay todo eso.” “No. Pero guardan la costumbre.” “Es verdad. Bueno. Si me encuentras uno, me creeré hasta lo del imperio.” “Yo no encontraré nada. Eso es tarea de Vati.” “Pero cuando no hay padre …” “Pero si está ahí.” “Ah, es verdad. Era la madre la que no está.” “Sí.” “Bueno. Pues yo sigo mi plan a pies juntillas. Es que me daba mucha envidia porque te van a hacer un programa.” “Un programa? A mi?” “Sí. No te rebelarás. Ya con tanta envidia que me ha dado.” “No. En fin depende de lo que pongan dentro. Haré mis peticiones particulares.” “Tú quieres resolver lo de la guerra, verdad?” “Sí.” “Bueno. Insinuaré algo en ese sentido. Y si quiero tener dos hijos?” “Mejor quédate con uno solo.” “Son mimados los hijos únicos.” “A veces hay que saber correr el riesgo. Además, tal y como vas, lo vas a hacer papilla al pobre niño, o sea que no le quedará casi ni aire para respirar.” “Es para que se parezca a la Casa Real inglesa. Y el Caballero?” “Se irá.” “Se irá?” “Sí.” … “Menos mal. Es que son un poco inaguantables, esos apestosos y pulgosos.” “Pobres.” “Menos mi hijo, claro.” “Claro.” “Cuando sea mayor lo mandaré al ejército.” “Ah.” “Sí. Y tendrá un uniforme muy bonito.” “Bueno.” “Es que tiene que aprender esas cosas desde que es muy joven.” “Bueno.” “Y tú? Cómo aprenderás todas las cosas del ejército?” “Yo estoy definiendo un nuevo rol teórico para el soberano. Por osmosis. No. Me he dado cuenta de una cosa. El complot de Vati está generando directivas y resulta que es lo mismo que yo estoy pensando aqui en mi esquina y en parte, tú. En el fondo debe bastar después con pensar que me he casado con un oficial del ejército para saber lo que están maquinando en sus barracas.” “Como el otro lado.” “Sí. Tenemos que conseguir establecer un equilibrio interno. Estoy un poco hasta las narices de que salgan todos corriendo al menor pinchazo y luego nos quedemos nosotras reconstruyendo las casas.” “Y las carreteras.” “Y el resto, también.” “Pues me parece una muy buena idea.” “O sea que no estás pensando que le sacas las entrañas a los niños en tu esquina.” “Pues mira, no.” “Es que me hizo mucha gracia.” “Era un maquiavélico plan. Y dió resultado. Nuestra señora madre fue corriendo a la señora de la Mota para acusarnos a mi y a mi padre de no sé qué atrocidades y el señor Kasten recibió una solemne llamada después, directamente del Castillo de la Mota, diciendo que quería hacerme unas preguntas con respecto a lo de las llamas del infierno. Y me citó Vati con cara de mucha seriedad porque dijo que sería él quien me haría las preguntas porque era menor, y puse una denuncia.” “Una denuncia?” “Sí. Le conté todo a Vati y le dije que qué era eso de que haya madres dentro de las llamas del infierno.” “Te quieres vengar porque Mutti le quería quitar la tutela de los hijos a Vati.” “Sí.” “Y lo conseguirás?” “No le dan la tutela de los hijos a los padres. Es como una costumbre que es casi una ley. Pero le voy a dar tal susto que se arrepentirá del día en el que ha nacido. No, pero será posible? Además habla. Nos mete conejos por todas partes, se mete en sectas sanguinarias, complota contra el estado y se le ocurre que Vati es marica para quitarle la tutela de los hijos. No, es que no tiene vergüenza.” “Pues a mi me da igual si Vati fuese marica.” “Y a mi también. Allá cada cual con su vida. Y además, teniendo a semejante mujer en casa, es que hasta yo me vuelvo marica.” “Sí. Yo también. Es que realmente se ve cada cosa. Hace falta algo de cariño y claro, no le vas a poner los cuernos a tu mujer y entonces uno se vuelve marica por necesidad afectiva.” “Asi lo has resuleto tú?” “Sí. No te parece?” “Sí, sí. Me parece un enfoque muy adecuado.”

“Una obra de teatro mal hecha. Eso es lo de Mutti, claro. Ya se me ha ido toda la preocupación.”

La obra de teatro seguía, esporádicamente, con mi madre. Terminó por decir, después de haberla convencido de que había que modernizar el modo de hablar de las llamas del infierno y que no repitiese las palabras para que no se sospechase, a lo que contestó que eran encantaciones, y ‘precisamente, no sea que os acusen de satanismo’, que: “Mengele era una mujer y que su hermano, aquel tan perseguido, solo cogía los instrumentos porque eran ellas las que hacían los experimentos. Y que no estaba en Alemania sino en Francia y que él era italiano. O griego, quizá griego.” Dijo que claro, que no me lo creería porque eso no lo sabía nadie y le dije que ‘todo era posible’. Y dijo que fue su padre quien le dijo que ‘si se seguían los tonos de voz pasaban cosas milagrosas y que alguien vendría a recogerla’. Y como había sucedido, se creyó que era verdad todo el resto. “Tú crees que estoy loca.” “No podría negar que ciertas sospechas me invaden de vez en cuando.” “Es que me han mandado a ver al Dr Guerra.” “Ah, sí? Qué ocurrencias. Tú has tenido meningitis?” “No.” “Y una inflamación en el cerebro?” “No. Nunca. Apenas un sarampión.” “Viruela?” “No, tampoco.” “Tú lo que tienes es peste bubónica.” “Peste borbónica?” “También, también, pudiese ser. No, bubónica.” “Eso ya no existe.” “No, pero existió. No ves ratas?” “Sí. Muchas. Delante de los ojos.” “De verdad? Como si fuesen imágenes?” “Sí.” “Y no tienes un problema con el hígado?” “No. Qué tiene que ver?” “Da visiones de ratas en estado crónico. Se llama delirium tremens.” “Eso lo produce el alcoholismo.” “O no.” “Y lo de la peste?” “Lo producen las ratas.” “No está prohibido hacer experimentos.” “Depende de qué indole.” “Y además, además, te lo voy a decir todo.” “No. Mejor no me lo dices. Hay cosas que mis infantiles oídos mejor no oyen.” “Tú crees que los padres se pueden acostar con los hijos?” “Por poder. Pero que se deba.” “Claro. Tú y el deber.” “Tú realmente estás muy pirulata. Y no le vas a contar todo eso al Dr Guerra?” “Pues no.” “Y por qué, si está tan bien heho.” “Porque va a decir que estoy loca.” “Y quieres que piense otra cosa?” “Tú eres mi hija.” “Pues precisamente. Menudo terror con semejantes comportamientos desviados.” “Eso no es desviado. Es natural.” “Será en tu cabeza de chorlito., porque en otros lugares … Te pueden matar solo por decirlo.” “Meyi dice que los musulmanes te matan por eso. Pero nosotros no somos musulmanes.” “No sabía que era tan liberal la Iglesia Católica.” “Son los especiales los que tienen acceso a los misterios.” “Ya. Bueno. Mejor no sigo hablando contigo que estás empezando a marearme de verdad.” “Y qué dirás si te preguntan?” “Que estás como un cencerro. O sea que mejor no me pregunten.”

Mientras mi padre verificaba si realmente había o no un comandante en jefe del ejército y se oía el suave rumor del crujir de muchos documentos antiguos, llevando, diría después, hasta por lo menos el siglo XVI, mi hermana Ana había conseguido obtener información a través de mi tía Maribel – aunque estuviese en el ejército -, lo que causó ciertos movimientos de sorpresa e inquietud, y si era grave y a dónde había que ir a visitarla, y quién había conseguido semejante heroicidad y finalmente, para evitar derrapes mayores, le dije a Ana que dijese ‘que se trataba de un experimento que había fallado y que por el momento no se tomarían medidas’. Ana, que había comenzado a relajarse con lo de la obra de teatro, dijo que ella obtendría más información porque tenía mayor cara de secta y hasta de ratón si hacía falta y que yo con tanta seriedad, espantaba a cualquiera. “Pues que sepas que estoy perdiendo hasta el último ápice de seriedad.” “O sea que no son los libros los que te causan risa… Es que se oye una carcajada de vez en cuando desde detrás de algún libro.” Se supo finalmente que la predecesora de mi madre había sido la primera mujer del Conde de Montarco y que aunque mi abuela lo sabía, nunca quiso meterse en esos asuntos e incluso maldecía por lo bajo a todas esas gentes, y eso aunque la señora de Montarco era cliente suya y le compraba muchos modelitos (mi abuela tenía un taller de costura). Que además había gente de mucha importancia involucrada y entre ellos un Cristian Deoro. Y me reí. “Tú lo conoces?” “Debe ser Cristian Dior.” “Y es importante? Porque yo pensaba que era una broma.” “Es un modista de París.” “Entonces tú tienes razón. Esto es un complot internacional.”

Se oyó como una voz de protesta de parte de algún oficial de la marina española, que apuntó ‘que éramos muy ávaras con la información’, a lo que se contestó que nosostros nunca hablábamos con ejércitos extranjeros aunque fuese de las llamas del infierno y que tuviese un poco de paciencia porque las infromaciones terminarían por llegar aunque fuese dando un par de vueltas, ya que daba la casualidad de que una señora teniendo muchas pintas de fiscal, era además jefa de algún departamento militar, por lo que solo había que esperar un poco para que todo alcanzase el objetivo correspondiente. Es cierto que mi padre había tenido que releerse por encima todas las leyes internacionales y resultó que la señora de la Mota había tenido razón en creerse lo del intervencionismo en asuntos de justicia, lo que no implicaba, dije, viendo que ponía cara de querer escurrir el bulto, ‘que no estuviese en la obligación de colaborar con las autoridades extranjeras en caso de que se le requiriese por un caso abierto.’ “No, si es que no quería escurrir el bulto. Era por reprimir las ganas de decir algo.” El mismo había delicadamente peguntado en la Embajada alemana si le podían robar los niños a alguien sin el permiso de nadie, por lo que se oyeron violentas y sulfuradas reacciones de parte de alguna recóndita oficina del lugar con aires ligeramente marciales, por lo que hasta la señora de la Mota decidió echarse para atrás y buscar medios para resolver el asunto por la vía diplomática.

Ana me preguntó si Karen podía participar a nuestro complot particular porque a ella ‘le había parecido altamente escandaloso que se tildase a tan apuesto señor de marica y que en ningún caso permitiría que se dijese semejante cosa y cómo iba a volver ella al colegio si terminaba por juzgarse el asunto en ese sentido y que ella preferiría enterrarse.’ “Yo me entierro viva.” Dijo. Lo que le hizo mucha gracia a Ana, quien estimaba que razones tenía por otro lado. Como mi respuesta fue un contundente ‘no’, Ana dijo que ‘eso mismo había pensado ella, pero que finalmente le había dado mucha pena y que se podía abrir algún resquicio en nuestra puerta ancestral donde cupiese Karen en alguna esquinilla.’ “No, si hasta los conejos tienen su razón de ser también,” dije yo finalmente. “Pero es que parecen autómatas teledirigidos.” Respuesta que le fue entregada a Karen en un sobre sellado con sellos de cera y se puso a llorar. “Yo no tengo nada que ver con las llamas del infierno. Nada.” Ana dijo que no se creía nada de lo que decía porque era muy víbora y que eso de llorar se estaba poniendo de moda y que había decidido que evaluase yo la situación. Dije que ‘bueno’. Que había ciertos teatros que resultaban un poco más convincentes que los otros. “Uuf.” “Dijo Ana, “si es que todo el método consiste en quitarte las palabras de la boca.” “Muy lista te estás volviendo tú.” Karen entró de ese modo en las recámaras imperiales y Jorge, del que se sabía ‘que no opinaba porque estaba muy enfadado’, se quedó fuera, igual que Arne que era el que defendía la posición maternal con tanto ahinco. Hubo consenso a ese respecto y precisamente y justo cuando hasta la alta oficialidad militar alemana había decidido que quedaba muy romántico eso de la pareja de dos que simbolizaba la unión franco alemana y la posibilidad de meter a Prusia en un cauce, que el argumento de Karen se impuso finalmente, y se dijo ‘que no estaban los tiempos maduros para sacar a relucir ciertos asuntos con clarines y trompetas.’

Mi padre bajó la voz por debajo de la mesa y dijo aquel día que ‘el señor Gaucher había tenido una novia a la que quería mucho durante la guerra, pero que como tuvo que irse, su novia se casó con su hermano, razón por la que no quería volver a verlo, y pensó que ya nunca sentiría semejante cosa por una mujer y consiguientemente habían decidido los dos juntos de compartir la misma mujer.’ “Pues qué generosos. Vosotros no sois nada más que un puro escándalo, eso es lo que sois. O sea que Karen es hija suya.” “Sí.” “Ya.” “Lo sabías.” “Sí. Pues menuda pareja de tórtolos. Y Mutti no dijo nada?” “Es que nunca se enteró. Pero se dejó seducir.” “Bueno. Eso es una ventaja.” Dije finalmente. “Y eso?” “Pues porque ahora sois dos a tener que arreglar este problema. Es que imagínate que sale lo de las llamas del infierno y realmente te hubieses enamorado de esa mujer. En el fondo es una suerte.” “Es que el señor Gaucher se ha pedido comedidamente el puesto de asesor en los asuntos matrimoniales.” “Encima. Con puestos. Pues no hay puestos. Solo responsabilidades. O sea que asuma su responsabilidad dentro de tan irresponsable acto conjunto.” De hecho mi padre había ya decidido que Ana se casaría con quien le cayese en suerte y le dije que no fuese tan burro y tratase con más delicadeza ciertos asuntos del ámbito femenino. “Tú no crees que los hombres tengan el derecho de violar a las mujeres.” “Pues mira, no. Pero eso, a qué viene ahora.” “Es que hemos decidido adentrarnos más en la realidad social española y estamos pensando en qué partido meternos. Y como lo de los isabelinos queda un poco feminista, estábamos pensando en meternos en los carlistas, pero claro, eso de las violaciones…” “Me parece que se te olvida en el apartado 348 del derecho internacional según el que no tienes derecho de inmiscuirte en los asuntos políticos del vecino. Además, eso ya no existe. Son resíduos que han marcado la historia y que determinan la política de hoy en día pero esta se dice ahora con otros nombres. La derecha, la izquierda, los autónomos, no sé, hay muchos por ahi perdidos.” “O sea que mejor que no nos metamos en los carlistas.” “Y las falanges? Ya que el señor Gaucher tiene un amigo ahí dentro.” “Es que no se fía. Dice que ellos también mataron gitanos.” “Pues los carlistas también.” “O sea que solo quedan los isabelinos. Y se permite que entren hombres ahí dentro?” “Pues no sé dónde exactamente habría que entrar porque que yo sepa no tienen partido.” “Es una tradición. Como lo nuestro. Claro. Y qué hay que pensar?” “Pues supongo que lo que te venga en gana.” “Claro. Es que resulta que le pregunté discretamente a la señora de la Mota que qué era eso del Opus Dei y me dijo que nada, que cuando se empezaron a liberar las costumbres y se pusieron las mujeres a hacer revoluciones y demás, hubo algunos varones que se pidieron, ya que les resultaba muy difícil el trato con los mujeres, el poder encontrarse entre ellos para resolver sus asuntos a su manera.” “Y los dejaron?” “Sí. Fíjate que cosas. O sea que cada cual se pide una cosa y los dejan solo con definir claramente lo que están pensando.” “Bueno, pues ala, ya podéis hacer lo mismo.” “Sí. El señor Gaucher está muy entusiasmado con semejante posibilidad y dice que eso es la revolución, la revolución de verdad. Que la gente se encuentre por afinidad y cada cual ordene sus asuntos a su manera. Claro. Un Opus Dei donde solo hay hombres y alguna mujer en dependencia directa del Castillo de la Mota. Fíjate. Pues a mi también me parece una política muy adecuada porque eso de estar imponiéndose a todas horas me parece de un cansado. Pero claro, será un departamento extranjero que no se inmiscuye en los asuntos políticos del país aunque siga desde cierta distancia las evoluciones.” “Eso es.” “Hasta le han dicho al señor Gaucher que tiene que afiliarse a un sindicato. Y eso no es política?” “Un sindicato? Pues que yo sepa no es nada más que un organismo que trata los asuntos propios a una rama laboral. Lo que hacen todas las escuelas de idiomas para que se ajusten las unas con respecto a las otras.” “Y no son comunistas?” “Comunistas? Pues por lo que dicen las llamas del infierno es un neutro estamento de estado. Como un departamento de algún ministerio.” “O sea que no son comunistas?” “Pero, por qué dices eso?” “Pues el señor Gaucher dice que son comunistas.” “Pues a lo mejor fue una idea comunista. No sé. Todo tiene algo bueno en algún sitio, digo yo. No. No son sindicatos laborales. Es otra cosa.” “Qué es eso?” “Hay sindicatos obreros que se pasan la vida reivindicando los derechos de los trabajadores. Y estos son sindicatos de la dirección.” “Ah, bueno. Entonces no son comunistas. Es que les tiene mucha manía a los comunistas, el señor Gaucher.” “Menos manía.”

El Dr Guerra pareció mientras tanto fascinado por la teoría de la peste bubónica y yo dije que se dejase de abusar de los menores de edad a lo que mi padre contestó que era él quien transmitiría la teoría en toda su complejidad. “Pero si eres tú el que abusa.” “No. Yo soy tu padre.” “Ah, bueno.” “Entonces?” Y puse cara de mucha seriedad aunque realmente empezaba a faltarme y dije lo siguiente: “Que pensaba que ciertos tipos de peste bubónica podían haber afectado el sistema neurológico convirtiéndose en una enfermedad mental hereditaria. Y ello porque la peste bubónica había sido causada por las ratas y podía, en ciertos psiquismos, producir un relente visual apegado a las causas originales. Ya.” “Cómo que ya?” “No te parece bastante?” “Quieres decir que los Borbones están todos tarados?” “Pues mira, si se logra encontrar a algún miembro que haya sobrevivido a la peste bubónica (peste neurológica) y que pertenezca a la Casa de los Borbones, puede que haya tara hereditaria.”

(Hay un caso, de la esposa de un Borbón de los alrededores de 1400 que presentaba síntomas de debilidad mental.)

“Pero no todos están tan para allá.” “No. Aqui hay agravantes. Y serios. Y puede que hasta la causa.” “Es decir?” “Mira. Los alemanes acusan a alguien de formar una secta y se ponen a matar a gente como conejos. La acusación es falsa. Y al cabo de un rato, acabas con casarte con algún miembro de la secta de verdad. Como un rebote. Imagínate que la peste bubónica fuese causada artificialmente para atacar a las monarquías o los feudos y que dentro de la misma lógica, termine un Borbón casado con un miembro de aquella cofradía que originó la peste. Algo así.” “Eso dice tu Juanis? Yo creo que es un ángel de la guarda.” “No, no. Es un evangelio de verdad. Si tenías razón. Sí. Eso dice el Juanis, en fin, eso entiendo. Tú crees que era un hombre?” “No sé. Quizá era una mujer. Tu has estado rebuscando sobre esto en los libros?” “Sí. Es que era una preocupación… Y digo a ver si encuentro algo por algún lado, y hasta me leí todos los libros sobre las esquizofrenias y todo eso.” “Y no es una esquizofrenia.” “Sí. Y no. Un día llegó y decía por los pasillos, recitando su lección ‘tara congénita con mezcla de sangre de primer grado’, y yo me reía y me reía y le dije ‘y es menos grave de segundo grado?’ y dijo con aire de mucha suficiencia ‘que se agravaba según la proximidad del lazo sanguíneo’. Concluí lo siguiente: que había habido un acto indecoroso por la época de los padres de la abuela y era una mezcla de sangre. Nació la abuela, pero ella no sabe nada. Solo sabe que su realidad es dintinta que la de los demás y que está muy sola. Y encuentra a alguien que parece compartir parte de su realidad y se casa con él. Este resulta que viene de una secta en donde se reproduce la mezcla de sangre de modo artificial y terminan por hablar un lenguaje un poco parecido. Y estaba la abuela muy contenta porque había alguien que la entendía hasta que empezó a decir tonterías.” “Hay una diferencia entre algo que es por accidente y algo que se hace aposta.” “Sí. Eso creo. De los hijos de la abuela algunos se apegaron a la moción de la abuela y otros a los del abuelo. Los primeros recuperan las nociones de racionalidad gracias a las leyes y los segundos se pierden.” “Y los hijos?” “Quizá Fernando.” “Y por qué se agrava en el caso de tu madre?” “Porque hubo un imbécil de la iglesia que le dijo que era descendiente de Alfonso XIII y se le subió el pavo a la cabeza.” “Y los demás no lo saben?” “Me parece que no.” “Y quién se lo dijo?” “Un cura de la iglesia aquella donde murió Alfonso XIII.” “Puerco.” “Sí. Eso decía yo también.” “Y como era descendiente de Alfonso XIII era más importante que todas las demás y se hizo con la jefatura de la secta.” “Algo asi.” “Y por qué se ha puesto a contar todo eso ahora?” “Porque pienso que la hemos puesto entre la espada y la pared entre Ana y yo.” “O sea que no os afecta a Ana y a ti?” “Pues parece que no. Un día, cuando estaba por ahí clamando los reinos de los cielos, nos encerramos todos en el cuarto de baño y nos pusimos a reir a carcajadas y resultó ser un buen remedio.”

“Tú crees que eso se cura?” “Pues me parece que no. Estoy dándole muchas vueltas al asunto pero me parece que ha desaparecido el fondo moral.” “No se arrepiente.” “No. Te sigue la corriente para encontrar el fallo de la nueva estrategia y vuelve otra vez. Según ella ‘la ley no es nada más que un medio para violar la ley’.” “Uuh. Está muy loca, esa mujer.” “Pues el problema es que si estuviese loca, dices bueno. Pero es que me parece que le da asentimiento de voluntad a todas esas barrabasadas.” “No lo dirás porque estás muy enfadada?” “No… Me da igual. Al contrario.”  “Y tu Juanis qué dice?” “Dice que habría que hacerle una terapia para que concentre sus pensamientos alrededor de lo que hace. Hoy he dicho esto, estaba aqui, hablaba con tal, para que adquiera conciencia de la consecuencia de lo que hace y dice.” “No tiene noción de la consecuencia?” “Ninguna. Habrí que separarla de ti, pero al revés.” “Al revés?” “Tiene que ser ella quien se vaya. Si lo haces tú, hará todo para llevarte la contraria.” “Y eso cómo se consigue?” “Primero habría que buscarle una amiga. Una amiga que abogue por el divorcio porque hay hombres realmente muy malos. Y que eso no es vergüenza y todas esas cosas. Y luego tienes que plantarle una novia delante de las narices.” “Delante de las narices?” “Sí. Asi, descaradamente. Ella hace muchas cosas a escondidas y lo escondido es bueno. Pero romper las apariencias, eso es realmente escandaloso.” “Ahora entiendo. Lo bueno es lo secreto y lo escondido pero guardando las apariencias. Y si alguien hace algo que va en contra de las apariencias, entonces es realmente malo.” “Sí.” “Y si la encierras?” “Será peor. Alguien irá a verla y harán sus complots asi casi con toda libertad.” “El señor Gaucher quiere comprarle una casa.” “No hace falta. Que se quede con la de Calpe.” “Pero no es muy grande.” “Da igual. No tiene noción del espacio. Tiene que ser suya, para ella, donde ella haga lo que le da gana y nadie, pero nadie le diga lo que tiene que hacer. Y mejor algo conocido que te quite a  ti, que sea importante para ti, por lo que te pelees y que ella termina por obtener porque tiene mucha fuerza, inteligencia y poder.” “O sea que tengo que pelearme por la casa si me divorcio? Pero si me da lo mismo.” “Da igual. Es mejor eso que tenerla dándote la barrila toda la vida. Porque ahora se descarga con nosotros. Pero imagínate que te quedas solo con ella.” “Qué espanto.” “Eso digo yo también.” “Deben odiar a los hombres.” “O estar aterradas. Las mujeres sobre todo.” “Es normal. O sea que nada de algún novio.” “Cuando se vaya, se buscará alguno para hacerte de rabiar pero no creo que vaya muy lejos.” “Es que me da pena. Después de hacer de madre para el señor Gaucher y para mi.” “Eso es lo que pasa cuando se hacen las cosas al revés.” “Y tú por qué crees que se dejó seducir?” “Porque le dio rabia. Que ese linaje sea más viejo y cómo lo sabeís y que debe haber conejos por todas partes y ahora iba a hacer la demostración para que hicierais un profundo ridículo.” “Por eso decías que se lo dijese para que supiese que somos muy listos.” “Sí. Se lo dijiste.” “Pues sí. Y resultó ser todo verdad. Ni rechistó. Y hasta se quedó muy asombrada de que también los hombres supiesen de esas cosas.” “Ves? No tiene conciencia moral. Era un cálculo. Y simplemente le salió mal el cálculo.” “Yo no creo que tu madre pueda matar a nadie.” “Pues yo no estaría tan segura.”

Se interrumpió la conversación durante un rato porque el señor Gaucher había manifestado cierta preocupación al no tener el ejército comandante en jefe y que yo entraría en vigor solamente muchos años más tarde y solo si consiguía resolver muchos enigmas y que ellos también querían hacer algo porque mientras tanto habría una vacante. “Y qué hacemos?” “Pues si sois vosotros los que queréis hacer algo, tendreís que pensarlo solos.” “Y tú no puedes ayudarnos? Hasta el Dr Nield se ha puesto a buscar y a buscar y cada vez dice el abogado que ya nos han fusilado otra vez.” “Vaya.” “Y no se puede hacer nada?” Me recliné hacia atrás. “Pues puede.” “Y yo que pensaba que nos íbamos a quedar suspendidos de un enigma durante tantos años.” “Mal no os vendría. Tanto pensar, tanto pensar.” “Y qué se puede hacer?” “Una aclamación.” “Una qué …?” “Una aclamación.” “Y eso qué es?” “Pues es ejército se pone a pegar gritos y dice, este es nuestro jefe, este es nuestro jefe.” “Ah. Eso se llama aclamación? Como cuando el ejército reconocía un jefe antes en los siglos bárbaros?” “Sí, más o menos.” “Y tienen que ponerse todos a pegar gritos?” “No. Es un modo de hablar. Tiene que haber consenso en el reconocimiento del jefe.” “Para asegurar la unidad del ejército.” “Sí.” “Y tú?” “No cambia nada. Una aclamación resulta en un comandante en jefe del ejército, pero no en un soberano, porque para eso hace falta el reconocimiento del pueblo entero. O de una ley, o de un truco, como dices tú. Un tecnicismo legal. No se puede cambiar la estructura estatal por imposición de los tratados de la posguerra por lo que se crea una situación un tanto suspendida.” “Y para qué sirve eso?” “Para evitar un golpe militar, una guerra civil o un completo deterioro en facciones del ejército.” “Dice el ejército que si resuelvo debidamente el problema, puedo tomar decisiones sobre la guerra.” “Mejor no hagas eso. Dile a tu jefe del ejército que te hagan un examen. Como quien hace un ejercicio teórico sobre el manejo de la situación en caso de guerra.” “Y no podré?” “No. Ni siquiera hiciste el servicio militar.” “Y me meteré en Polonia?” “No, no creo. Te pondrás a llorar si se muere algún soldado y destruirás toda la estrategia.” “Pues es verdad. Soy demasiado sentimental?” “Un poco.” “Y tú podrías?” “Estoy haciendo entrenamientos, y aque me metí en semejante lío.” “Y cuales son?” “Debes llegar a un punto mental en el que estés convencida de que la muerte tiene su razón de ser independientemente de lo que tu hagas o dejes de hacer. Tienes unas regulaciones fijas, esto se hace, esto no se hace, y esto tampoco y disparas. Se muere, bien. No se muere, también. La carga moral causa el miedo y el miedo no gana guerras.” “El ejército es pura técnica.” “No. Pero la cuestión es hacer una guerra decente, si hiciera falta.” “Y vas a hacer alguna?” “No creo. Pero temo una agresión exterior si no nos organizamos de modo decente.” “Rusia?” “No crees que deben estar un poco hasta las narices de nosotros. Van tres veces que nos metemos en su casa sin el permiso de nadie. A ti te gustaría?” “Pues no.” “Ves? Hay muchos modos de demostrar las cosas.” “Y Francia?” “Aun peor. Esa gente anda histérica con un bolo detrás de otros que les han metido. Y de repente salta todo y se tiran encima nuestro y no tenemos respuesta. La soberanía, aunque sea nominal, da una cohesión al ejército que evita posibles agresiones.” “Y tú de donde sacas todo eso?” “No sé. Estaba haciendo pensamientos.” “O sea que aconsejas que no nos metamos en guerras mientras se aclaran las cosas.” “Sí. Todo en su momento.”

“Y quieres resolver lo de la segunda guerra.” “Pues sí.” “Y por qué le das tanta importancia?” “Porque se nos está turbiando la vista. Al primero que pasa, pum, la secta, y ya está, el cadáver en el frigorífico.” “Alguien tiene que pagar el pato.” “Sí. Pero que sea el bueno, si es posible. Pero, no piensas? Imagínate que ese hombre es un agente inglés que anda metiendo cizaña para vender tanques. Lo matas. Llega Sherlock y al cabo de 6 meses saben que estás tú detrás. Cuanto tiempo sobrevives a la metralla?” “No mucho. Pero si es de la secta?” “Puede ser, además. Pero igual. Es inglés. Recae sobre Inglaterra. O sobre España, si hace algo aqui. Tú de qué te metes?” “Claro. Pues le pienso escribir a la Queens of England que hay unos extremistas sectarios sueltos por ahi.” “Bueno.” “Y sí puedo?” “Por qué no. O a Scotland Yard.” “Claro. Hay autoridades para esas cosas.” “Se supone que no salimos de las tiendas de campaña.” “Pues sabes que mi madre dijo que había que empezar de nuevo y nos metió a todos en unas tiendas de campaña?” “Dentro de casa?” “Sí. Y te parece mal?” “No. No. Le salió muy bien.”

“Y tú qué piensas que tiene que ver la secta con la guerra?” “Asi, por encima con todo este lío que se ha montado?” “Sí.” “Pues pienso que hubo una peste en algún momento de la historia. Como se murió mucha gente, se quedaron las propiedades en manos de la Iglesia. (Justiniano, siglo VIII). Y luego las repartieron, o no, y alguna se quedarían ellos. La iglesia le debe mucho dinero al banco, o se queda sin un centavo. Se les ocurre producir una peste para que se muera todo el mundo y quedarse con todo. Hacen llamado a los Medici, por ejemplo, que tienen algo que ver con la medicina, e inyectan sangre de rata a cierta gente. Las ratas están infectadas de alguna enfermedad y se produce algo que se sale de cualquier proporción. Y eso si las ratas no estaban muertas por lo que se produce un fenómeno de sepsi, de podredumbre interna como en la fiebre purpureal, o algo asi. Sabes? Lo raro es que esa peste está muy bien documentada, como si fuese un experimento pensado de antemano. Y en Florencia, que es de donde vienen los Medici, se murieron 1 de cada 5 habitantes. Es donde mayor virulencia tuvo la peste. Y algunos se salvaban, sin embargo. Después de eso se hundió el sistema feudal y se permitió la ciencia empírica y la gente volvió a la iglesia y se mataron a muchos judíos y la Iglesia también decía que no había que molestar a esas pobres gentes.” “Y la iglesia se quedó con las propiedades?” “Sí.” “Puercos. Y después se quedaron sin dinero otra vez y volvieron a empezar?” “Eso pienso. Pero algo les salió mal.” “Y qué tienen que ver los Rothschild con todo eso?” “Son gestores de ciertas fortunas. Del Vaticano, de Francia. No les convienen tampoco los soberanos para quedarse con la fortuna de Alemania y otros.” “Con la fortuna de Alemania no se queda nadie.” “Pues dice la señora Checa que está escrito en alguna claúsula que la gestión de la fortuna alemana está en manos de los Rothschild.” “No será verdad.” “Pues yo verificaría, pero eso dice la señora Checa.” “Si es verdad, los matamos.” “No arreglaría el asunto. Ya veremos eso. En todo caso, el Vaticano se alía con los Rothschild para hacer algún truquillo y asi pagar sus deudas, y se mete la señora de la Mota en el tertulio con Alfonso XIII que sale disparado y en vez de una peste hay una espantosa guerra donde muere todo el mundo.” “Y eso no les conviene.” “No tanto. La pérdida en caso de guerra suele dejar herederos salvo en casos raros.” “Por eso mataron a los judíos.” “Sí.” “Y ellos tenían dinero?” “Solían.” “Claro. Qué imbécil. Mira que esa cuestión judía me pone muy nervioso porque con todo lo que ha pasado se pierde toda objetividad en el asunto.” “Y la peste, dónde se quedó?” “Por ahí debe andar rondando.” “No me digas?” “Sí. Eso es lo más preocupante de todo.” “Porque no les salió.”  “Es posible. Coincide con lo que dice el señor Gaucher, en todo caso.” “Hay mucho perro suelto.” “Mucho.”

“Y todo eso en qué cambia la situación?” “Pues es que sabes lo que pensaba la señora Checa que significaba lo de las SS?” “No.” “Sádico y satánico.” “No me digas.” “Sí.” “Esa gente está muy chiflada. Si significa Schutzstaffel.” “Ya sé. Pero imagínate lo que significa eso. Dices SS y alguien te asocia a eso y con qué cara dices nada?” “No te cree nadie.” “No.” “Tenemos que limpiar nuestro nombre.” “Eso digo yo.” “Ya entiendo. Hay que coger el asunto por el rabo del ratón que hemos atrapado con los dedos.” “Sí. Y encontrar la madriguera de los ratones.” “Eso es. Y luego que cada cual resuelva los asuntos a su manera dentro de su país.” “Sí. Yo diría.” “Y si vienen los rusos?” “Habrá que defenderse.” “Es que me ha dejado muy preocupado eso.” “Pus ala, ya tienes algo que resolver. A ver si consigues salvar a Alemania en tu HQ.”

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“Ha pasado algo muy horrible,” le dije a mi padre la semana siguiente. “Ya te dije que no estaba bien eso de espiar.” Y casi me puse a llorar. La cuestión era que mi padre había dicho que consiguiese cuanta más información, mejor, sobre aquellas ‘nosotras’ que habían puesto a Hitler en Berlín y aunque yo le había dicho en un principio que eso no se hacía, había accedido finalmente ante su insistencia. “Nos ayudaría mucho. Llevamos años buscando algo y no encontramos nada y finalmente parece que están todas las respuestas en casa. Pero a mi tu madre no me dice nada. Parece que tienes un truco especial.” Como tenía la impresión de que ponerme a hacer preguntas resultaría muy sospechoso y como mi padre había dicho que era un poco raro que alguien que tenía miedo terminase por canjearme como novia para la casa real, simplemente, unos días más tarde, le había dicho a mi madre que ‘ella tenía miedo y por eso había montado semejante lío.’ “Yo, miedo? Y por qué? Yo no tengo miedo.” “Le dije que como Carrero Blanco había muerto y estaba viendo que desaparecía gente, pensaba que ahora le tocaba su turno para que no quedasen testigos y entonces había decidido hacerse con el rol de ‘padre de familia’ acusando a mi padre de ser marica y haciendo valer rangos imperiales y sangre azul, me había vendido para salvar su pellejo. “Tú eres muy lista, hija mía, muy lista y, a veces, hasta te pasas de lista.” Y hubo un silencio dentro del que yo no me atreví a continuar afirmando nada y de repente se levantó, fue hacia la puerta del pasillo como quien se va, se giró y dijo a voz casi demasiado alta. “Yo no tengo nada que temer. Nada. Y además no sabes quién soy. Tú no sabes nada.” “Y quién eres, si se puede saber?” “Yo soy las llamas del infierno.” “Eso era más que obvio y la cola del diablo también.” “Pues no, la cola del diablo, no.” Y me reí. “Tú no te rías que esto es muy serio. No tienes ni idea de lo que podemos y siempre tenemos razón, siempre.” “Ah, sois ‘vosotras’ las de las llamas del infierno? Y yo que pensaba que era la señora de la Mota.” “Qué tendrá que ver esa señora con nosotras. Si es una majadera. Tonta como tú. Y de un sentimental. Que si no se puede matar a nadie, y que la tortura no es buena y todas esas simplezas.” “Y qué haces con ella, si es tan tonta?” “Para echarle la culpa de todo lo que pasa, para eso sirve. Porque es tonta de remate.” Le dije que bajase la voz, a ver si se enteraba todo el vecindario de que era las llamas del infierno y acabábamos en el infierno todos juntos. “Me da igual que se entere todo el mundo. No tengo nada que esconder.” “Pues si no tuvieses, no le echarías la culpa de todo a la señora de la Mota. Pobre señora. Tú estás muy loca, pero que muy loca andas. Y de dónde sale semejante grupúsculo asesino?” “Y tú para qué lo quieres saber?” “A lo mejor se me ocurre haceros la competencia y hacer otro parecido.” “Tú no matas a nadie.” “Eso son apariencias. Puras apariencias. No sabes lo que se esconde detrás. Puras ganas de sacarle los ojos a la gente. A cierta gente sobre todo. Y no te digo la señora de la Mota. Parece que le saca la piel a la gente con tenazas.” “Eso no es verdad.” “Que sí, que sí. Que he estado consiguiendo información últimamente.” “Pues tu padre es un bobalicón. Y yo que pensaba que era un SS de esos y era gente más decidida. Pero nada, no quiere matar a nadie tampoco.” “Puras apariencias también. Es que hay que disimular, que disimular … Como tú. Si supieses todo lo que están maquinando a tus espaldas.” “Y yo por qué no me entero?” “Porque hay cosas que no se les dice a las mujeres. Por sensibilidad.” “Y tú cómo lo sabes?” “Pues entré casualmente a su oficina el otro día y estaba de espaldas hablando con alguien y oí que estaban planeando un asesinato.” “Ah, sí?” “Sí.” “Y con quién hablaba?” “Pues no sé. Luego me vio y cerró la puerta.” “No me querrían asesinar a mi?” “Pues supongo que ganas no le faltan, pero no, parece que era un nombre de alguien inglés.” “Y nunca me dice nada?” “Tú tampoco le dices nada.” “Es verdad. Ves, no soy la única en hacer esas cosas.” Y pareció tranquilizarse y bajó la voz. “Bueno, mejor te sientas, en vez de quedarte ahi de pie en el umbral de la puerta como si fueses el ángel de la muerte.” “Yo soy el ángel de la muerte.” “Los ángeles de la muerte no se meten en las llamas del infierno.” “Pues algunos sí.” “Bueno. Pero siéntate igual.” Y se sentó.

Y dijo que era un grupo que se había formado para hacerle la competencia al Opus Dei, porque ellos solo dejaban entrar a hombres y ellas hicieron un grupo a parte. “Y en el Opus Dei también hay ángeles de la muerte?” “No se sabe lo que hace el Opus Dei.” “Pero no puedes ser tú las llamas del infierno. Años 1920, cuando se forma el Opus Dei. Y si además pusisteis a Hitler en Berlín.” “Yo, yo soy las llamas del infierno, desde el principio. El tiempo no existe para nosotras.” “O sea que encima satánico.” “No somos satánicos. Nosotros somos los únicos y verdaderos judíos, los elegidos, los redentores del mundo.” “Esto ya es mucho, señora llamas del infierno. No bastaba con ser Borbón y Alba y Pepe Botella, ahora también eres una única judía blanca y sin pintas?” “Y qué tiene que ver una cosa con la otra? Nosotras estamos por todas partes, por todas. Hasta en la iglesia Católica. Por todas partes. Entramos donde queremos, salimos cuando queremos.” “Eso me lo voy creyendo. Pero lo de matar a la gente asi de cualquier manera. Las mujeres no matan.” “Nosotras somos listas, somos muy listas. No nos cojen asi de cualquier manera echando mataratas en los vasos de vino de la gente. Hay que ser inteligente, muy inteligente.” “Y cual sería el método, entonces?” “Pues sabemos dejar a alguien paralítico sin que se de cuenta nadie.” “Eso no es matar a alguien.” “No. Es peor, mucho peor. La tortura, el tiempo que pasas sin poder moverte. Es mucho, mucho peor.” “Ya. O sea que sádicas.” “Quieres saber cómo se hace?” “No … a mi esos métodos me parecen muy rudimentarios. Yo, si no le saco los ojos a alguien, le arranco los cabellos uno por uno y le saco las entrañas para hacer un cocido después, no disfruto el proceso.” “Es eso lo que te pasas el tiempo pensando mientras estás leyendo tus libros?” “Sí. Precisamente. Pensaba que había llegado la hora de multiplicar la metodología.” “Será mejor.” “Nooo, ni mejor ni peor. Simplemente adaptado a la salsa de cada cual.” “Claro que nunca te interesan mis métodos. Pues hay muy poca gente que sabe eso, muy poca.” “Es que hay que ser original, Mutti, no nos vamos a estar copiando los métodos los unos a los otros. Además asi nadie sospecha. Si hacemos lo mismo terminarán por encontrarnos.” “Eso es verdad, muy verdad.” “Deberíamos hacer una alianza.” “Una alianza?” “Sí. Estoy segura de que tanta silla de ruedas debe estar levantando sospechas en algún lado. Yo te digo a quién dirigir el tratamiento y tú solo sigues con tu método.” “El mío.” “Sí. Tras algún pensamiento pensé que realmente tienes razón y es mucho más sutil tu método.” “Por una vez.” “Los grandes maestros saben hacerse reconocer.” “Y después?” “Después … Como soy yo quien indico a la víctima, pues se cruzan las metodologías y no nos descubrirá nadie.” “Y cómo sabré quienes son?” “Pues asi mismo. Antes de proceder a la punción en cuestión piensas en mi y si te aparece el ángel de la muerte, prosigues y sino, lo dejas.” “Cómo sabes que es una punción?” “Supongo. Ves como nos entendemos, ves? Por pura telepatía.” “Y el resto del tiempo disimulas?” “Claro, como todo el mundo.” “Y Vati también?” “También. Seguro que si se lo digo, admirará profundamente tu metodología.” “Tu crees?” “No, es que tienes razón. Ellos son un poco burdos. Ni siquiera tienen cuidado. Hablan con la puerta de la oficina abierta y todo.” “Yo también quiero saber lo que dicen.” “Tú no te metas ahí.” “Tengo mis métodos. Los tengo.” “Ascensión?” “Cómo lo sabes?” “Por pura telepatía, ya te digo.” “Eso es muy convincente.” “Sí. O sea que ve a la jefatura esa de vuestro tertulio y apunta mi nombre en algún sitio como miembro honorario … Tú mataste a Rocío?” “A quién?” “A la hija de los de la joyería Esmeralda en Calpe.” “No tenemos el derecho de dar el nombre de nuestras víctimas. Te parece mal?” “No, no hija mía. A dónde vamos a llegar. Bueno. Como miembro honorario de las llamas del infierno.” “No hay jefatura. La jefatura soy yo. Es un consejo. Pero no está aqui.” “Dónde? En Calpe?” “No muy lejos.” “Ya. Y para estar perfectamente informada del contexto global, cual es la finalidad de todo ello?” “La finalidad?” Y giró los ojos hacia el techo. “La finalidad es acabar con las ratas. Acabar con las ratas.” “A quién imitas? Tú nunca repites las frases.” “A nadie, yo no imito a nadie.” “Bueno. Y en lo que concierne los archivos históricos que hay que guardar igual porque supongo que debemos estar muy orgullosas de todo lo que hacemos, por qué matasteis a los judíos durante la segunda guerra?” “Nosotros somos los únicos judíos verdaderos.” “Vosotros o vosotras?” “También hay hombres en otro sitio.” “Ya.” “Y tú no te ocupas de los archivos, nosotros ya tenemos archivos.” “Ah siii? Y dónde?” “No lo sabrás nunca. Están en Belén.” “En Belén.” “Sí. Los guarda la Cruz de Malta en un lugar secreto.” “En un hospital de las hijas de la Caridad.” “Ya lo sabías?” “Todo se sabe, todo se sabe, sobre todo cuando se es miembro de la misma cofradía.” “O sea que tu padre es más malo que yo?” “Jamás te llegaría ni al tobillo, señora llamas del infierno. Pero algo intenta. Ya sabes, los primos hermanos de Mengele, y todo eso.” “Mengele era nuestro, era nuestro.” “O sea que encima se están envaneciendo de cosas que ni siquiera han hecho. Qué burdos, pero qué burdo. Claro, siempre igual. Ya debía haberlo pensado yo antes. Pero claro, los lazos parentales y afectivos, a veces te perturban y te ciegas en cuanto a la real autoría de los hechos. Claro, claro. Dios, qué tonta.” “Dios no se dice.” “No, si es para disimular, para disimular. Hay que tener mucho cuidado, pero mucho, mucho cuidado.” “Sí. Tienes razón. Hay que ser sagaz y precavido.” “Y quién estaba antes que tú?” “Hay cosas que no se dicen nunca, nunca.” “Ah, secretos. Está bien, está bien. Ya no insisto. O sea que no puedo decir que eres tú las llamas del infierno.” “No. Nunca. Jamás. A nadie.” “Bueno. Y cómo los encontraste, a tus miembros de la cofradía? Por tu padre?” “Nosotros somos judíos, judíos de verdad. Los únicos y redentores del mundo.” “Ah. Por eso decía la abuela que había perdido la cabeza. Decía esas cosas y ella pensó que era chifladura. Y luego vino algún miembro a recogerte. El Conde de Montarco es de ellos, verdad?” “Y tú cómo lo sabes?” “Huele a sangre como tú.” “Los Rojas, hija mía, los Rojas son judíos y Santa Teresa de Avila.” “Y las yemas también?” “No, las yemas, no.” “Ah bueno.” “Y el Conde de Montarco es un Rojas?” “Tú no lo sabes todo?” “No. Todo lo sabes tú. Yo solo se pedacitos.” “Pues sí, es judío.” “Y quienes más?” “Hay más, hay muchos más. Estamos por todas partes, por todas partes.” “Bueno. O sea que los Rojas son judíos?” “Sí.” “Y el Opus Dei?” “El Opus Dei es un misterio.” “Y la Casa Real?” “Nosotros tenemos una alianza con la Casa Real. Una alianza.” “Ah. Y quién está dentro de las llamas? Meyi?” “No, Meyi es tonta, tonta. Dice que no se pueden invocar espíritus, que eso va en contra de la religión.” “Entonces Marisa.” “Estamos por todas partes, por todas partes.” “Bueno. O sea que los Rothschild están en vuestro tertulio.” “Ellos, … ellos son grandes, son magníficos, ellos tienen en sus manos la fortuna del mundo.” “Por eso te enfadas siempre cuando digo que los Rothschild tienen la culpa de lo de la guerra.” “Eso dice la señora de la Mota. Porque es tonta y mezquina. Y tú siempre te crees lo que dice ella.” “Es que hay que disimular, que disimular. Comprender las lógicas de los campos enemigos e infiltrarse para encontrar las debilidades y acabar con todos. De una sola vez.” “De una sola vez?” “Bueno. O uno detrás de otro y luego todos juntos.” Se rió. “Y tú acabarás con todos?” “Yo? Pues no. No acabaré con nadie. Me ha parecido muy interesante esta obra de teatro que me has representado hoy con espectros incluidos.” “Pero si no era una obra de teatro.” “Hay que disimular, señora llamas del infierno, hay que disimular.” “O sea que decimos que es una obra de teatro.” “Sí. The world is a stage. Ya hemos metido hasta al pobre Dr Nield en las llamas del infierno y a Shakespeare también. Hay que manipular a la gente, desviar la culpa, cubrirse de bellas apariencias.” “Pero si es lo que hacemos.” “Por eso, por eso.” “Y no quieres saber nada más?” “No, mira. Con eso me vale por hoy. Ya se me está indigestando hasta la comida del mediodía.” “Es que eres de un sensible.” “Sí. Por eso hay que ir poco a poco, poco a poco.”

Mi padre se quedó con la boca abierta y me preguntó, si había dicho todo eso. “Pues sí. Y yo llevo tres días temblando y no sé si creérmelo o no.” “Tú crees que se lo ha inventado?” “Pero si es que está loca, loca perdida. Se lo habrá inventado, verdad?” “Pues … no sé. Y cómo lo sabremos?” “Pues, por qué no dices algo en BRIAM, como quien no quiere la cosa, algo como que ‘os estaìs apuntando a un grupúsculo de extremo choc llamado llamas del infierno, a ver qué sucede?” “Tú crees que Ascensión está ahi metida?” “Pues yo diría. Quién consiguió los documentos con los que el señor Gaucher consiguió su prohibición de estadía en Francia?” “Ascensión.” “Ves? No creo que sea tan fácil obtenerlos. Deben haber destruido todo, todo.” “Hm. Y qué es eso de las llamas del infierno, según tú?” “Pues parece, yo diría, un juramento. Algo como que dices ‘yo juro por las llamas del infierno, hacer todo lo que me digan y nada más y blabla y blabla.” “Y se quedó como nombre de la secta?” “Pues yo diría que alguien pasó por ahi.” “Es decir?” “Imagínate que hay un grupo de gente secreta y se reunen en un sitio cada vez. Un día pasa la esposa de uno de ellos por ahi, trayendo el té o algo asi, y oye ‘que están formando el Opus Dei y es solo para hombres y no hay modo de entrar.’ Y se le cruzan los cables y se decide a hacer algo  parecido con todo lo que se imagina que conlleva eso.” “Una mujer?” “Yo diría. Para quedarse con el nombre del juramento asi a medias.” “O son los hombres los que encargan un grupo para ver si pueden infiltrar el Opus Dei.” “Pues quizá, también. No lo había pensado.” “Y esa gente quién es?” “Pues no sé. Judíos medievales.” “Y todavía andan por ahi? Y cómo no se confunden con los otros?” “Es que no hay otros.” “No hay otros?” “No. Los echaron de España sobre 1500, o por ahi. Y desde entonces no hay confesión judía.” “Ah. Vaya. Y esos se quedaron en secreto para que no los descubrieran. Y se volvieron locos con el tiempo.” “Pues sí.” “Hm. Y la señora de la Mota dice que fueron los Rothschild los que causaron la guerra?” “Bueno. Ella dice que los Rothschild apoyaron la causa carlista durante la guerra.” “Y eso que tiene que ver?” “Pues supongo que deduce. Si los Rothschild apoyan tal causa y la causa contraria mantiene posiciones determinadas y se hace todo lo contrario aun después, pues deben ser los mismos.” “Cual es la causa contraria?” “Los isabelinos.” “Y la señora de la Mota es de los isabelinos?” “Pues sí.” “Y son lo que defendieron a las monjas y los gitanos durante la guerra.” “Sí.” “O sea que la causa contraria ataca a las monjas y los gitanos.” “Sí.” “Y son los carlistas o sea que los Rothschild.” “Supongo que eso dedujo.” “Y son los carlistas?” “Pues no creo. Creo que son los Rothschild o el grupúsculo ese.” “Por qué?” “Porque hay un indicio, un indicio.” “Estás hablando como ellos.” “Sí. Es que estoy haciendo un análisis químico.” “Y cual es el indicio?” “Pues que las Falanges tienen el mismo símbolo que los carlistas.” “Y entonces?” “Pues las Falanges son anti monárquicas, de derechas, obreras y los Carlistas son monárquicos y de élite. Son los que decían que era un derecho del hombre el violar a las mujeres.” “Ah sí? Pues que burros.” “Sí. Si las dos formaciones tienen el mismo símbolo es que a lo mejor tienen la misma fuente.” “Y eso cómo se puede saber?” “Pues mira, parece que la señora de la Mota tiene un cuadernillo de los carlistas, del requeté, o algo asi. Dice que todo ha sido destruido también y queda muy poca cosa. Y yo voy a decirle que lo ponga entre las cosas del señor Gaucher.” “Entre las cosas del señor Gaucher?” “Sí. No se llevaron los papeles y las agendas y todo eso, los de la PJ?” Sí.” “Pues le diré a la señora de la Mota a ver si puede poner disimuladamente algún ejemplar de esos entre sus asuntos.” “Gaucher no es un violador.” “No. Si Montarco es de la Falange no sospecharán que tiene nada que ver y además es extranjero y todo eso.” “Y lo hará?” “Seguro. Mutti es tonta, en el fondo. Le dices: ‘seguro que es mentira lo que dice la señora de la Mota y no tiene ningún cuadernillo y si es verdad que lo ponga entre los asuntos del señor Gaucher por prueba y por orden de la autoridad secular.'” “La autoridad secular?” “Sí. Yo. Porque tengo muchos siglos me he erigido en autoridad secular.” “Y lo hará la señora de la Mota?” “Pues sí. Lo hará.” “Y después?” “Le decimos a Mutti que no se encontró y que era todo mentira y que la señora de la Mota tiene mucha fantasía.” “Ah.” “Sí.” “Pero tú ya no querías hacer espionajes.” “No. Pero eso lo haré. Porque asi tenemos una prueba. Además cuando centras algo sobre algo que se toca con las manos desaparecen los espectros y los fantasmas y se te va el miedo.” “Eso es verdad.” “Por eso la señora de la Mota le quiere hacer la guerra a Francia? El señor Gaucher está muy preocupado.” “Yo creo que la señora de la Mota ve todo desde un ángulo demasiado político. Dice que los Rothschild están en Francia o sea que es Francia la que está detrás.” “Y no es asi?” “No creo. Yo creo que son los Rothschild los que han destrozado a Francia.” “Actúan por detrás para hacerse con el control de todo.” “Sí.” “Y la Iglesia Católica?” “Dice que le debían mucho dinero a los Rothschild. Son los gestores de la fortuna del Vaticano.” “Eso no me lo has dicho.” “No, es que a veces se me olvidan cosas y luego surgen otras.” “Y mataron a todos los judíos por eso? Los Rothschild son franceses? Si tienen un nombre alemán.” “Son judíos alemanes. Pero tienen el título de barones de Francia.” “Y eso?” “Por apoyar la causa napoléonica en la campaña contra Rusia.” “Y tú cómo sabes todo eso?” “Lo dice Mutti. A veces habla como sola. Como si repitiese una lección. Y yo me quedo escuchando y a veces hago una pregunta.” “Y no se lo inventa?” “No creo. Luego miro en el diccionario para ver y la mayoría de las cosas coincide aunque es un poco distinto.” “Como una versión.” “Sí.” “Hm. No quiero que vuelvas a hablar con tu madre.” “Bueno. La verdad es que a mi tampoco me apetece mucho.” “Y qué más hacemos?” “Pues tendremos que salir de las llamas del infierno, poco a poco. Fíjate. Creerte tan condenado como para caer directamente en las llamas del infierno.” “Tú crees?” Y se rió. “Y cómo salimos de ahi?” “Pues será poco a poco y hacia atrás. Si es verdad todo eso, entonces es gente muy peligrosa.” “Tú lo crees?” “Pues no me lo quiero creer pero por desgracia parece que si.” “Y los demás?” “Quiénes? La familia de Mutti? Pues parece que solo Marisa está dentro.” “Pero si está casada con un amigo de Gaucher.” “Royer es amigo de Gaucher? Pues eso le pasa por meterse donde nadie lo ha llamado. Vaya. Pues menudo lío.”

Aunque mi padre parecía tan conmocionado que quería que nos viésemos más a menudo para que le contase todo lo que sucedía y había sucedido antes y de lo que nunca se había enterado y que además había muchos temas por resolver, le dije que se calmase y que había que guardar las apariencias y que ya nos veríamos a la semana siguiente. Yo, en todo caso, me sentía mucho mejor porque después de haber dudado hasta de la señora de la Mota, había recuperado la confianza en alguien de este terrenal mundo.

Vino, una semana después, diciendo que aunque no me gustase, todo era verdad. Que al mencionar el grupo de choc se les habían puesto los pelos de punta a todos y hasta el dr Nield se puso pálido y solo Ascensión dijo ‘que menos mal, porque a veces hay que recurrir a fuerzas mayores’, ante lo cual – había decidido el señor Gaucher – se decidió que no se obligaría a nadie a hacerse miembros del nuevo grupúsculo pero que voluntariamente alguna atrevida podía encontrar los caminos oscuros a través de los que se llegaba a semejante lugar. A lo que dijo Ascensión ‘que había algunas que ya lo habían encontrado pero que no sabía que había hombres.’ Y dijo el señor Gaucher que solo eran una negligente sucursal apegada a tan digna instancia. El Dr Nield, que había mostrado muchas reticencias con respecto a la formación de una aristocracia femenina, dijo finalmente que ‘si las mujeres empezaban a formar sectas asesinas era señal evidente de que la frustración estaba llegando a su máxima expresión y que había que pensar una apertura de los esquemas sociales hacia el mundo femenino aunque de verdad – continuó – no podía hacerse la mínima idea del aspecto que tendría ello.’ El señor Gaucher parecía muy entusiasmado ante semejante perspectiva y dijo que ‘además es verdad. Eso es verdad. Franceschi también repetía las frases.’

“Pues vaya,” le dije a mi padre. “Pero si te estoy contando la verdad, no deberías creértelo.” “Es que yo sé que es verdad, Vati, no ves que yo no soy como los demás.” “O sea que me ha fallado la estrategia.” “Pues sí. Pero da igual. Qué le vamos a hacer. Al menos hay gente que se atreve a confrontar el problema de frente. Y qué más dice el señor Gaucher?” “Pues mira. – Tengo muchas informaciones.- Tiene la dirección de un hotel a donde podía escribir donde se reune esa gente.” “Ah, sí? Vaya.” “Sí. Y se la dieron para verificar si el trabajo estaba bien hecho y todavía la tiene guardada en algún sitio.” “Vaya. Eso sí que es interesante. Y cual era el trabajo bien hecho?” “Pues es que quiere hablar contigo de eso.” “No. Yo no quiero hablar con él. Pero tú dime.” “Dice que solo tú puedes resolver el enigma.” “Otro más?” “Mira. Dice que había un grupo de gente en Vichy que tomaba las decisiones. Los miembros del gobierno. Y tenían propuestas que venían de los unos y de los otros y luego votaban y se decidía si se aprobaba o no. Y un día llegaron con la propuesta de matar a los gitanos y los judíos. E hicieron un voto. Y solo dos no votaron.” “Dos?” “Sí. Darquier y él.” “Ah. Por eso defendió a Darquier en el artículo ese.” “Sí.” “Y luego se repartían las casas y los terrenos. Y las casas de su familia en realidad eran de su hermano Jean, que estaba en la cancillería. Y él no quiso nada y Darquier tampoco.” “Y no dijo nada proque se quedaban las casas?” “No. Es que es eso, dijo. Es eso. La Iglesia vino y dijo que las propiedades que no tenían propietario o heredero deberían recaer sobre la Iglesia. Y el Mariscal dijo que no, que era propiedad de estado. Y desde entonces perdió el apoyo de la Iglesia y por eso no se mantuvo después de la guerra. Había fanáticos que empezaron a buscar a los responsables de las masacres y él se tuvo que ir. Y salió de Gaulle pero como ya no eran las cosas iguales y cuando tuvieron que discutir lo de la propiedad de aquellos, salió en la asamblea y la gente dijo que no era de la iglesia, y se lo quedó todo el estado.” “Ah sí? Pues vaya. Hay algo en lo que conste todo eso?” “Un periódico o algo asi?” “Sí. Algo así.” “Pues preguntaré. Pero no sé.” “Vaya.” “Y hay otra cosa. Resulta que el padre del señor Gaucher era un secreto.” “Un secreto? O él, no sé muy bien.” “Sí. Y que un día le preguntó a su madre por qué era un secreto y le contestó ‘que si no existiese la Iglesia Católica no habría tantos secretos.'” Y me reí. “Y por eso se cree que a lo mejor él es alemán o su padre y era esa la razón por la que quería entrar en el servicio de información para descubrir cual era el secreto, porque en algún lugar debía estar escrito.” “Ya. Pero no lo descubrió.” “No. Y luego se liaron las cosas y se liaron. Pero le parece que ya encontró la respuesta. Y se lo dijo a la PJ que no habría que guardar tantos secretos y le preguntaron si acabaría con la Iglesia Católica y él dijo que, ‘había que acabar con los secretos’.” “Ah. Por eso la señora de la Mota dijo de repente ‘que si tan distinguido señor favorecía la desaparición de la Iglesia Católica para que no hubiese tantos secretos, entonces ella también apoyaría la moción porque ese hombre tenía mucha experiencia en esos asuntos.” “Pero dónde dice esas cosas la señora de la Mota?” “Pues no sé. Pero sabes que es generala?” “No me digas?” “Sí, la única en toda España y quizá en el mundo entero.” “Y están discutiendo las causas de guerra con Francia.” “Sí. Y parecen todos muy furibundos.” “Y por qué?” “Porque dicen que los franceses solo cuentan mentiras y que se está desbordando el vaso y que no sé qué de la coronilla y cosas así.” “Y tú madre cómo lo sabe?” “Pues no sé. Es que no creo que la señora de la Mota cuente todo eso. Debe haber una infiltración en el ejército y luego se reune la señora llamas del infierno con alguien y se lo sopla todo.” “Tú crees que tienen reuniones?” “Es posible. Por la mañana, cuando estamos en el colegio. A veces llegamos a las dos y está todavía haciendo la comida y dice ‘con tanto trabajo no he tenido ni tiempo de hacer la comida’. Y un día le pregunté si el trabajo consiste en leer el ABC y dijo ‘que tú no sabes lo que hace tu madre, no tienes ni idea.'” “Y no preguntaste más.” “No. Como no lo sabía, pensé que era mejor que tuviese razón.”

“El señor Gaucher quiere que le digas claramente si piensas que es culpable.” “Desde el punto de vista político o moral?” “Hay diferencia?” “Sí.” “Pues desde los dos.” “Políticamente hay falta.” “Por qué?” “Porque hay invalidación del estado de derecho a través del directorio.” “Es decir?” “Pues hay unas leyes. Cuando las leyes se infringen se recae sobre el código penal u otro que establece cómo se demuestra la infracción y hay un juez que decide si son contundentes o no y el acusado tiene derecho de defenderse. En un principio no hay nada ni nadie que pueda decidir la culpabilidad de alguien fuera de ese cuadro y menos aun infringiendo leyes. Son las leyes las que son soberanas.” “Y un directorio? Por decreto ley?” “Un decreto ley no puede ser nada más que una excepción o una aplicación parcial de una ley.” “Es decir?” “A ver. Tienes un sistema determinado que funda un estado de derecho. Da igual cual, con un rey, con un presidente, con un canciller, etc. Se promulgan leyes. El primero en someterse a las leyes es el cuerpo legislador. Pero luego puede que se den casos raros.” “Cómo?” “Pues digamos que se dice: las propiedades consideradas patrimonio nacional pertenecen al estado. Y luego hay alguien que hace algo muy sobresaliente y se decide por decreto ley que tal señor o señora tiene el uso de tal propiedad para el resto de su vida y los herederos.” “No hay infracción de la ley.” “No. Hay ley privada o privilegio sobre la que puede decidir el soberano si tiene esas atribuciones.” “Y no tiene por qué tenerlas.” “No. Depende del sistema. Puede ser la asamblea, o las cortes, o un cuerpo específico que se encarga de la gestión de esas cosas.” “Y matar a los gitanos no es ley privada?” “No. en ningún caso. Sería ejecución y no hay caso.” “Es decir?” “Las leyes militares se rigen por otra cosa que las leyes civiles. Pero tienen derecho también. Leyes, pruebas, evidencia. Esa decisión la tomó el ejército?” “No. El gobierno.” “Pues recae sobre las leyes civiles. Es una pena de muerte. Tiene que pasar a la corte. Y en ningún código de leyes debe poner que se puede condenar a muerte a alguien por ser judío o gitano.” “Es que tenían un rey.” “Los gitanos?” “Sí. Y los judíos también.” “Los judíos tenían un rey?” “Eso decían.” “Ah. Y recaía sobre un atentado contra la soberanía del estado?” “Algo asi.” “Hm.” “Y quién se encarga de eso? El ejército?” “No. La PJ.” “La PJ?” “Sí. En fin, eso me parece. Es una policía especial con una jurisdicción particular. Pero hacen interrogatorios también.” “No hay directorio?” “Alguien tomará alguna decisión en algún sitio, digo yo. Supongo que la forma por la que se toman depende del estado. La policía es judicial o sea que tiene atribuciones especiales.” “De juicio.” “Sí.” “Uuf. De menuda se ha salvado el señor Gaucher.” “Eso parece.” “Y por qué tiene esas atribuciones especiales?” “Porque no te puedes pasar la vida esperando a que alguien comparezca a juicio cuando se supone que está en riesgo la seguridad nacional.” “Y eso qué implica?” “Pues, si entiendo bien, que te hacen un par de interrogatorios y deciden ellos si te meten directamente en la mazmorra o no. Sigue habiendo leyes.” “El señor Gaucher dice que había muy estrictas leyes antiraciales en Francia y por eso tuvieron que recurrir a lo del directorio.” “Pues es ilegítimo.” “O sea que no hay un cuerpo que se pueda poner encima de las leyes?” “Pues no.” “Ni el rey.” “Tampoco.” “Nadie?” “Nadie.” “Y eso?” “Pues mira. La cosa es de dudoso origen, pero en nuestros tiempos se supone que son los pueblos los que son soberanos. Lo que implica que delegan la capacidad de autogestión sobre una serie de personas que dictan las leyes que se publican en bando para que todo el mundo sepa lo que tiene que hacer y cuando protestar, sobre todo. De qué modo fundas un cuerpo que tome decisiones contrarias a la ley? Y cuales? Y por qué? Y por qué ellos y no otros y por qué esas y no otras? Es una aberración legal. Aun suponiendo que haya un rey que hace las leyes solo en su gabinete, es el primero en deber someterse a ellas y no puede tomar decisiones en contra suya.” “Y por qué?” “Porque no puedes basar un gobierno en una esquizofrenia. Tú lo haces, los otros lo imitan. Le dices a un soldado que se vaya para la derecha y se va a la izquierda. Qué ejército haces con eso?” “Ninguno.” “Ves? Y gobierno tampoco.” “Tú siempre haces lo que te digo?” “Bueno …” “De eso hablaremos más tarde. Y no justifica el mismo sistema las decisiones que se toman? Quiero decir que hay muchos sistemas y si en uno se permite que se tomen decisiones contrarias a la ley?” “Destruyes el fundamento del derecho.” “Pero los de la PJ hacen lo que les da la gana.” “No. Tienen sus leyes.” “Pero son contrarias a la ley.” “No. Son leyes de excepción.” “Es decir?” “Se dice: la sociedad militar está regida por el código militar. La sociedad civil por el código civil, penal y demás. Y la gente que atenta contra el estado en base a tal, por estas otras.” “Está en medio entre el código militar y el civil.” “Sí. Pero tiene sus leyes.” “Eso no es una dictadura.” “No. Es un sistema muy sofisticado.” “Lo estás estudiando.” “Sí. Me parecía bastante interesante.” “Ya entiendo. No hay PJ en Vichy. No hay leyes de excepción.” “No. Es una garrafal metedura de pata. Un poco sangrienta, además.” “Y si hubiese habido una PJ?” “Pues no los habrían matado.” “Y eso? Aunque tuviesen reyes?” “Tú eres el jefe de familia?” “Sí.” “Y eso implica que estás haciendo una revuelta contra el estado?” “No. Es solo para dentro de mi familia.” “Un rey gitano recae sobre la ley tribal. No atenta contra el estado por si solo mientras cumpla las leyes de orden territorial.” “Y los judíos?” “Me extrañaría que tuviesen un rey.” “Se  lo inventaron.” “Es lo más probable. Por eso debieron poner a los gitanos delante. Estos tienen rey e implica insurreción contra el estado. Estos son primos hermanos o sea que deben tener rey y los matamos a todos.” “Son primos hermanos?” “No. Pero se puede vincular una entidad racial a otra a través de rasgos comunes.” “O sea que los gitanos no les interesaban.” “No. Los judíos porque siempre tienen dinero. Quién propuso esa idea, el Franceschi?” “Sí. Y no es inocente porque votó en contra?” “Lo que le inocenta le culpa.” “Qué?” “El señor Gaucher piensa que es inocente porque actúa en tanto que ejecutivo del estado. En tanto que fuerza ejecutiva. Porque era un decreto ley que es ley a la que te sometes.” “Correcto.” “La inocencia abarca en ese caso a todos los miembros del gobierno porque exonera la ley.” “Correcto.” “Si el modo por el que se hace la ley es ilícito, el gobierno es fraudulento.” “Sí.” “Entonces tienen culpa todos los miembros del gobierno.” “Sí.” “Ves?” “Y cómo se hacen leyes legítimas?” “Suspendidas a un principio, que es la constitución, a través de una serie de órganos comprendidos dentro de esta y del modo que establezca.” “Ah. O sea que la Constitución puede darle poderes suplementarios a un soberano, por ejemplo.” “Sí.” “Para que tome decisiones determinadas dentro de un área.” “Sí. Como la causa de guerra, por ejemplo.” “La causa de guerra?” “Sí. Eso estaba pensando. Que la guerra se somete a leyes pero alguien tiene que tomar la decisión.” “Y si es el congreso?” “El congreso no tiene el mando de los ejércitos. Está fuera de sus atribuciones.” “Y eso?” “Las leyes militares se rigen por otros códigos.” “Y si es un consejo militar?” “No pueden porque no tienen soberanía.” “Es verdad eso.” “Es decir que imagínate que los polacos disparan hacia Alemania. Es causa de guerra. Pero tampoco vas a lanzar un ejército hacia Polonia por 4 disparos. El ejército protesta, se agita en sus cubículos particulares, pega gritos, amenaza. Y el soberano se dice que sí, pero que puede costar tantas vidas, o tanto gasto, o vaya usted a saber. Le escribe una carta al gobierno polaco y le dice: Hagan ustedes el favor de quitar a los francotiradores de la frontera o salimos todos corriendo. Y si no lo hacen, pues no tiene más remedio que atacar.” “Utiliza las vías diplomáticas.” “Tiene la habilidad de interactuar a niveles gubernamentales, lo que el ejército no puede.” “Un general no puede escribirle una carta al gobierno polaco.” “No. Sos dos ámbitos de la realidad distintos.” “Y eso habláis con tu madre?” “Sí. Cuando se le olvida por un rato lo de las llamas del infierno.” “Pues no sabía que esa mujer era tan lista.” “No, si solo repite como un loro. Yo le pongo la guinda al pastel después.” “Y de quién repite?” “Pues eso es precisamente lo que no sé. Vosotros, con vuestras fuerzas especiales, no podeís seguirla para ver a dónde va por las mañanas?” “Y cómo sabes que tenemos fueras especiales?” “Si teneis guardia.” “Pues sabes que justamente íbamos a tomar la decisión de eliminar al inglés cuando me dijiste eso?” “Vaya. Pues debo estar desarrollando fuerzas telepáticas, finalmente.” “Y cómo lo sabes?” “Se me ocurrió en ese momento.” “Y no estabas espiando detrás de la puerta?” “No. Pero hacedme el favor de dejar a ese pobre inglés en paz.” “Es que la secta empieza ahí.” “Es posible. Pero desaparece un testigo. O sea que sí que fuisteis vosotros los de la secta del señor Gaucher …” “Vamos buscando a los miembros de la secta. Sí.” “Y vete tú a saber con quién acabastéis en Francia, aprovechando la circunstancia. A esos buscabais?” “Sí.” “Vaya. Pues qué poco listos. Y para no confundiros otra vez, mejor dejais al inglés en su sitio, por el momento.” “Bueno.” “Pero si soy yo el jefe de familia.” “Si, pero yo el imperio en potencia y en asuntos de estado obedeces a órdenes.” “Y en casa hago lo quiero.” “Cómo fuera de otro modo?” “O sea que yo resuelvo el problema de las llamas del infierno?” “Vas a necesitar mucha agua.” “Yo también puedo hacer eso.” “Bueno. Pues hazlo.” “Y no te molesta?” “Ni lo más mínimo. Con las ganas que tenía de quitarme semejante muerto de encima.” “Pero puedo pedirte tu opinión.” “Bueno. Pero no creo que te pueda ser de mucha ayuda.”

“O sea que el señor Gaucher es políticamente culpable.” “Sí.” “Uno no se mete en cualquier gobierno asi de cualquier manera para resolver lo del secreto de su madre.” “No.” “Bueno. Y qué tiene que hacer?” “En derecho ancestral?” “Sí.” “Tiene que eliminar a los moralmente culpables.” “Y él se salva?” “Sí. De otro modo se queda la culpa sobre él.” “Tendría que ir a Francia.” “No hace falta. No hace falta que los mate. Que me diga quienes son y los señale de modo fehaciente.” “También hay un general.” “Ah. Y cómo se llama?” “No te lo quiere decir. Si lo encuentras es que se le salva el alma.” “Bueno.” “Y quién es?” “Un gato rojo.” “Un gato rojo? Eso no es un nombre francés.” “A algo debe corresponder. Tú díselo, nada más.” “O sea que se le salva el alma?” “Eso parece.” “Y quién te dice todo eso?” “Alguien que se llama Juanis.” “Y está entre los pececitos?” “Sí.” “Y quién es?” “Dice que es un evangelio. Tú sabes lo que es eso?” “Un evangelio de los evangelios de la iglesia?” “Es un evangelio de la iglesia?” “Pues eso parece. Hay cuatro.” “Ah sí, es verdad. Fíjate, no habia caido.” “Y qué pensabas que era?” “No sé. Un ángel.” “A lo mejor es un ángel.” “No creo. Cuadra más lo que dices. Debe ser un evangelio de verdad. Hay uno que se llama Juanis?” “Hay un Juan.” “Ah. Ese debe ser. Pero es una mujer.” “Es una mujer?” “Sí. En fin, eso me parece.” “Y el Juanis de dónde viene? Parece griego.” “Ah sí?” “Es que el señor Gaucher dice que hablas francés.” “Yo? Pero si no hablo ni una palabra.” “Es que repetí lo del remontar a los infantes y se rió todo el mundo y dijo el señor Gaucher que eso era francés, y quiere decir sublevar.” “Es francés?” “Sí.” “Fíjate que cosas.” “Y tú no lo sabías?” “No.” “Y cómo pasa todo eso?” “Es que la señora de la Mota está a punto de renegar de religión porque el Papa tuvo un hijo.” “Y no quieres que pierda la religión?” “Es que son dos cosas distintas la iglesia y la religión. Y le dije al Juanis que hiciese un milagro para que no renegase de religión.” “Y lo ha hecho?” “Dice que tenemos que hacer un esfuerzo nosotros porque hay momentos en los que ya no oye Dios.” “Vaya. Tan mal están las cosas. Pues vaya por Dios. Y qué tenemos que hacer?” “Pues no sé.” “Yo iré a hablar con la señora de la Mota.” “Tú?” “Sí. Y qué le vas a decir?” “Que son dos cosas distintas la religión y la iglesia.” “Con cara de mucha autoridad?” “Imperial? Sí.” “Bueno.” “Y tú crees que servirá de algo?” “Seguro. Ella siempre hace caso de los generales.” “Pero yo no soy general.” “Da igual. Algo parecido. El reflejo de la soberanía que está por ser aun definida.” “Y que lo hace todo mal.” “Bueno, no todo. Eso está bien hecho.”

“Nos metieron un conejo, verdad?” “Sí.” “Un puerco de la iglesia nos dijo que la secta era esa y nos pusimos a matar  a gente sin ton ni son.” “Eso creo.” “Porque los de la secta eran ellos.” “Eso parece.” “Vaya. Esto parece un campo de conejos.” “De liebres, Vati, que los conejos están en los corrales.” “Y las liebres andan libres.” “Sí, por los campos.” “Aqui hay de todo. Conejos, liebres y hasta pollos.” “Sí. Y jaguares, y panteras y hasta llamas del infierno.” “Estamos infiltrados por todas partes.” “Por todas partes. Es que esto parece un colador.” “Y tú te fiarías del señor Gaucher.” “Pues mira, en este momento, sí, casi sería el único del que me fiaría.” “Y eso?” “Porque ahora entiendo lo que ha pasado.” “Y te parece inocente.” “No entendía, Vati, él iba a su bola y se metió en un lío de tres pares de narices. Si hasta tú te has metido en las llamas del infierno sin darte cuenta tan siquiera.” “Es que parece tan inocente tu madre…” “Pura apariencia, nada más.” “Y del Dr Nield, te fías?” “Pero si no lo conozco.” “Asi, por lo que oyes.” “Parece una persona muy seria. Tú te fías?” “Sí. Aunque a veces nos peleamos.” “Y de Mutti te fías?” “Ni un pelo.” “Bueno. Entonces debe ser de fiar el señor Nield.” “Bueno. Vamos a hacer una reunión en el cuartel general y vamos a ver qué decisión tomaremos.” “Bueno.” “Y tú te quedas fuera de todo esto.” “Bueno. Pero tengo alguna pregunta que hacerle a las llamas del infierno.” “No tenías demasiado miedo?” “Sí. Pero ya se me ha pasado y tengo una curiosidad.” “Y cual?” “Ya te contaré si me sale.”

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Resultó al final que de hecho casi había estallado una guerra civil al hacerse saber que unos cuantos años antes mi tío abuelo había registrado a un ‘Oberhauptmann’ del ejército en algún sitio y ofuscarse los partidarios de la incipiente casa imperial. Como no se sabía muy bien quién era el usurpador pues utilizando un nombre, en toda evidencia, falso e inexistente, se hacían insistentes llamados a través de las vías ancestrales para que se presentase el pretencioso, si se atrevía, cosa que si no hacía, haría recaer el título nuevamente adquirido sobre la parte que reclamaba. Fue de ese modo que llegué inocentemente a la cafetería Armenia aquel día.

Robert Risch, de quien me dijeron que había sido colocado como guardia personal mío – colocado, además – tuvo tiempo de decirme que había estado a punto de estallar una guerra civil y que qué había pasado, y le dije solamente que habían llegado a un acuerdo entre las partes. Poco después fue despedido por chismorrear en los asuntos de la alta cancillería, diciéndose además que era libre de asumir su destino y que si algún día había necesidad de sus servicios, se solicitarían de nuevo.

Mi padre me preguntó que cómo se me había ocurrido semejante cosa y le dije que él nunca me había dicho nada y que yo me había enterado de que el ejército no tenía comandante en jefe y había ido rápidamente a resolver el problema por si acaso surgía algún usurpador en algún sitio. Evidentemente la culpa recayó inmediatamente sobre la señora Checa a la que se acusó de inmiscuirse en exceso en los asuntos del vecino. El señor Gaucher parecía fascinado con los inmensos progresos que había hecho la feminidad en asuntos de política y se propuso de inmediato estudiar con más detalles las estrategias del Castillo de la Mota, cuya vertiente ‘rumor’ y ‘teoría psicológica’ habían, dijo, escapado durante largo rato a la fauna masculina. “Nos lleva 20 años de adelanto, tu hija, Arne,” dijo después. “No vas a poder con ella.” Mi padre hizo indagaciones sobre la naturaleza de la estrategia, pero no le fue revelada no fuese que terminase por hacer una burda copia sin el permiso de nadie. “Es que las mujeres no pueden ser comandantes en jefe del ejército,” dijo. “Ya,” contesté. “Ese era todo el problema. Por eso lo puse en un virtual para ver si surgía otra cosa por el camino.” “Y no se te ocurre nada más?” “Pues no, por el momento.” “Y por qué no pensaste en mi?” “Porque tú ya eres. Pero no es tan fácil porque hay que subirse de rango.” “Subirse de rango?” “Los comandantes en jefe de los ejércitos, para que no se mezclen con el ejército, son los soberanos. Los soberanos son reyes o emperadores porque solo asi rigen sobre una fuerza nacional. Nosotros solo somos barones, y no sirve, porque no se reconocen, y entonces, solo Freiherren. Cómo subes de Freiherr a rey o emperador?” “Según la costumbre, por voto del consejo. Cada uno expone sus razones y después se vota y se queda uno.” “Sí, pero el consejo es del siglo XII. Y que yo sepa no tiene validez hoy en día. Ni tampoco cuando se tomó la decisión. Es la costumbre contra las leyes y eso no lo reconoce nadie hoy en día.” “Y entonces?” “Entonces hay que anular la vigencia del gobierno de Hitler con sus implicaciones, formar una aristocracia femenina que tenga la misma validez que un gobierno, demostrar que este gobierno no es válido y quedarnos con todo el pastel. Por eso solo lo podía hacer una mujer. Restaura la validez del dominio femenino y de la costumbre, se instala cómodamente en su puesto, pega muchos gritos e invalida el gobierno.” “Y no dirán nada los aliados?” “No pueden. La soberanía es derecho de los pueblos y surge de dentro.” “Y quién será el Oberhauptmann en ese caso?” “Pues no sé, es que es muy complicado. Yo, para empezar. Pero si luego digo que tal, pues se va a otro sitio. Pero eso es delegar la soberanía, lo que no se puede. Me parece que me he metido en un lío muy grande.” “Y con qué consejo te haces emperador?” “Con uno nuevo. En el fondo, ni eso. Solo hace falta una persona que reconozca al emperador porque la costumbre de algo nuevo es distinta de la ancestral.” “Pero luego te tiene que reconocer el consejo. Si quieres todo el pastel, quiero decir.” “Bueno. Yo es que no quiero todo el pastel. Pero, y se venía algún usurpador?” “Y si pones a tu hermano?” “Es que mi hermano es un conejo, Vati, y por eso tuve que salir corriendo.” “Un conejillo de Indias de esos?” “Sí.” “Los dos?” “Sí.” “Ya.” “Y ahora qué hacemos?” “Tú que dices?” “Pues que hay que hacer una aristocracia femenina para evitar que haya tantos conejillos corriendo por todas partes y lo de vuestra competencia, pues no sé.” “No sabes?” “No.” “Y si están de acuerdo con que seas el Oberhauptmann?” “Pues no sé. Y yo qué sé lo que hace un ejército.” “Pero puedes aprender?” “A pensar cómo tú? Que ahora esto es mío, y ahora te quito esto, y luego te engaño y ahora te vendo y todo eso? Pero si es que no sé. Yo no sé de dónde os sale todo eso, pero desde luego no lo compartimos. Tendría que pensar como vosotros y realmente me parece muy complicado.” “Y si haces un esfuerzo?” “Pues tendrá que ser un esfuerzo muy grande. Realmente quieres?” “Podrían estar de acuerdo. Y no hay otra solución. Porque lo legitimas como dices.” “Pues vaya. Yo que pensaba que alguien me sacaría de este enredo. Bueno. Entonces tendré que tomar cursillos. Pero en ese caso tendrá que ser Ana quien se ocupe de la descendencia. Además sería la segunda.” “Solo queda Ana.” “Pues sí. También tiene muchas ilusiones como tú y no hay quien se las quite, aunque sean mentira.” “Asi te diste cuenta?” “Pues sí. Y están haciendo muchos complots y algún día de estos va a pasar algo.” “Te van a matar.” “Quizá. No lo había pensado.” “Pero si tu madre es nieta de Alfonso XIII?” “Pero nosotros somos emperadores, Vati, somos mucho más que ellos y además es una línea bastarda y además somos mucho más viejos y encima son franceses.” “Una línea bastarda? Dime lo que sepas.” “El otro día durante uno de esos múltiples complots me dijo Mutti que alegaría que tenía tara congénita si la acusaban de terrorismo y que eso lo había dicho el Dr Guerra, que es el médico de familia. O sea que alguien sabe algo. Y una tara congénita es una mezcla de sangre muy próxima. Y la abuela dice que ella era huérfana y que sus padres murieron en un accidente. Y yo deduje que Alfonso XIII le había hecho una hija a una prima o hermana de padre, o vete tú a saber. Alfonso XIII solo tuvo un hijo legítimo, Juan. Y murió muy pronto. Juan tuvo dos hijos, el primogénito y Juan Carlos, que es rey.” “Tu madre es prima del rey?” “Prima segunda. Pero ilegítima.” “Quieres decir que están un poco locos. Y eso no os afecta a vosotros?” “A Ana y a mi? No. Nosotros somos muy raros y eso parece poca cosa. Pero los otros están muy tarados y vaya usted a saber lo que puede pasar.” “Quieres decir que pueden manipular a Arne para meternos a un Borbón entre las patas en Berlín? Diciendo que es hijo mío?” “Pues sí. Eso es lo que están haciendo. A mi, decidió mi señora madre que me casarían con Felipe porque ya me habían reservado y Arne se va a Berlín.” “Con Felipe?” “Sí, el hijo de Juan Carlos.” “O sea que se quieren quedar con nuestro imperio.” “Eso parece.” “Y tú que dijiste?” “Que se fueran a hacer reservas al hotel.” “Muy bien hecho. O sea que no quieres casarte con Felipe?” “Yo? Y de qué? Si ni siquiera lo conozco. Y además cómo vas a casar a un Oberhaptmann alemán con un príncipe español. Quedaría muy maricón. Quiero decir porque el Oberhauptmann es siempre un hombre.”

“Todo eso es muy raro.” “Sí. Pero es que nunca tienes tiempo con tus guardias para enterarte de lo que pasa en casa.” “Cómo tiene tu madre contactos hacia la casa real?” “Pues es que es eso lo raro. Yo creo que es una espía real.” “Una espía real?” “Algo más. Está metida en un lío muy grande y no sé cómo se va a salir de estas.” “Qué quieres decir?” “No sé. Te acuerdas de Carrero Blanco y todo eso? El otro día hablábamos de otra cosa y me dijo que qué tenía que ver Carrero con todo eso y salieron muchas chispas en mi cabeza.” “Es decir?” “Solo a la monarquía le convenía la muerte de Carrero Blanco. Pero Carrero Blanco murió justo en frente de la casa de la abuela. Y si alguien filtró la información?” “Tu madre?” “Mi madre lo sabía y la abuela también. Sabían a qué hora iba y cuando. Y luego, por qué hacer semejantes reservas si no debes un favor?” “Quieres decir que tu madre le dijo algo a alguien y luego pusieron una bomba.” “Algo asi.” “Y ahora tu madre tiene miedo de que la quiten de en medio porque es testigo de algo y ha lanzado todo este bombardeo contra BRIAM. Porque fue ella, el Perse aquel.” “Bueno, el Per se era el estado. Es que fueron por otra cosa y se encontraron con unas cosas sospechosas en casa del señor Gaucher.” “Ah. Entraron en su casa. ” “Sí.” “Y tu madre buscaba alguna prueba de adulterio que se cometiese con alguna señora en su casa?” “Más o menos.” “Y esa historia de los maricas?” “Pues es que había unas fotos con unos soldados un poco sospechosas para la señora de la Mota y se lió aun más. Pero ves, Mutti sabía lo de la pastilla y lo de la cruz de Santiago del mechero y lo de las milicias y yo creo que los mandó ahi para que encontrasen con el resto.” “Y cómo sabe tu madre todo eso?” “También trabajó en BRIAM. Y dijo, cuando le hablé de la pastilla, que ‘como Madame Bovary’ y eso me pareció muy raro, como si se lo hubiese dicho el Gaucher.” “Y Madame Bovary qué tiene que ver en todo eso?” “Es que ella se envenenó con mataratas.” “Y luego hicieron unas pastillas con la misma sustancia.” “Probablemente.” “Eso es muy enrevesado.” “Sí. Eso es lo que hace una tara congénita.” “Se lían y se lían los pensamientos hasta que da una especie de madeja enredada.” “Algo asi.” “Ya. Tú piensas que está muy asustada?” “Yo lo creo. Y encima como ni siquiera le dices que ha metido muchos conejos en la casa pues se piensa que se saldrá con la suya.” “O sea que quieres que se lo diga.” “Y tú, cómo lo sabes?” “Yo tengo mis propios medios.” “Bueno. Pues dile de una vez que sabes cuantos conejillos tienes en casa y si quieres hacerla de rabiar de verdad, dile que te da exactamente lo mismo.” “Es que me da lo mismo. Todo lo que nace dentro del matrimonio es mio.” “Ves? Qué acaparador. Te llevas hasta las taras a Alemania.” “Es que los vi nacer y ya me acostumbré a ellos.” “Ya, pero y si son muy malos?” “Si son muy malos, los echarás tú de casa.” “Yo?” “Sí. Ya te diré en su momento.” “Bueno. Entonces cuando mueras tú, voy yo primero, luego Ana, y después Karen, Arne y Jorge. Y si alguien insulta tu nombre, lo echo fuera.” “Así, exactamente. Quién nos defendió en casa cuando se montó el lío?” “Solo Ana.” “Pues solo ella es hija mía, contigo.” “Y los demás sabían lo que pasaba?” “Pues sí. Y dijeron muchas tonterías. Y solo Karen dijo que no quería líos.” “Y los otros?” “Arne dijo que si eras marica lo publicaría en un periódico y sería el jefe de familia desde ese momento. Está loco, Vati, está loco.” “Y tú que dijiste?” “Le dije a Mutti que si seguía remontando a la población infantil contra su padre se montaría un pifostio, pero un pifostio de verdad.” “Y qué hiciste?” “Pues como seguía y seguía le dije un día que me llevaba a su conejo a pasear y me vine por aqui con él.” “Y?” “Le saqué una foto con su padre de verdad y se la enseñé a Mutti y le dije que lo llamaban ‘el carretero’. Se puso blanca y no dijo nada y le dije que si quería te la enseñaba.” “Y era un carretero?” “No, tocaba la guitarra.” “Y tú cómo lo encontraste?” “Pues es que Mutti lee los pensamientos y siempre dice lo que estás pensando tú. Y me pareció muy divertido y me puse a hacer lo mismo, pero en vez de leer los pensamientos me puse a encontrar los orígenes de todos los conejos.” “Y no leías pensamientos.” “No.” “Y no sabes leer pensamientos?” “Pues no, eso no me salía.” “Y sabes de dónde vienen los otros conejos?” “Pues sí, pero no te lo voy a decir porque no has hecho ningún esfuerzo por encontrarlos.” “Me parece que tengo que empezar a ocuparme un poco más de los asuntos de casa.” “Eso me parecía a mi también.” “Y a ti te da lo mismo si tu padre fuese un marica.” “Eso es problema suyo. Pero es que la señora de la Mota se pone muy nerviosa con esas cosas y piensa que uno ya no es padre cuando se es marica.” “O sea que me quería quitar a los hijos.” “Pues sí.” “Por eso dijiste que me quedase con el señor Gaucher.” “Pues sí.” “O sea que te has enfadado mucho.” “Bastante.” “Y le vas a poner a todos los padres de los conejos delante?” “No. No haría tanto esfuerzo.” “O sea que sabes que la tara es distinta porque pasó una cosa distinta cuando quisiste leer los pensamientos como tu madre.” “Sí.” “Y era más fuerte lo tuyo.” “Por el momento se ha pegado un susto enorme y no rechista.” “Y qué le dices?” “Que son los servicios de contraespionaje de la casa imperial alemana.” “Pero eso no debes decirlo, es un secreto.” “Igual no es verdad. Lo de los servicios de contraespionaje, quiero decir. Además ya estoy harta de tanto secreto. Y después no se lo va a creer igual. Cuando le dices las cosas de frente, nunca se lo cree.” “Eso es verdad.”

“Y qué hace la tara de tu madre a parte de leer pensamientos?” “Pues parece que está haciendo la segunda guerra mundial, pero sola. Como si reprodujese los esquemas de pensamiento borbónicos en la historia pero de una sola vez.” “De una sola vez?” “Sí. Imagínate que España apoyase el catolicismo irlandés por oposición hacia la casa real inglesa y luego apoyase la invasión polaca por parte alemana para irritar a los rusos y luego metiese a los polacos en Francia para que ya no tengan historias de amor, y todo eso, y luego meten un conejo en Alemania y luego estalla la guerra. Pero todo junto.” “Tú crees?” “Eso parece. Como si se hubiese espacializado una historia ancestral. En un punto estático.” “Pero cómo tiene esos contactos hacia la PJ?” “Pues mira. Tras mucha indagación resulta que la directora del Castillo de la Mota es la prima hermana de no sé quien en la PJ y como fue mi madre quien fue con el cuento de la Scoeux, la pobre señora, luego le debían un favor y os echó los perros.” “Es que no se llama a la PJ por un asunto de amantes.” “Pues no. Y fíjate la que se ha líado.” “La señora Scoeux estuvo en la PJ? Pues nunca se lo dijo al señor Gaucher.” “No. Cómo le va a decir semejante cosa. Qué vergüenza.” “Claro. Las mujeres. O sea que estuvo en la PJ, la señora Scoeux. Y dijo lo del hijo del Papa.” “Sí.” “Vaya. Mucho corre la información de ese lado del telón.” “Un torrente parece eso, un torrente.” “Y tu madre acusó a la señora Scoeux de ser espía.” “Tú se lo dirías, porque yo te lo dije a ti.” “Pues a lo mejor le comenté algo. Es posible. Quién iba a saber lo que se montaría después.” “Pues fíjate, fíjate. Una frase caída asi descuidadamente lo que puede organizar.” “Y tú has hablado con la señora de la Mota, aquella?” “Pues no. Pero quería conocerme, fíjate. Y cómo iba yo a presentarme con tanta hipocresía y tanto juego sucio por todas partes.” “Y qué dijiste?” “Que agradecía la amabilidad de la invitación pero que como súbdita alemana no debía inmiscuirme en asuntos de justicia española.” “Y se lo creyó?” “No insistió.” “Y por qué no fuiste?” “Porque si esa señora, Vati, le hizo cantar hasta las mañanitas a la sra Scoeux, a mi me va a hacer recitar el mío Cid de memoria y en verso.” “Tú crees?” “No, estoy segura. Esa mujer es muy lista, pero que muy lista, Vati, y yo soy muy joven todavía, aun y con poderes supersónicos.” “Y en qué consiste tanta inteligencia?” “Pues es que se cree lo que dices y no rebusca. Entonces tú empiezas con un montón de mentiras, ves que te lo creen, te confías, y empiezas a cantar poco a poco, disimuladamente, te sigue escuchando, no te interrumpe, como si apenas se diera cuenta de tanta contradicción y tú sigues y sigues y al final acabas en una oscura mazmorra para siempre.” “Y tú cómo lo sabes?” “Pues lo deduje de lo que decía Mutti de lo de la Scoeux. Tú no le sueltas a alguien de buenas a primeras que sabes que tal era el hijo del Papa. Le das largas, cuentas cuentos, que no te acuerdas, que no sabes nada, que cualquier cosa y el precio de las pipas y luego te preguntan cómo se llama tu madre y si tienes hermanos, empiezas a sentirte en tu casa, pides un té, te lo dan aunque no te lo esperes, y gira y gira, y claro, esos maridos que siempre te ponen los cuernos y etc. y poco a poco, poco a poco sale hasta el hijo del Papa, si hace falta. No. Es una estrategia muy malvada. Yo me confiaría.” “Como yo.” “Sí. Igual.” “Pero si tú siempre desconfías.” “Sí, en un principio. Pero no puedes desconfiar tampoco con esa gente porque si te cierras demasiado, parece sospechoso. O sea que guardas cierta naturalidad, pero claro, luego te confías porque es lo natural y empiezas a contar de todo. E imagínate que sale lo de Carrero Blanco, por ejemplo. Ya está. Todos a la mazmorra, golpe de estado, guerra civil, guerra con Francia y vete tú a saber. Con esas señoras hay que tener mucho, pero mucho cuidado.” “No contarías lo de Carrero Blanco.” “Pues quizá sí. Con lo de la Scoeux casi me muerdo la lengua. No me callaba, me dije. Pero era una vanidad, como lo de Sigfrido y me salió asi espontáneamente. Si alguien me pregunta con aire muy interesado sobre una tara congénita que ocupa mi espíritu en ese momento y me pongo a dar ejemplos y digo, claro, y en ese caso pasa todo esto, se lía el pastel sin que me de cuenta. Lo estoy combatiendo pero por el momento me siento un poco débil con respecto a ese aspecto de mi carácter.”

“Yo quiero conocer a esa señora.” “De verdad?” “Bueno.” “Se puede?” “Supongo.” “Y cómo?” “Pues como Mutti dice que no la voy a engañar nunca más como a una china, le diré que lo mejor que puede hacer para que ya no piense nadie que está turulata, es presentarse con toda su familia, coche e hijos en el Castillo de la Mota, por ejemplo, con la excusa de recordar viejos tiempos, y todo eso.” “Y vendrá?” “Pues, seguramente. Si ella quería conocerme podemos matar dos pájaros de un tiro.” “Realmente estoy curioso por conocer a esa mujer. Mira que sospechar correctamente todas esas cosas del señor Gaucher. Y luego esa estrategia de creérselo todo. Se parece a mi. Y al final, siempre salen todas las verdades a relucir aunque no nos guste.” “Pues sí. Es parecido pero lo suyo está más estudiado. Lo tuyo es más inocente.” “Como si nos hubiesen copiado la estrategia.” “Imitado. Adaptado. Sí. Algo así.” “Y si quiere venir el señor Gaucher? Es que también está muy curioso. Dice que si las cosas funcionasen asi en Francia estarían muy pero que en muy otro sitio.” “Pues menos mal que no hacen allanamientos de morada tras acusar a alguien de ser marica…” “No, es que es muy pero muy perspicaz esa señora.” “Bueno, da igual. En todo caso, no lo metas en esto no sea que termine por sospechar que es el padre de otro de los conejos.” “No creo que a la señora de la Mota le interese eso.” “Al contrario, al contrario. Aqui insisten mucho sobre esos aspectos de la realidad humana. Fíjate. Ponerle un médico de cabecera a Mutti que sabe lo de la tara congénita, por si acaso pasa algo… Luego pasa algo igual, pero por lo menos le tienen un ojo echado al asunto.” “Tú también te crees siempre lo que dice tu madre.” “Sí. Y fíjate el pastel que se ha organizado.” “Hay gente que sospecha siempre de algo que se esconde detrás de lo que se dice.” “Sí.” “Y en ese caso no sale la verdad a relucir.” “No.” “Eso es lo que quería saber el señor Gaucher. Que no puedes acusar a alguien de algo asi porque te parece.” “Sí.” “Y entonces por qué acusabas al señor Gaucher?” “No, eso tiene que ver con la lectura del pensamiento que salió tan mal. Se encuentran pececillos dentro del agua que cuentan muchas cosas.” “Pececillos dentro del agua … Yo también veo eso.” “Ves? Tú también lo sabías.” “A lo mejor yo tenía miedo también de algo oscuro. Es posible … A veces se irrita mucho.” “Pero no lo confesará hasta que alguien se crea todo el cuento.” “Contigo no confesaría.” “No.” “O sea que no querías que me diese cuenta.” “No… A veces cambias de estrategia a ver qué pasa.”

“Bueno. Tenemos muchas cosas de las que hablar. La semana que viene a la misma hora.” “Bueno.”

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Sucedió que se iba complicando realmente el asunto del otro lado del navío y amenazaban motines de diversa índole. Mi padre, por suerte, no se enteraba de nada y llegó finalmente con un montón de información: el señor Gaucher no tenía un amigo alemán y las tres casas de la propiedad de la familia eran suyas de antes de la guerra, con documentos, papeles y tasas pagadas al estado. “No me creo lo del amigo alemán. Dame nombres de gentes que estuviesen alrededor suyo por aquella época.” Y alistó unos cuantos muy mal pronunciados hasta que llegó algo que se parecía a Maquenbascher y le dije, ‘ese es, es un nombre alemán. Dile que te lo escriba y verás cómo lo pronuncias tú.’ Resultó que le insinuó al señor Gaucher que se pudiese que ese nombre fuese alemán, causando una enorme perplejidad en el susodicho. “Ese nombre es alemán? Ah. Entonces quizá sea cierto lo que dice su hija. Quizá sea cierto.” Esto causando bastante sorpresa en mi padre, ya que el señor Gaucher nunca cambiaba de opinión. “Y que alguien pensase que era un alemán y me acusasen de traición? Pero, quién? Tengo que pensar en eso, porque puede ser muy cierto. Era mi profesor en el colegio en Bourges. Le deformaron la cara durante la guerra y se cambió de nombre. Ya no se llamaba Lackenbacher, sino Mackenbacher y se metió en la iglesia.” “Le deformaron la cara y se metió en la iglesia?” “Bueno, dijo textualmente, ‘le sucedió una desgracia’.” “Pues de ahi a que le deformen la cara.” Finalmente la desgracia era de otra índole ya que según dijo delicadamente más tarde ‘había perdido las posibilidades de reproducirse.’ “Lo que explica que se metiese en la iglesia.”

(Lo que implica que la carta de 1934 firmada Mackenbacher, es falsa también, ya que no había cambiado de nombre aun y está firmada por Mackenbacher y no por Lackenbacher.)

“Habría que pensar,” le dijo a mi padre finalmente, “quién podría haberme traicionado.” “Alguien,” apunté, “que hubiese podido tomar decisiones erróneas de cierta envergadura y quisiera echarle el muerto a alguien.” Pasaban los días. El cambio progresivo de la situación hacía sospechar que la señora de la Mota estaba allanando nuestra morada con el permiso de mi madre, por lo que le dije a mi padre aquel día que ‘psst’ y que nos veríamos aquella tarde en Armenia. Parecía un tanto descompuesto y a punto de contarlo todo, cosa que se evitó in extremis y quedamos sobre las cuatro de la tarde en el centro. Nos buscamos un lugar un tanto escondido, al fondo, en una mesa apartada y no pudo retenerse mucho rato por lo que al cabo de unos segundos dijo ‘que yo tenía razón, que Gaucher era un asesino’. “Pues vaya,” dije, “y eso después de tanto esfuerzo por sacarlo de su mazmorra.”

Resultó que la presión ejercida por la policía más mis tenaces insinuaciones habían provocado una confesión ‘que nunca había hecho antes’ en el señor Gaucher, causando una enorme confusión en los esquemas predeterminados de mi padre. “Y qué hizo finalmente?” “Pues resulta que el Mackenbacher en cuestión le encargó ‘por órdenes superiores’ una serie de crímenes sobre los miembros de una secta.” “Ah si?” “Y eso son asesinatos aunque sean órdenes superiores?” “Pues sí, porque el Mackenbacher en cuestión no era superior suyo.” “Era su profesor.” “Y aunque fuera su padre.” “Lo que no entiendo es por qué tienes el derecho de matar a alguien cuando te dan una orden y no se tiene cuando no te la dan.” “Derecho no tienes ninguno. Pero la jerarquía exonera de culpa y la hace recaer sobre aquel que dió la orden, que es el que lleva la responsabilidad. Tú tienes que someterte a órdenes. Si tu superior te da una que es ilícita, recae sobre él y no sobre ti por haberla ejecutado.” “Y si eran malos los de la secta?” “No eres tú quien juzga.” Y se puso a llorar. “Y yo que creía en su inocencia como un tonto, como un tonto.” “Bueno, tampoco te pongas asi. Si nos lo ha confesado es que quizá aun se pueda hacer algo.” “Es distinto?” “Sí, mucho. El problema es que alguien que ha cometido una serie de crímenes puede que los vuelva a cometer y tampoco es cuestión de dejarlo suelto asi de cualquier manera. Pero si los confiesa, podemos ver si encontramos alguna solución al asunto. Tú dices que se le ha pasado la angustia desde que se puso a llorar en la PJ.” “Sí.” “Ves. Algo le pesa. Y lo que le pesa es lo que le costó la vida a Desbrières.” “Dice que a ese no lo mató pero que aquel lo llamó traidor.” “Lo que significa que lo mató pero que no puede decirlo a voz muy alta porque está en España. Ese hombre no sabe quién es, y ese es todo el problema.” “Me preguntó que si Dios perdonaba a los asesinos.” “Dios todo lo puede. Nosotros somos quienes no podemos porque somos muy poca cosa y solo nos queda lo que ordena las sociedades para proteger a quien no puede defenderse. Pero Dios … La cosa es que tendríamos que saber quién es.” “Y cual es la diferencia?” “Alguien puede cometer una serie de crímenes de modo irreflexivo o tener la voluntad de cometerlos.” “No dirás que es irreflexivo el someterte a órdenes.” “No. Lo que es extraño es que se someta a órdenes de alguien que no tiene ninguna atribución para darlas. Como si se le cruzasen los cables en algún sitio. Y cuando todo se junta, termina por matar a alguien sin órdenes siquiera.” “Lo llamó traidor.” “No es razón. Ese tipo no es francés.” “No es francés?” “No. Debe ser de origen alemán, de Prusia, cuanto apuestas?” “Algún conejillo de segunda o tercera generación?” “Probablemente.” “Y entonces?” “Algo reprime o esconde. Es más francés que los demás para disimular su origen y en algún momento oye una voz que se parece a algo que tiene en el inconsciente y le da una orden y se somete a ella porque es marica.” “Qué?” “Sí. Es muy sencillo. La sociedad no tolera ciertos comportamientos, o sea que los reprimes, disimulas y aparentas otra cosa. Se crea un doble fondo. No puedes evitar encontrarte con un novio de vez en cuando, o sea que tienes dos vidas paralelas. Si además tienes un origen étnico distinto, una mitad, de la nacionalidad adquirida, se asocia con la apariencia del comportamiento sexual, mientras la reprimida se asocia a la otra. Como sigues las órdenes de los impulsos sexuales, sigues las órdenes de alguien que tiene la voz de tu lugar de origen.” “Pero Mackenbacher era francés.” “Era?” “Imagínate lo siguiente. Mackenbacher tampoco sabe de donde viene. Se enlista en el ejército y se va hacia la frontera. Alguien que vive por ahí se pasa de listo, le dice que es un traidor y espía alemán y le cortan los huevos, con perdón y él que hace?” “Se pasa al ejército alemán.” “Yo diría.” “Pero se mete en la iglesia.” “Eso no tiene nada que ver. La iglesia no es patria. Entra en algún tertulio político, y se somete a órdenes que transmite.” “Tú crees que es eso?” “Es posible.” “Y cómo se puede saber?” “Es muy difícil. Pero sería un indicativo el hecho de que se le de por muerto en Francia durante la guerra, por ejemplo.” “Y es el caso?” “Y yo qué sé. Habría que tener acceso a los archivos.” “Y lo buscarás?” “Otra cosa más que hacer. Bueno. Pero más tarde.”

(De hecho Mackenbacher, o mejor Lackenbacher, profesor y sindicalista de Bourges es dado por muerto en el frente en 1940. Según fuentes de wikipedia.)

“Ese Lackenbacher era marica?” “Fue su primer amante.” “Vaya falta de seriedad, esta gente. Puede que fuese eso lo que causase su desgracia.” “Siempre cambias las versiones.” “No. Si es que saber no sabemos nada. Son puras conjeturas. Lo que no cambia nada al hecho. Hay algo que explica que terminase por tenerles tanto odio a los franceses como para incurrir en alta traición. Que sea una cosa o la otra, en el fondo da lo mismo.” “Es alta traición?” “Lo de Mackenbacher? Sí. Está ordenando la situación política en Francia a través de órdenes extranjeras.” “Puede que fuese un francés quien lo ordenase.” “Un francés? Matando a enemigos internos a través de un simbolito con una espiral? Parece muy raro.” “Y si fue la iglesia?” “La iglesia … Pudiese ser. Pero me parece muy raro. Eso de los simbolitos parece más bien una alusión a algo esotérico que se utilizase para detectar algún movimiento político más o menos secreto. Lo ves? Gaucher no atacaría a un político francés. Pero una secta peligrosa … Eso es alemán.” “Los alemanes no harían jamás algo asi.” “Ya ves que no. Y no te digo el ejército, pero parecen pequeñas mañas de la Gestapo o algo asi. Si supieras la cantidad de idiotas que andan por el mundo.” “No te metas con Alemania.” “Oh Deutschland, bleiche Mutter (oh, Alemania, pálida madre …)” “Habíamos dicho que nada de floripondios.” “Ya hemos salido del juicio final.”

“Pero no es alta traición de parte de Gaucher?” “No. Aunque … Si sabe que Mackenbacher es dado por muerto, sabe que no es ‘francés’ en tanto que entidad política.” “Eso es muy complicado.” “Todo lo es.” “Y entonces?” “Entonces … vamos a hacer una hipótesis.” “Bueno.” “Tú realmente prefieres pasar el asunto a la dimensión moral y dejar fuera las instancias judiciales de todo ello?” “Sí. De todas las maneras es demasiado complicado.” “Bueno. Entonces dile a ese hombre lo siguiente: ‘que se imagine por un momento que es alemán. Que dentro de ese pensamiento, ordene todos los papeles y las cosas que tiene, lo que le quede, y tire todo el resto.” “Qué tipo de papeles?” “Lo que esté ligado a la segunda guerra, principalmente, de 1940 a 1960. Y luego si tiene alguna referencia en algún sitio a la muerte de Carrero Blanco.” “Está metido en eso también? Porque eso ya es muy grave. A los  generales no se los mata.” “Y a los ministros no se los condena a muerte …” “Qué?” “No, nada. No, no creo que esté metido en eso. Pero tiene amistades entre los generales y el Conde y todo eso y puede que supiese algo.” “Y para qué quieres saber eso?” “Estoy intercambiando información con la señora de la Mota a cambio de que dejen de molestar al señor Gaucher.” “Y si no sabe nada?” “Pues mejor, menos lío.” “Ah, y las cartas de amor desesperadas. Pueden ser indicativas de algo.” “Yo no quiero saber nada de las cartas de amor.” “Encima celoso. Bueno, pues sin cartas. Y si te escribió alguna a ti?” “Déjate de tonterías.” “Bueno, entonces esas tampoco.” “Y para qué sirven las cartas de amor?” “Para sacar un perfil psicológico.” “El señor Gaucher dice que no tiene a penas cartas de aquellas épocas pero que siempre guarda borrones de las suyas y que le quedan algunas pero que no le parece que contengan nada interesante.” “Eso está por ver.” “No fuese interesante analizar de cerca semejante especimen de locura particular …” “Qué?” “No, nada.” “Había campos de concentración en Holanda también.” “Ah. Vaya. Pues que lo apunte en lo alto de una carta, asi, descuidadamente. Ya veremos eso después. Esto se vuelve cada vez más interesante.” “Se llamaba …” “No me lo digas, se me va a olvidar. Además hay que hacer mucha investigación antes de llegar a alguna conclusión decisiva.” “Tú siempre te acuerdas de todo.” “Tengo mala memoria para los nombres.” “Bueno. Y después?” “Después … Que corte las cartas un poco en pedazos en los lugares irrelevantes y que contengan muchos borrones y demás.” “Y eso para qué?” “Para quitarles importancia, por si alguien se acerca demasiado.” “Pero si ya ha terminado el juicio.” “No ha habido juicio, Herr Kasten, han puesto fin a una investigación preliminar sin levantar cargos. La PJ nunca cierra un caso.” “No?” “No. Sobre todo cuando recae bajo las leyes antiterroristas.” “O sea que seguirán dando vueltas alrededor suyo?” “Es probable. Incluso puede que os hayan metido algún espía entre las patas, de todos o todas las interrogadas. Si me seleccionaron a mi también.” “Ah. Pues sí.” “Siempre hay que tener cuidado.” “Mejor.”

“Quería preguntarte algo.” “Sí.” “Y me dirás la verdad?” “Lo intentaré.” “El señor Gaucher quiere saber si lo vas denunciar. Porque tú eres la única que lo sabe todo.” “Yo? Yo soy menor de edad y no asumo esas responsabilidades. Suerte vuestra, por cierto.” “Y cuando tengas 18?” “Tendré mucho cuidado de olvidarlo todo hasta entonces.” “Bueno.” “Y yo, puedo hacerte una pregunta también?” “Dime.” “Qué narices es eso del Winterose?” “Tú cómo lo sabes?” “Todo se sabe.” “Es que como nos quedamos sin emperador, el ejército decidió hacerse uno para tener algo por lo que luchar.” “El ejército?” “Bueno. Hubo unos señores hace mucho tiempo, me parece que durante la época de Hitler, que tomaron esa decisión.” “Señores? Freiherren?” “Algo asi.” “El Uradel (la aristocracia antigua)?” “Me parece.” “Y cayó sobre la abuela?” “Es que era mujer y asi no sospechaba nadie.” “Ah. Y por qué nosotros?” “Porque somos los más viejos.” “Nosotros?” “Eso dijeron. Tú crees que uno es más listo porque la familia es más vieja?” “Pues mira, francamente, no. Se acumulan las taras y en vez de volverte más listo, te vuelves más tonto.” “Tú crees? Que somos tontos?” “Lo tontiluncio no nos lo quita nadie. Es que eres de un inocente, hijo mío. Aun te preguntas cómo después de tantos siglos.” “Pues Gaucher dice que eres muy lista.” “Eso es un accidente. Pero bueno. Y después? Cómo se ordenó la sucesión de semejante hecho arbitrario y dictatorial?” “Después decidió mi madre que fueses tú.” “Yo? Y por qué me cayó esa china?” “Decía que eras muy lista.” “A los cinco años? Porque es la única vez que me vio.” “Pues sí.” “Ya. Y, de qué modo se representa la configuración imperial en potencia?” “Tenemos guardia.” “Pues con eso … No será verdad?” “Pues sí.”  “Y pensáis hacer un golpe militar tu guardia y tú? No serán del ejército, los de la guardia?” “Pues sí.” “El ejército lo tengo yo, Herr Kasten.” “Deja de llamarme Herr Kasten.” “Es para obtener la objetividad suficiente hacia las autoridades parentales.” “Tú tienes el ejército? Y dónde lo compraste?” “Me lo vendió tu tío Otto.” “El de Wiesbaden?” “Sí.” “Y habéis hecho todo eso a mis espaldas sin decirme nunca nada?” “Hemos es muchos decir. Yo hice.” “Sola?” “Sí.” “Y tu madre no sabe nada.” “No.” “Menos mal.” “Ni menos mal, ni nada. Si lo sabe todo ya.” “Es verdad. Y entonces?” “Entonces, Herr Kasten, os pueden fusilar por complot militar contra el estado.” “Ah sí?” “Sí.” “Pues vaya.” “Me vas a hacer un favor, tú y tu complot, – otro más -, de dejar las guardias y las tonterías y de someteros por razón al emperador en potencia que será en su tiempo.” “Pero cómo lo harás?” “No hay comandante en jefe del ejército. Pero hay que meterse por ahí dentro con alguna treta porque hay mucho tratado y ley que pesa.” “Y por qué lo hiciera?” “Por lo que te daré yo a cambio.” “Y qué me das?” “Tú di que sí antes.” “Y si me engañas?” “No se puede vivir en un mundo lleno de desconfianza.” “Bueno. Sí. Se irán los guardias. Y qué me das?” “Tú te enfadas porque me puso a mi la abuela y no a ti, verdad?” “Sí.” “Y si yo te doy el mando de Alemania mientras vivas?” “El imperio?” “El mando. Si la abuela traslada el imperio hacia mi, alguna razón tendrá. Que hay cosas que necesitan tiempo para hacerse y para cuajar y que mientras vivas tú eso no se puede hacer. Pero de todas las maneras, al existir un acuerdo prealable válido, tienes el mando interno de la nación.” “Válido?” “Me han dicho que a Hitler nos lo pusieron encima algunos extraterrestres.” “Es verdad, eso?” “Es muy posible. Si eso es cierto, entonces Hitler es un gobierno ilegítimo y queda solo lo que haya decidido el Uradel. Y son sus decisiones las que valen.”

“Tú nunca estás de acuerdo conmigo en asuntos de política.” “Será por lo que hablamos. Yo pienso para una generación venidera y tú para una anterior. No tienen por qué coincidir los puntos de vista. Además estoy observando con mucho detalle lo que haces y me parece que tienes una manera muy conveniente de tratar el asunto prusiano.” “El asunto prusiano?” “Preussen ist nur überschwappendes Wasser (Prusia no es nada más que agua que desborda), le dije a Susana Prinz un día para hacerla de rabiar.” “Quién es Susana Prinz?” “Algún residuo de la nobleza prusiana.” “Me puedes explicar eso?” “Pues mira. Nosotros somos del sur. Si no hacemos guerras es porque en el fondo nuestra manera de ver se centra en la familia y en las cuestiones que se forjan a lo largo de la historia. Es como si te diesen un montón de leyes y tuvieses que componerte una existencia con ellas y las llevas incluso a sus extremos y te ríes un poco y presumes que llega el momento de cambiar alguna. Otras las dejas a ver si alguien encuentra el cómo esquivarlas elegantemente. Prusia mira hacia fuera, tiene un ideal un tanto desproporcionado de una nación gloriosa y tonitruante que conquista tierras, el mundo y las estrellas hasta que ‘da tritt der Teufel in den Kreis’ (y entonces entra el diablo en el círculo) y ya estamos, a salir todos corriendo otra vez y van tres guerras, TRES, desde que se nos subieron encima de la coronilla. Tu extraño concepto de las cosas parece producir una estabilización interna que por el momento evita la guerra y la evitará seguramente hasta mucho más allá de tu muerte.” “Y por qué se nos subieron a la coronilla?” “Porque ya no sabemos hablar. Es decir, sí, entre nosotros. Pero nuestro idioma se ha desligado de los modos de entenderse de las gentes y Luis II no supo defenderse cuando vino el Metternich aquel.” “Y cual es nuestro idioma?” “Te voy a dar un ejemplo. Tú sabías que Mutti era la nieta de Alfonso XIII?” “Sí. Me lo dijo antes de casarnos.” “Menos mal. O sea que no se lo acaba de inventar. En fin, era obvio que no se lo inventaba. Cuando yo tenía 7 u 8 años estábamos en Calpe y nos fuimos a visitar a una señora tierra adentro. Como se pusieron a hablar nos fuimos de expedición y encontramos una casa cerrada. Rompimos el cerrojo, entramos, rebuscamos entre las cosas y encontré una foto de periódico de 1912 con la familia real en la playa. Me lo llevé y se lo enseñé a Mutti.” “Hubo violación …” Dijo mi padre, sumido en una profunda meditación. “Ves? Yo digo lo mismo. Te parece muy evidente? Pues si le cuentas la historieta a cualquiera te dirá que de dónde te lo has sacado.” “Por eso dijiste que el señor Gaucher estaba hablando godo con su historieta sobre los mecheros … Ahora lo entiendo. Nosotros contamos cuentos como en un ‘Bilderbuch’ (libro con imágenes) y los demás no nos entienden.” “No. Ya no nos entienden.” “Pero tú sabes decir las cosas.” “Es que todo esto es muy nuestro. Los reyes de España, desde la Reconquista a Felipe II eran nuestros. Y dicen lo mismo pero como que lo dicen con otras palabras.” “Entonces no somos tan tontos…” “Bueno, eso está por ver.” “Y el señor Gaucher también habla en imágenes?” “Parece que hacen algo parecido en Francia, pero de otra manera. Por eso se juntan peligrosamente las juntas, a veces, y luego se separan violentamente. Al conocerte a ti, adaptó su lenguaje al tuyo y le salen otras historietas un poco distintas.”

“Y cómo arregla eso el problema de Prusia?” “Eso es sutil. En fin, eso no arregla el problema de Prusia. Lo que pasa es que transfieres las lógicas ancestrales bávaras al prusiano y da: que dos mujeres se quedan en Baviera, un hombre y una mujer en Sajonia, y dos hombres en Prusia. Si en vez de negar que se quieren, dos hombres se quieren, entonces se produce una interiorización que evita los derrapes expansionistas.” “Tú piensas que no es malo querer a un hombre?” “Depende de quién… No. Lo que pienso es que es un acercamiento al problema altamente interesante. Una tarea sin resolver desde que fusilaron al amigo de Federico II.” “Eran novios?” “Eso parece. Y tú te acercas de alguien que parece prusiano, que es marica, y que empieza a hablar un idioma un poco similar al tuyo.” “Pero yo no soy marica.” “Da igual. Es la imagen simbólica que se construye. Fíjate. Llevamos 30 años sin guerra y puede que otros 30 más.” “O sea que yo soy una solución teórica.” “Pero muy eficaz en la práctica también.” “Es que el señor Gaucher piensa que está condenado al fuego eterno porque es marica.” “Ya.” “Y no lo está?” “Si aprendiesen a querer, alguna vez. Lo malo no es querer. Lo malo es no defender lo que sientes. Y eso de hacer de tan noble sentimiento una aventurilla a 5 USD en algún barrio bajo, necesariamente acarrea divinas condenas.” “Mucho sabes tú de las órdenes celestiales.” “De los ángeles nada más, de los ángeles.”

“Y si me confundo en las decisiones políticas?” “Más error de lo que hay, difícilmente puede haber. Se nos han escurrido los conceptos hacia la nada. Y para darle hueso a semejante potingue revuelto, mucho esfuerzo nos va a costar. Y claro, claro, mucha guardia pero en cuanto tenemos que tomar decisiones, empezamos a escurrir el bulto. Tú haz una cosa: construye un punto de equilibrio en relación al lenguaje del señor Gaucher y toma tus decisiones con respecto a ello. Nada más.” “Y lo haré bien?” “No. Lo harás todo mal pero evitarás una guerra.” “Y por qué lo haré todo mal?” “Porque sospecho que hay acuerdos internos secretos que están pudriendo la realidad política. Aun queriendo, te orientas con respecto a lo que hay y eso implica que las decisiones serán en si erróneas y sin embargo evitarán una guerra.” “El ejército quiere recuperar los territorios de Polonia.” “Ya. Y sin embargo, no puede ser.” “Y por qué?” “Porque ellos han empezado tres guerras. Y si no castigas a alguien con la pérdida de algo por hacer el tonto, no aprende nunca.” “Pero dices que Hitler no era nuestro.” “No. Pero se coló en Berlín. Y le hicieron caso y se tiraron a sus pies y volvieron a soñar con los enormes imperios universales y no hubo ni uno solo a ponerle freno. Baviera no tiene territorios polacos, verdad?” “Pues no.” “Ves? No nos salimos de madre.” “Y el ejército lo comprenderá?” “El ejército comprenderá que si no hay comandante en jefe del ejército reconocido por vía legal y legítima, sea lo que sea que hagan, perderán la guerra.” “Y después? Cuando se haya puesto a alguien legítimo?” “Instalaremos la democracia en el ejército y preguntaremos: cuantos de ustedes quieren verter sangre por Polonia? Y habrá 4 o sea que no habrá guerra con Polonia.” “No?” “No.” “Y no habrá ninguna guerra después tampoco?” “No sé. Tal y como está la señora de la Mota podemos acabar todos agarrados en una guerra con Francia. Tampoco es cuestión de dejarla sola, a la pobre señora.” “Va a ver guerra con Francia?” “Están las cosas muy sulfuradas. Quizá se evite, pero me parece que tendré que hacer llamado a Djenghis Khan para hacerlo.” “Tú no quieres guerra.” “Pues mira, no.” “Es que a veces dices las cosas de manera tan decidida.” “Eso es para evitar las guerras, precisamente. Hay momentos en los que ya no hay vuelta atrás. No puedes permitir que se haga esto y esto y te quedas ahí como un bobalicón esperando a que se te tiren encima. Pegas gritos para evitar lo irreversible y si te hacen caso, bien, y sino, también.” “Asi se ganan las guerras.” “Solo asi.”

“Acabas de evitar una guerra civil.” “A eso vine tan deprisa.” “No te vas a meter conmigo.” “Para qué. Cada cosa tiene su sentido en su tiempo.” “Tendremos que hacer las paces, entonces.” “Bueno.” “Te vas a quitar de mi vista? Es que cuando te veo tengo la impresión de que lo hago todo mal y que debiera hacer otra cosa.” “Me quitaré de tu vista hasta el final. Nada que más me convenga con lo malvado que eres.” “Soy muy malvado?” “Empezar haciéndome la guerra sin pedirme mi opinión sobre todo el asunto.” “Es que me ibas a quitar mi sitio.” “Yo? Si ni siquiera reivindicaba privilegios.” “Tú no quieres el imperio …” “Pues no. Me parecía una idea romántica, descabellada y desfasada. Pero cuando me enteré de lo de Hitler, y ahora, con todas esas milicias y tantas cosas raras por todas partes.” “Has cambiado de opinión.” “Sí.” “Pues yo también.” “Me parece muy bien. O sea que evitaremos entre matarnos por un rato.” “Sí. Una cosa quería pedirte.” “Sí.” “Me prometes no dejar al ejército sin soberano? Yo quizá no lo consiga pero tú lo conseguirás.” “Te lo prometo. Aunque no sé si mis espaldas aguantarán semejante peso.” “Pero si ya lo tienes.” “Para delegar, Herr Kasten, para delegar, a mi se me están deshaciendo los huesos.” “Y no delegarás?” “Hay cosas que no se pueden delegar, a veces.”

“Y otra cosa te quería pedir.” “Sí.” “Mata al Franceschi ese.” “Es el Franceschi quien acusó en falso a Gaucher?” “Solo puede ser ese, dijo.” “Debe estar muerto.” “Tendrá hijos.” “Y también les recae?” “Es nuestro derecho.” “Nuestro derecho ancestral?” “Sí.” “Y también el actuar en nombre de otra persona?” “Cuando no puede ella.” “Ah. Y si es una hija?” “No le recae. Tiene un hijo y una hija.” “Ah. Sí. Eso es la solución. Claro. Finalmente no eres tan tonto como parecía.” “Tú siempre dices que soy tonto.” “A vosotros los hombres se os sube el pavo con una facilidad… Eso es. Si hay acuerdos secretos solo gana el derecho ancestral. Acabas de resolver mi problema.” “Y lo matarás?” “No está dentro de mis costumbres el matar a la gente, se morirá solo cuando llegue con algún clarín diciendo ‘vengador de sangre!'” “Solo?” “Sí. Es lógico. Si lo que rige es un acuerdo secreto, lo que determina la realidad es el inconsciente. En el inconsciente yace el derecho ancestral. Entrará en vigor y ejecutará solo con la ayuda del ángel Miguel.” “Estás segura?” “Sí. Lo verás. Morirá, él y su descendencia.” “Y su hija vivirá.” “Sí. Y tendrá descendencia.” “Por qué?” “Porque ese hombre tampoco sabía quién era.” “El hijo del Papa.” “Te lo dijo Gaucher?” “Se lo dijo Scoeux.” “Y él no lo sabía de por si?” “No.” “El otro tampoco. Asi se vuelve loca la gente.” “Pero tenía guardia suiza.” “Franceschi?” “Sí.” “Ah. Entonces vamos bien.” “Tú también lo sabías? Y no me digas que todo se sabe.” “La señora Checa que está chismorreando en los archivos judiciales. Tenemos que preparar una incursión en Francia.” “El señor Gaucher dice que te paga los estudios donde quieras.” “Jo, qué suerte. No, no hace falta. En Francia la Universidad es gratuita.” “Tiene muchos contactos. Dice que te pueden matar.” “A mi. Ya quisieran. No, mejor no nos enredamos en sus contactos no sea que acabemos en algún grupúsculo de ‘nosotros’ o de ‘nosotras’ otra vez. Además no tengo las ideas muy claras con respecto a ese hombre. Aceptar algo es aceptar desviar una posible conclusión. Y no quiero. Quiero que algún día tenga esos papeles en frente mío y pueda evaluarlos con toda objetividad. Aunque recaiga en su contra y no lo haría si acepto algo suyo, sería muy falso.” “Y se salvará?” “En el juicio final de verdad, en el ‘espérame en el cielo corazón si es que te vas primero’ …?” “En ese más o menos.” “Hm. Tú quieres?” “Sí.” “Y no vas a cambiar de idea?” “No.” “Seguro?” “No.” “Bueno. Pues si no cambias de idea traéme las cenizas con los papeles sea donde sea que vaya antes de morir.” “Entonces?” “Es más fácil con líneas de vida. Es que los ángeles juzgan por traición al amor y no por las tonterías que hacemos después de traicionarlo.” “Ah. Los crímenes vienen de que no amamos.” “Para qué matases si amas?” “Pues es verdad.” “Y yo?” “Muy condenado vas.” “Tendré que elegir.” “Sí. Algún día.” “Y cómo sabrás cual es mi decisión?” “Porque me traerás las cenizas del señor Gaucher. Aunque sea de puro harto de la señora Checa.” “Es verdad. Y no puede hacer eso solo?” “Pues normalmente a solas no te amas.” “De todo hay.” “Sí, pero no lo cuentan los ángeles.” “Tú que dirías.” “Que optes por el señor Gaucher, por fastidiar nada más.” “Y eso?” “Manías, nada más.” “Me contarás eso otro día?” “Sí. A la misma hora el mismo día, la semana que viene.” “Y si sospechan?” “Que sospechen. Tú crees que entenderían algo de este tertulio?”

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“Il font cela quand ils sont contents.” Fleur Castro

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