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Archive for the ‘On art’ Category

Las cosas son como son aunque a veces no sepas exactamente lo que son hasta que pasa un tiempo, incluso un tiempo y medio.

“Esto es una acuarela de Juan Gris,” dijo el Dr Serrano aquel día y como yo siempre dudo de lo que me dicen, me digan lo que me digan, no me lo creí, por si acaso, y me reí. “Qué suerte, un Juan Gris en Cuenca, Ecuador.” Al cabo de un rato le dije que eso no era una acuarela sino una litografía. También las litografías antiguas se venden. A falta de pan, buenas son tortas. O sea que escribí a la Sotheby’s para ver si se interesaban por semejante artículo y me dicen que “el original se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Dijon”, un regalo de un tal Granville con tanta sapiencia en cosas de arte que escribiría incluso largos y eruditos artículos sobre el tema de su presente, donación o … venta. Ya se sabe que a Dijon le va la mostaza, pero aun quedaba por evaluar su conocimiento en arte.

Hay mostaza que pica bastante.

El Museo de Bellas Artes de Dijon luce en su página, de hecho, algo que llama ‘acuarela’, diciendo que ‘esta bella acuarela sirvió para hacer las invitaciones de la exposición de Juan Gris de 1919.’ Bueno. Pues si sirvió para hacer las invitaciones, debió haber invitaciones y si hubo invitaciones, esta puede ser una de ellas. A falta de pan, buenas son tortas.

‘Le Verre’, cromolitografía de 1919

No basta con que la Sotheby’s no sepa reconocer ya ni un Botero y te preguntas para qué pagan a toda esa gente que luego se llevan los altos porcentajes de la venta de las subastas. Ah sí, encima se les olvida tu nombre y te llaman ‘señora Hale’ para decirte que ‘la Sotheby’s no reconoce las marcas de autenticidad de una escultura de Botero’. Vaya. Pues qué tontos. No, es que una escultura de Botero en Ecuador es necesariamente falsa. O no. Admitamos una amarga verdad: hasta los artistas hacen regalos. Y Botero hizo una serie de 6 caballos de Troya desiguales, del uno al seis, que regaló a unos amigos o conocidos por las épocas de 1990. Quizá sea casualidad, pero yo lo vi en casa de una compañera de universidad, por aquellas épocas.

‘Caballo de Troya’, Fernando Botero

Hay caballos de Troya muy traidores y muchas veces incluso los caballos se estrellan contra las legislaciones nacionales. En Francia no se puede revender sin factura. Cuando FC se cambió de casa en 1993 o 94, dejó el caballito en París, sin su correspondiente certificado y sin factura. La galería encargada de depositar el objeto en manos que supiesen elucidar el enigma de saber si ‘el regalo se vende o no’ o hasta qué punto ‘hay que mirarle los dientes a un caballo regalado’, según el dicho germano, no podía consiguientement revenderlo tampoco y solo cobraría al incauto encargado de la misión los gastos de facturación. El Dr Serrano se llevó el Botero debajo del brazo, porque según su peculiar manera de ver, muy discutida en nuestros tiempos, lo que vale, vale de por si y no por los certificados.

Sello de autenticidad. Es cierto que hay gente muy hábil …

Hay países donde se puede vender sin factura. Y se resuelve el enigma de la manera siguiente: lo que se regala no se vende, pero el que paga los gastos de facturación puede vender después al precio que le parezca más conveniente. En algunos lugares del planeta, todavía. Como el segundo ya no puede decir que se trate de un regalo, tiene el derecho de mirarle los dientes al caballo, y consiguientemente, diría, pedir hasta un certificado de autenticidad a la Marlborough, que graciosamente se ofrece a hacerlo por la módica suma de 600 USD pagaderos en cheque con valor nacional.

Mientras tanto, el Instituto del Patrimonio Cultural decidió quedárselo, viendo que el enigma se había resuelto de modo satisfactorio por las gentes del lugar, por lo que ya no precisa de un certificado. Hay lugares donde las cosas valen por lo que son y porque en el fondo se sabe que hay ojos que saben reconocerlo.

La señora Blanco, de la Sotheby’s, le manifestó claramente a la señora Hale que algo que se subasta por 408.000 en 2007 por la Christie’s de Nueva York, no tiene en si valor intrínseco.

Mal vamos.

Es bonito el caballo y bien hacen algunos en no tener tantas reticencias como la señora Blanco. Razón tienen. Es solo cuestión de jugar al ajedrez con diversas legislaciones y se resuelven los misterios.

Total. Ya perdieron el caballo.

La señora Goldberg, de la misma Sotheby’s, pregunta si ‘el museo de Dijon ha afirmado haber vendido su Juan Gris’, a lo que solo cabe contestar que si ellos tienen una acuarela y nosotros una litografía, no sabría cómo hubiesen podido vender algo que no es suyo.

Sí. Pero hay que profundizar en las investigaciones. ¿Por qué? Porque lo que tienen en Dijon es igualito, igualito a lo que tenemos nosotros. Tan igualito, igualito que te preguntas cómo es posible que de una acuarela a una litografía no haya la más mínima diferencia, aunque todo es posible en el mejor de los mundos, como decía Voltaire. Y claro, lo primero que te llevas es un susto porque el cartón en cuestión no es nada más, dicen, que una invitación para una exposición de Juan Gris en el Museo Georges Pompidou de 1991, en París. Bueno. Entonces volvieron a utilizar la ‘acuarela’ para hacer las invitaciones de 1991. Sí. Quizá. Pero, ¿por qué el papel de la reproducción está amarillento? ¿Tan buenas las reproducciones de 1991 del Beaubourg?

   

papel contemporáneo, papel de 1958, papel de 1919

Yo estaba en París en 1991. Nunca iba a las exposiciones. Por algo sería.

Hay lugares donde venden la mostaza hasta en los museos.

También hay momentos en los que se te sube la mostaza a las  narices, expresión francesa para decir que te estás empezando a poner de mala uva. Lo que tienen que ver las uvas con la mostaza es una cuestión que solo resolverán los lingüistas muy eruditos en semántica. Por la importancia, quiero decir, que casa con los sentidos.

La ‘acuarela’ de Juan Gris causa problemas por la firma, para empezar. La r no es la r de otras firmas, raras, de Juan Gris, y no hay mucha dedicatoria suelta de Juan Gris por los parajes poblados por museos y coleccionistas. Y tan fina, la dedicatoria, ‘A Germaine Raynal, son vieil ami, Juan Gris, 4-19’. ¿El cambio de material utilizado, que pasa de un pincel a lo que parece un lápiz, justifica la alteración de la r? Quizá sí, quizá no. Lo más probable es que no. Un español pintor perdido por Francia en 1919 escribiría ‘son vielle ami’, o algo así, intentando hacer corresponder las letras a los sonidos, a la española. Diría. Y, ¿la ‘r’? Hm.

 

ampliación de firma de Juan Gris sobre óleo, firma sobre la ‘acuarela’

Dijon me manda una copia escaneada del suyo, cuya firma y presentación es exactamente la misma que la mía, aunque en blanco y negro. Hay algo que no cuadra.

Esto es una reproducción, es una evidencia. La acuarela deja huellas distintas sobre un papel. ¿De 1991 o de 1919? Veamos. Una reproducción de 1979 por aqui, una de 1957 por allá, solo muestran una cosa: hay dos tipos de reproducción sobre papel, y una deja una huella muy particular, como unos circulitos cuadrados que al principio atribuía a la naturaleza del papel. Pero unos pajarillos reproducidos en un diccionario de 1979 muestra los mismos circulitos cuadrados en la parte del pajarito, mientras el resto del papel está liso. Los circulitos provienen de la reproducción. Los pajaritos de 1957 son lisas, sin circulitos y cuadraditos.

 

muestra de cromolitografía de 1979 con círculos y cuadrados en el lugar de la impresión y liso sobre el blanco; firma en lápiz sobre el papel que no deja el mismo rastro

La comparación del papel blanco hace caer mis manos sobre una hoja que habla de unas llamadas ‘cromolitografías’, o tipos de impresión utilizados para hacer reproducciones en color al principio del desarrollo de esta técnica. Después pasan al offset. También es casualidad. El mundo está hecho nada más que de aberrantes causalidades y accidentes.

impresión en offset de 1958

¿Cual de las dos deja los circulitos y los cuadrados? ¿La litografía o el offset? Si deduces por la fecha, parece que lo liso sea una litografía y los circulitos un offset, a no ser que conozcas el gran apego que le tienen los alemanes a las viejas imprentas. ¿Litografías de pajaritos utilizadas en 1979? Puede ser. ¿Qué apoyaría la hipótesis? La litografía se hace con piedra en capas superpuestas. La impresión irregular de la tinta sobre el papel del Juan Gris hace pensar que se trata de hecho, de capas. Entonces la firma es parte de la litografía también. Imposible obtener el tono amarillento del papel con una capa.

muestra del Juan Gris con los mismo círculos y cuadrados

Perfecto. Parece que podemos demostrar que tenemos una litografía original utilizada para la exposición de 1919. (Ese tipo de litografía se utilizaba para hacer falsos, es cierto, pero servía perfectamente para hacer reproducciones también, señora Goldberg.)

la firma tiene la misma estampa por lo que se puede presumir que es parte de la litografía también

Es evidente que tan satisfactorio resultado, para nosotros, en todo caso – pues sí, hay algo como un Juan Gris en Cuenca, Ecuador – levanta de inmediato cuestionamientos en cuanto a la presunta acuarela de Dijon. La acuarela y la litografía son dos técnicas tan distintas que el trazo debería mostrar necesariamente alguna diferencia en algún lado. Mínima, aunque sea, si el de la imprenta era muy ducho en su arte. Pero no hay. ¿Es la ‘famosa’ acuarela nada más que una reproducción de época? Quizá solo era un esbozo indicativo que Juan Gris dejó como base a la imprenta para hacer una litografía. En ese caso no existe una acuarela.

Si no existe una acuarela y Pompidou esperaba que llegase alguna en la valija diplomática usada para hacer la exposición, ¿cuantas posibilidades hay de que metiesen la litografía original entre las invitaciones porque ellos, que son de París y saben, claro, mucho más que los de la mostaza, sabían pertinentemente también que eso no era una acuarela? Algunas. Es todo cuestión de conocer las idiosincrasias. ¿Quiere decir que Granville era un farsante? Es muy posible. ¿Quiere decir que Dijon puede que tenga ahora una amable reproducción en offset de 1991 en el museo? Cabe pensarlo aunque nunca es bueno hacer afirmaciones tan perentorias. Es un hecho, empero, que el dorso de nuestro cartón tiene apuntado a mano una numeración que parece de imprenta, para un número determinado de reproducciones, unas 300. Sobre lo que se plantó el sello de la invitación de 1991.

dorso de la invitación con probable numeración de imprenta

Como somos de buena educación, presumiremos que ellos también tienen una bella cromolitografía de 1919. Pueden comprar la nuestra. En ese caso, será necesariamente verdad en algún momento dado y nadie, pero nadie, ni siquiera París, se dará cuenta del chanchullo. Aunque debieran pagar ellos, dices, después de dar muestra de tanta … inteligencia.

Invitación de 1991

Bravo, M Bozo!

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Bad joke

Por qué una galerista termina siempre por emparejarse con un exhibicionista? –

Porque ambos exhiben.

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Escándalo para una oficina

Claro que se debe tener mucha juerga encima para poner a Schwarzenegger como parte de la decoración de una oficina aunque todo tenga finalmente su razón de ser.

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Quizá sea uno de los trabajos más difíciles que me haya propuesto en una larga serie explicativa que terminase en algo que valiese la pena. Porque se supone que tiene un doble relieve en el que se funden dos perspectivas.

Debe notarse que volví feliz de Quito y no por otra razón sino porque había encontrado el Tuscany que andaba muy desaparecido y que era parte de la parafernalia de ‘Angels wishes’ (‘If it were a woman I would offer her Tuscany for men), y ya que hablábamos de regalos, había que agarrarlos de algún modo de su propia simbología. Llegamos a la conclusión (una cliente dijo que las colonias para hombres eran muy buenas) de que ‘se guardan lo mejor para ellos y había que saber invadir inteligentemente territorios’. Eso después de concluir que las plumas Cartier no estaban a la altura de las Montblanc y que, en todo caso, ya que vendían plumas hicieran el favor de proveer a los clientes con la tinta correspondiente. Hay regalos muy envenenados cuando se quedan sin tinta, precisamente.

Se obvia que me regalé el Tuscany a mi misma por eso de no ir difundiendo ambigüedades más allá del ámbito puramente literario.

Sin embargo, los regalos deberían tener su continuación más tarde aunque no sé muy bien a qué vinieron.

La cuestión era de definir sea un doble ángulo, sea una contradicción interna racional y antes de pasar a analizar la oscura propuesta de la imagen de arriba quizá convenga dar un par de vueltas.

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Cuadro muy desconocido de E Mortimer del siglo XIX retratando a alguien llamado Hannah Rothschild

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Foto originalmente de Carolina de Mónaco sirviendo de base para un retrato superpuesto

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Resultante retrato de Hannah, que evidentemente, no tiene nada que ver (el que no le regalaba al objeto de mi más tierna devoción hace unos días)

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Reinserción de un elemento ajeno dentro del cuadro de Mortimer

Independientemente de lo poco que tiene que ver una cosa con la otra, algo es evidente: los elementos originalmente inspirando el retrato de Hannah dejan rastros sobre aquel en el que solo se la viera a ella sin que aparezcan en ningún lado – una cierta altanería ligada a ciertos estamentos sociales. Y quizá se pueda decir incluso que el fijar de ciertos rasgos dentro de parámetros que abarcan un siglo (XIX a XX) y al menos dos compuestos nacionales (Inglaterra y Francia) no son ajenos a que termine por resaltarse un evidente ambigüedad muy masculina dentro de rasgos muy puramente femeninos.

Es cierto que tenía otro fin pero bien venga a cuento. Es posible dibujar algo que se encuentra dentro de otra cosa utilizando dos polos referenciales al mismo tiempo (aqui, lo masculino y lo femenino), como quien define el sobrentendido en pintura. En este caso particular, se mantiene la verdad intrínseca de los dos polos existentes dentro de una misma realidad sin insistir en exceso ni en la una ni en la otra. Lo digo porque es un modo de ordenar la realidad (tipo vertical o saskiano, lo llamo: en dos dominios de la realidad distintos, la realidad se ordena de manera distinta pudiendo concluirse de modo incluso contradictorio. En algunas estructuras fundamentales de ordenación de la realidad se le puede dar prioridad a lo que se sobrentiende, como en la alemana, o a lo que se dice, como a la española, pudiendo pensarse que se mantuviesen las dos perspectivas sin imponer la una sobre la otra.) Un retrato altamente ambiguo puede estar diciendo nada más que eso: que se pueden separar claramente ambos ámbitos de la realidad sin imponer el uno sobre el otro, como en paralelo.

Muy importante para comprender la lógica del accidente, puede ser además una clara evidenciación de ciertas realidades secundarias. (Hannah no era excatamente así porque tendía a imponer la realidad psíquica sobre la física, causa de una de nuestras mayores divergencias, pero habría sido así en el caso en el que se hubiese rendido a la evidencia de mis explicaciones.)

Claramente, el mismo modo por el que ordenamos la realidad deja huella en la imagen que reflejamos, por lo que la imagen cambia si conseguimos hacer progresar este. Ejercicio interesante es el de saber cómo afectase ese cambio a la presentación de la apariencia o en qué pudiese consistir ese cambio que al tiempo se dijese progreso. Lo que llamaba progreso en esencia consiste precisamente en restablecer un equilibrio dentro de una irregularidad detectable que afecta negativamente la aprensión de la realidad. Es evidente que cuando cambia esta, cambias de perfume también.

Los perfumes provienen de mentes que se configuran de cierta manera y corresponden a algo, quizá solo en un momento dado. También los perfumes se pueden considerar desde un ángulo de mejora virtual. Hasta a Sask o a Ines de la Fressange.

Para pensar el accidente es necesario pensar la situación del ‘yo’ en una virtualidad mejorada por esencia que al rozar con la realidad existente, encontrando apoyo en ésta de por la similitud en esencia, produce una extraña chispa cuando se combinan diversos elementos suplementarios además. Situarse en una virtualidad mejorada es solo posible tomando apoyo en una base afectiva prácticamente irreal (horizontal) en la que el ‘yo’ afectivo se encuentra en la conciencia de una complementaridad con un ‘otro’ situado en el exterior, razón por la que siempre paso tanto tiempo en estados amorosos virtuales.

El tipo de accidente varía dependiendo no solo de la base afectiva utilizada (quién se encontrase en el exterior), sino del tipo estructural que es determinado por la relación. La combinación virtual ‘yo’-Sask en ese contexto produce ingenuas confesiones generalizadas en el tipo de realidad accidental. En otras combinaciones puede llevar a encontrar … un Tuscany, lo que desde cierto punto de vista es menos cargante.

La naturaleza del accidente proviene de que se sitúa prácticamente en líneas de muerte cuando esta se produce guardando líneas afectivas vivas, lo que genera ese tono embromado un poco distorsionante, ya que escapa de ese modo a lógicas racionales comunes produciéndose un efecto inesperado, que es lo propio del accidente. Los accidentes tienen su propia lógica que es lo que intentaba explicar desde hace tanto tiempo.

A veces hay que dar muchas vueltas para llegar a algún sitio.

El trabajo sobre Schwarzenegger es un paso más cuyo significado exacto aun no he elucidado. Claro que es una broma (ángulo uno): las despampanantes señoras que pueblan la fantasía masculina son mezquinamente sustituidas por un muy musculoso varón cuyas medidas desconocemos pero pudieran fácilmente establecerse. De nuevo se trata de una reversión: algo que se dice de una manera en un contexto de realidad, se dice igual esencialmente y pues diferente de por el cambio de ámbito de realidad, como en negativo. Una reversión se diferencia de una refracción en ello que la reversión afecta el conjunto de lo que se dice de por esencia, mientras que en una refracción se trasmite lo mismo en su diferenciación a las categorías inferiores, como si dijeras que esto en inglés se dice en español de esta manera (reversión), pero en inglés aristocrático de este modo, y en inglés popular de este otro (refracción).

Es cierto que en este caso a Schwarzi se le das más importancia como persona, pues se subraya el rostro, no como a las pobres señoras cuyo rostro normalmente desaparece bajo inmensas capas de maquillaje casi como aniquilando el caracter de la persona, pero eso es porque las mujeres tendemos a evidenciar cierta superioridad intelectual que nos permite apreciar rasgos y caracteres que aparentemente escapan a los varones por lo que suelen darles poca importancia.

Todo quedaría sanamente ahí si no fuese porque en realidad esta composición es el traslado de un gesto a una gestualidad que conlleva un movimiento intuitivo errático – es decir, dentro de la misma lógica aleatoria.

Fundamentalmente la lógica aleatoria, aunque abarque diversos modos de proceder, se resume a la captación intuitiva de una esencia como aquellas de las que hablaba arriba, la sumisión de la voluntad a la lógica de esta esencia, y el movimiento ordenado en la realidad dentro de esa misma lógica. En este caso un gesto cuyo significado me escapa. Se puede transformar el gesto en esencia, puesto que es una lógica aunque no sea determinante en esencia. Qué pasa cuando la voluntad se somete a esta? Si la conciencia se guarda estrictamente dentro de ella, va a un sitio, en este caso a internet, se le ocurre que lo escandaloso es solo Schwarzenegger porque está completamente desnudo de torso para arriba y muestra proporciones bastante más voluminosas que alguna fémina, y saca algunas fotos de un documental sobre el mismo. Seguidamente selecciona una cuantas, las pone una al lado de la otra, supone que precisa una firma igual de musculosa, lo que parece ofrecer la mía, y hace un malísimo chiste jugando con palabras en alemán variando de una variante de Scherz (broma) que se dijera Schärz por similitud de sonido, a Schatz, por consonacia, que fuera tesoro, y pase subrepticiamente a ‘stalone’, que fuera is o ist (está) alone, solo, o sola, porque Stalone vino a sumarse al juego en una última foto abajo a la izquierda.

Ese tipo de combinación conforma un código psicopático que sea se refleja en una serie de imágenes, sea se compone de una serie de palabras cuyos sonidos superpuestos o trasladados configura sentidos distintos a veces pasando de una región idiomática a otra.

Los códigos psicopáticos son líneas de ‘amebas’ que se pescan con frecuencia en aguas que confortan realidades donde se producen accidentes, sea en las partes altas o en las partes bajas. Las bajas son aquellas que se hacen de una disposición que se enfrenta a la muerte sin líneas eróticas vivas. Estas líneas producen nexos entre diferentes psiquismos que se mueven por impulsos intuitivos que terminan por encontrarse ‘por accidente’, lo que produce encuentros muy agradables a veces (líneas altas) y otras, asesinatos en serie (líneas bajas).

Estas líneas parecen corresponder a alguien que tiene una estructura de entendimiento fusionado, quizá muy parecido al de Hannah aunque en variantes. Como quien fundiese no las estructuras de entendimiento sino el afecto, en una asociación inmediata de lo que se desea por esencia en su visualización material (digamos) con el deseo mismo.

Si es verdad lo que pienso entonces esa persona me dirá cuando llegue que no está sola. En apariencia. Obvio es que llegaré gracias a las líneas en cuestión: a veces hacen un buen escondite cuando todos los otros caminos están cerrados.

Aunque se trate de una reversión (aqui: apariencia por esencia en contradicción), es obvio que una cosa comunica con la otra en la distancia y puede explicar incluso fenómenos telepáticos. Aun en ese caso es obvio que la información se distorsiona de por el contexto estructural donde se encuentra: aunque haya quien diga lo contrario por llevar la contraria nada más, es evidente que el lugar desde donde se evalúa la información da para una interpretación contradictoria según donde se sitúa: quien está acompañado en apariencia no lo está necesariamente en esencia.

Resquicios de la realidad que difícilmente se encuentran y que abren muchas puertas. Los infinitos espacios de lo reprimido. Debiera ir contenido: la habilidad por la que se transforman gestos, presencias, imágenes en nociones a las que se somete la voluntad para abrir caminos sobre las aguas corresponde a los músculos de Schwarzenegger, lo cual, comprendo, sea infinitamente deseable. Con lo que al menos me respondo a la pregunta de saber qué me viera alguien que le resultase espantosamente atractivo: aunque en un principio no se vea. No responde a la pregunta de saber quién fuese, porque hasta los gestos se trasladan, se copian, se imitan y se repiten. Pero hace avanzar la cuestión.

 

 

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Un ramalazo lesbiano

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Ismael Olabarrieta, pintor de profesión, es amigo del ministro juez Dr José Serrano, de la muy honorable ciudad de Cuenca. Con el Dr Serrano estábamos elucidando la cuestión de saber si bastaba poner una serie de fotos bajo la rúbrica ‘pornografía’ para que realmente lo fuesen y consiguientemente, qué hacía la diferencia entre el desnudo y la pornografía, cuestión que se agravó cuando llegó Olabarrieta, ya que era obvio que ‘ellos’ podían bañar los lienzos con sus sueños más o menos perversos siendo, ah sí, todavía, promotores de la cultura y/o finos conocedores de arte, mientras ‘ellas’, las modelos que había que repescar de debajo de los diferentes titulares no se merecían nada más que los apelativos de ‘zorra’, ‘puta’ o ‘prostituta’, y eso en el mejor de los casos.

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Es cierto que en ese momento la discusión se agrió bastante produciéndose profundas convulsiones subterráneas que terminaron por canalizarse cuando a través del Dr Serrano se decidió que le hiciera una página al pintor que, a guisa de introducción (hay que saber quién eres antes de transformalo en coordenadas electrónicas) me confesó que ‘a veces era un poco lesbiano’, lo que – confieso – no mejoró la situación. No le dije que era especialista en cierto tipo de mariconadas, aunque hubiese podido. Simplemente, y algo fríamente, le pregunté si pretendía cubrir bajo tal apelativo sus aspiraciones a Juana de Arco u otras heroicas féminas cubiertas de atuendos masculinos… simplemente alegando que ‘me parecía un poco difícil’.

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Fuera quizá la consecuencia misma de lo que ya no se decía pero tintaba el conjunto de muy ácidas distancias, Olabarrieta desapareció sin cancelar el restante de la mayoría de la cantidad que quedaba para pagar la página, lo que dobló la ya bastante tensa situación de todo un conjunto de comentarios más o menos agrios cuyo contenido pudiera ser reducido al, claro, que por poner todas esas payasadas sobre un papel alguien podía permitirse cobrar algunos miles pero que por el trabajo de hacerlo conocer, lo que pudiera hacer efectivo el pago, finalmente, no pagaba nadie y menos si quien, presumo? hace el trabajo es una mujer.

Total, siendo ya costumbre arraigada la de distorsionar ligeramente el contenido de las páginas cuando se producían esos sucesos, la página de Olabarrieta, que, confieso, hubiera clasificado entre una de las mejores mías originalmente, fue finalmente poblada de una larga exposición equina con unos preciosos caballos sacados de otro contexto completamente distinto y ahí se quedó. Olabarrieta volvió alguna vez pero ya ni nos salúdabamos cuando nos cruzábamos por la calle, por lo que la cuestión de los caballos quedó suspendida del aire, y ello más aun debido a que la conversación entre el Dr Serrano y las reclamaciones generales femeninas se había tintado de un aire bastante gélido, lo que produjo su interrupción por largo rato.

La cuestión, en el fondo, – pero había que ir muy lejos para llegar hasta ahí, – era por qué bastaba con ir revestido de pantalones para merecerse el apelativo de ‘varón’ y por qué, finalmente, bastaba con que cualquier payaso pretendiendo a ello mismo pudiese alegar ‘palabra’ para que todo juicio se tornase en su favor.

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Es cierto que en un principio Olabarrieta no me era antipático. Pero empezaba a hartarme el hecho de que fuese siempre yo quien cediese al juicio objetivo mientras que el lado opuesto se regía únicamente por el prejuicio. Fuera hecho por mujer y ya valía menos. Simplemente no se enjuicia. O se enjuicia con terceros propósitos, del estilo, fuese que te digo que está bien y quizá me merezca atenciones secundarias. Poco después le dije a Frau von Lubs que en un principio no me interesaba lo que derivaba de la fantasía a tintes varoniles.

Y claro, largas exposiciones sobre la inteligencia intuitiva de Ines de la Fressange, la sublimidad intelectual de Plisetskaya, la absoluta levedad de Osipova, el caracter resuelto de Comaneci, aun subrayando ciertas imperfecciones porque nosotras, sí, nosotras no ponemos a las gentes sobre pedestales de perfección de los que es difícil bajarse después, empezaron a poblar mis páginas progresivamente. A veces se asomaba algún varón. Pero es verdad que también alguna mujer encuentra un hueco incluso dentro de los panteones masculinos, y no íbamos a ser menos.

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Ya el tal Unda se había llevado parte de una hostilidad nacida en otros contextos y eso porque lógicamente había raudamente que compensar el hecho de haber medianamente puesto palabras no demasiado negativas detrás de otra figura varonil, la de Oswaldo Viteri. No fuese que nos desconcentrásemos.

Estaban las cosas más o menos por ahí cuando yendo a ver si podía ampliar mi colección de afirmaciones femeninas pidiendo un cuadro a Ileana Viteri, me topo con el mismo Unda figurando protesta (no sé si de la galerista o del mismo) en el comienzo del muro derecho de la galería, lo que me hizo rápidamente sospechar que todo el presupuesto orientado a subvencionar la depresión femenina no aterrizase de nuevo en manos de algún avisado varón, por lo que tuve que especificar mis exigencias posteriormente.

No bastaba con ello. Al día siguiente, yendo aun con mucha precaución a ver si había progresado el asunto intelectual que me unía al Dr Serrano, me acerco por sus oficinas para encontrarme con el mismo y … Olabarrieta.

Confieso que aunque de inmediato le recordé sus infinitas deudas hacia el género femenino, sentí una especie de alivio muy reprimido por obvias razones.

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Terminé por comprender hasta lo del lesbianismo aunque seguía sin abarcar la profundidad del asunto.

Total. Era verdad. Un hombre que cae en las redes de la venganza femenina termina siempre por perder después de hacerse una reputación de pintor bucólico del siglo XIX. Quién después expusiera sus obras si esperando algún caballo, terminan por llegar entre las manos de la incauta galerista (siempre son mujeres menos a veces) semejante retahila de imágenes chocantes para la mente de las gentes impregnadas por cierto apego a la naturaleza. Nadie. Es lógico. La pérdida neta es 10 veces superior a lo que me debiera, sino más. Tampoco hay que hacer abuso de poder.

Suspiré. No, si al final, pensé, será aun una mujer la que saque a este pobre hombre de su dilema personal.

Encima negó deberme nada. Pero se veía por su perfil hundido en el sillón delante de los enormes escritorios judiciales que algo iba rotundamente mal y que hasta el Dr Serrano, vista la cantidad ingente de secretarias que pueblan esos lugares, tenía necesariamente que preguntarse si un apoyo aunque fuese moral no tendría gravísimas repercusiones para su persona.

Sin embargo, con cara como quien dice que yo tenía necesariamente la culpa de semejante situación, me pidió que le buscase una galería.

Encima.

A pesar de ello, algo me dijo que en el fondo había tenido suerte. Sospechaba que mis iracundos vitiperios concerniendo a Unda terminarían por exigir alguna explicación, y eso aunque alegase que peores cosas había oído yo, por lo que Olabarrieta en realidad me venía bien.

No es que Olabarrieta diga nada excesivamente nuevo en el sentido de determinar el objeto que suele ser su tema principal porque sigue diciendo lo mismo desde la misma perspectiva. Es casi arte bucólico del siglo XIX o principios del XX – un poco de cancán, o un tango que tomase fuente en el cancán de Toulouse-Lautrec, casi con la misma distancia indiferente de Toulouse-Lautrec. Este las veía pero no se acercaba mucho, porque era cojo, y lo que no podía ordenarse debido a su condición en relaciones sentimentales socialmente ordenadas, se convirtió en una sutil apreciación del aporte de los bajos mundos al tema con cierta distancia, como del que sabe que no es suyo o que de todos modos, no llega.

Olabarrieta le agrega un cierto feísmo no desprovisto de humor.

Momento en el que yo me aprovecho necesariamente de la perspectiva de Olabarrieta que se opone casi drásticamente al onirismo de Unda, ya que el primero al menos es franco. Hay que (supongo) asumir que la mente varonil está necesariamente obsesionada por ciertos temas, y aun en ese caso cabe la misma diferenciación que con tanto esfuerzo se había delineado en cuanto a los desnudos femeninos. Por qué se pudiera tratar el mismo tema de maneras tan distintas de tal suerte a hacer de lo mismo algo o nada, dependiendo del alegre exhibidor de su mundo interior?

Claro que todo no es nada más que una profunda cuestión filosófica que obtiene respuesta de muy diversos modos: acaso valiera lo mismo la verdad que la mentira? Lo perverso que lo inocente? La verdad no es nada más, en la mayoría de los casos, que el espacio muy delimitado dibujado por la luz estrellada contra los alrededores de una bombilla desnuda. Lo que hay más allá no se ve, no se sabe, y algunos hay quienes intuyen a partir de lo que ven lo que queda por ver, pero la mayoría simplemente le impone una realidad inexistente a la misma realidad cuando no terminan por inventarse aquello mismo que están viendo. La inocencia no es quizá nada más que el aferrarse a la evidencia de aquello mismo que vemos y sabemos sin pretender a más, o a más solamente cuando más hubiera. Por eso la inocencia es múltiple también: no puedo pretender a saber lo que no sé y que quizá se supiera si yo no fuese quien soy yo.

No hace mucho le dije a Frau von Lubs que ‘el mundo varonil es muy simplón. Cuando un trato se ajusta a leyes, termina en una celebración familiar, y cuando es ilegal, en un burdelo.’ Calificados más allá de un poco ‘bobiluncios’ (es muy simple el esquema), se podría afirmar sobre ese preliminar, que el esquema mental suyacente utilizado para actuar en la realidad, se transforma en su caso, casi de inmediato, en una expresión sexual determinada. Lógicamente es relativamente fácil derivar los esquemas suyacentes a partir del tipo de representación utilizada para ‘designar’ lo sexual. O lo que a ello alude.

Digamos que lo que fascina a ciertas mentes oblícuas masculinas de lo que llaman lesbiano (cada cual se imagina lo que quiere bajo ciertos conceptos) es la afirmación psíquica de la masculino que se distancia mucho de la afirmación por atributo que normalmente circula en los mundos masculinos. Los hay quienes ven que ese psiquismo les roba mucho campo en territorios femeninos y cuando los hay a quienes ello enfurece, los hay también quienes se quedan suspirando por aquello que hubieran querido ser, y claro, siempre hubiese quien dijese ‘que no llores como un niño por lo que no has sabido defender como un hombre’. Quizá Olabarrieta se quede simplemente diciendo que ‘la mujer responde eróticamente a algo que no se reduce a la determinación física’, y nada más. Quizá no enjuicie, solo constate.

Cuan distante de un constante alusivo decir de la realidad física en sobrentendidos, que es terreno femenino, como si se negara la realidad a la que Olabarrieta alude para afirmar del modo más soterrado la necesaria vigencia de lo que el hombre determina en lo que lo determina por razón biológica. Unda dice que el hombre tiene razón porque tiene huevos, y eso, en un lenguaje femenino, lo que le quita franqueza a la afirmación, como quien no se atreviera a decirlo por eso de guardar las apariencias y se regodea en secreto afirmando siempre los mismo, de modo recurrente e incluso monotemático, es decir, loco, fuera de lugar, obsesionado, desprovisto de naturalidad.

No me exigirá que lo compre, aunque supongo que los hay quienes comparten su modo de ver, en desmultiplicación casi infinita.

Lo que abre sobre otra cuestión que trato a menudo de modo más suyacente en relación con el valor de las cosas: si realmente hubiese que dárselo a aquello que de por su frecuencia permite pensar una desmultiplicación de las ventas. En ese caso, habría que inocular el virus de la gripe para satisfacer a todo el mundo en el compartir de lo común. Pienso siempre.

Y volvemos a la misma recurrente pregunta: hasta qué punto debe aceptarse la autoridad formal de la evaluación que tuviese en cuenta precisamente estos elementos de análisis para la introducción en el mercado de todo tipo de ‘cosas’ a tenencia más o menos artística? Con el subsiguiente riesgo, dices, de ver como en el siglo XVIII proliferar lo ‘prohibido’ y pues más deseable a infinitos precios en ciertos mercados oscuros.

Yo personalmente no abogo por la censura sino por el sentido común. Como bien le dije al francés en su momento, si tú tienes el derecho de exponer tu punto de vista, bien lo tendría yo de exponer el mío con respecto al tuyo?

Con lo que respecta a lo del lesbianismo, vista la gravedad del peso moral que suele gravar el término, entiendo que en si venir de la ciudad de Lesbos en la isla de Mitilini, no debe considerarse pecado mortal. Yo, personalmente, vengo de Madrid. En cuanto a la alusividad del término, que se refiere a la pobre poeta Sappho de Mitilini, a la que se atribuían extravagantes desvaneos eróticos (no hay constancia de que fueran amorosos) con sus alumnas de poesía, en escuelas que debían dar una horrible envidia por tradición a los atenienses específicamente que debieron inventarse las escuelas de filosofía un poco más tarde, y los hay quienes dicen que Platón era marica aunque Aristóteles se casara – es extraño que pese menos eso de lo ‘marica’ que lo de ‘lesbiano’, pero hagamos como que se lo atribuimos a la sempiterna envidia masculina – como digo, deben ser meras suputaciones con muy doble intencionalidad. Precisamente, algunas muy heroicas mujeres que sesgaron la historia con sus atuendos masculinos, pudieran ser acusadas de cualquier cosa menos de una presunta desviación sexual, si lo fuere, aunque quizá entrasen según algunos dentro de la misma categoría. Constancia hay de mucha amazona o walkiria que se divertía tomándole el pelo a la realidad masculina sin que haya constancia de sus implicaciones.

Quiero decir que independientemente de los bastante sucios sobrentendidos bañando el término de ‘lesbiano’, cabe pensar una realización psíquica de lo masculino en contornos femeninos que tuviera incluso algo de imperial en su expresión más mediata. Y lo que choca entonces es que precisamente se utilice un término muy envenenado de por el uso para designar una disposición fundamental (artística?) en un … pintor. Lo que pudiera atribuirse a la incapacidad natural del hombre a diferenciar con exactitud las implicaciones de los conceptos.

Independientemente de la consiguiente querella conceptual, no se le puede negar al menos a Olabarrieta un claro intento por determinar un espacio de luz en lo que es para él, es decir, desde su punto de vista que, como es natural, pretende a ciertos universalismos. Lo que no es el caso de Unda. Quizá eso venda en ambos en casos. Lo uno, porque es verdad y en tanto que tal, sigue atrayendo la atención de ciertas gentes, y lo otro, porque hay mucha gente obsesionada por llevarme la contraria.

En todo caso, quizá haya quien exponga a Olabarrieta. En Alemania, por ejemplo. Y Unda? Expondría en Francia, y no lo digo por prejucio sino por una sana evaluación de las cosas y las realidades.

Fuera, supongo que serviría como compensación ‘por el grave daño causado a la imagen de ambos a causa de una muy explícita afirmación de una opinión personal en sus versiones más diversas’.

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El grito

El grito 2 4 

Finalmente dejamos a las palomas en paz, porque ya se estaban volviendo algo demasiado acaparadoras. Forma línea entre las palomas y el tema siguiente, la tentativa de traducir una obra de arte a la fotografía, puesto que eventualmente dibujará una clara línea que permita insertar elementos heredados por el tiempo dentro de una continuidad que le de más valor a la imagen fotográfica.

Rachel y Matthew estaban castigados, acusados de plagio sobre el tema del libro con las palomas, – aunque finalmente obtuvieron permiso del uso de las imágenes siempre y cuando figurase ‘plagio’ encima de ellas, lo que, me prometí, seguro que vendería mucho más que los originales -, por lo que necesariamente tenían que contribuir a la generación del ‘grito’ (Munch) fotográfico por muy ridículo que pareciese el simular gritos en un puente público.

Confieso que tan descarada confrontación a uno de mis seculares problemas – el que pases siete meses pensando un concepto y luego venga alguien y diga ‘mi foto es mejor’ – bien se merecía por lo menos un grito, que se convirtieron en dos, por si acaso.

El plagio será puesto a la venta en breve por lo que por el momento no muestro por demostración tan horrible coincidencia.

El grito 4

Quizá Munch gritase por similares razones.

Street images 2

Habiendo resuelto el problema del plagio por denominación del mismo, podía Matthew salir de tan apesadumbradas contemplaciones por lo que terminó la sesión de fotos en plena … adoración. (Le pregunté a Rachel antes si era celosa, y dijo que no, por lo que la única razón que hubiese podido impedir semejante manifestación de arte callejero, desapareció.)

El objeto de mi adoración personal es terriblemente celoso por lo que siempre anda emparejando a la gente no sea que quede algún cabo demasiado suelto. Es una ventaja. Basta con presumir que algún majadero pudiera ser parte de tu colección de mariposas amorosas para que lo haga desaparecer. Hay que saber aprovecharse hasta de los peores defectos de los demás.

Lo de Goya era porque el sueño tiene doble sentido, en tanto que invita a dormir y en tanto que se deja llevar por planes ensoñados. La razón también. Es un instrumento de la mente, un modo de decir derecho y una personificación de la misma en (en la hipótesis de Goya) un hombre, por ejemplo. Los monstruos son horrendos pájaros o villanas consecuencias. Lo que dice Goya es que la razón científica (deduciría por el trajeado del individuo recostado sobre la mesa), aniquila precisamente el doble sentido para reducir las palabras a lo que se visualiza o empíricamente cata, y ese modo de proceder, cuya inconsistencia se prueba de por el mismo doble sentido que se le diese a la imagen misma en su relación con las palabras demostrativamente grabadas abajo a la derecha, es el que produce monstruos. Dice él, y quizá tenga … razón.

La capacidad de ir más allá de un único sentido de la palabra o la realidad es lo que define el arte, por lo que no es de extrañar que Goya se sintiese ligeramente agredido por las constantes invasiones de territorio científicas.

El dinero no es nada.

Yo tengo dos manzanas y tú tienes dos peras. Yo te doy una manzana y tú me das una pera y quedamos – dijeras – los dos más contentos que unas pascuas. El comercio se basa en el trueque, fundamentalmente, y el trueque en una mínima noción de propiedad y otra, igual de mínima en un principio, del valor. Si yo no pretendo que algo sea mío, no lo cambio por nada. Si no le atribuyo valor, lo daré por nada o por menos. Entre la incapacidad de atribuir valor y lo generosamente gratuito hay tanta distancia como entre lo negro y lo blanco aunque a primera vista parezca ser lo mismo.

El dinero es un símbolo que determina el valor de algo de por la abstracción de una serie de nociones como el esfuerzo, el conocimiento, la calidad, la duración, la dificultad a través de un sistema subyacente de determinación. En vez de cambiar una pera por una manzana, cambio mi esfuerzo, propiedad, etc. por un valor simbólico por el que puedo adquirir un ‘x’ de cosas y no solo la pera del vecino.

Independientemente de la importancia que le queramos dar a tener mucho dinero, es obvio que éste no es nada en si, si se lo desliga de los valores fundamentales a los que debiera ir asociado. Bien entendido es un regulador social. Mal entendido es el modo más sencillo de quemarse los dedos.

Se asocia el dinero al poder, el tener más al ser más y la acumulación de bienes a una garantía de felicidad. (Siempre se nos olvida el cuento del que no tenía camisa aunque fuera feliz, y probablemente vice versa.) Esta tendencia compite constantemente con tendencias más racionalizantes que quisieran que el valor que se encarna en lo que la persona puede, sabe o conoce se refleje en su poder adquisitivo o su imagen representativa de modo a que se vuelva referencial para otros. Es una pelea constante que probablemente haga parte de la evolución humana como lo fue el asimilar el valor de una pera al de una manzana y no al de un zapato, por decir algo, en un momento dado de la misma, y eso, lógicamente combatiendo tendencias que querían que la pera valiese lo mismo que el lingote de oro, y vice versa, también.

No podemos evaluar la realidad desde un punto de vista ideal, considerando que ya todos hemos llegado a la satisfactoria conclusión de que yo me merezco muchos miles de dólares por tanta sapiencia tan inteligentemente distribuida, y hasta con mucho disimulo para que no resalte en exceso. Desgraciadamente nuestras sociedades están todavía acaparando billetes como yo palomas sin evaluar con el detalle suficiente para qué sirviese tanto cúmulo de nada, o de mero símbolo indigesto y poco comestible. Consiguientemente se hace difícil la venta de una foto mía, y eso que la firma se merece ya en si gran cantidad de doblones, y digo una mía por no mostrar con el dedo otras, aunque sea lo mismo, en el fondo.

Qué vale y por qué?

Si habíamos comenzado esta sempiterna reflexión con un preliminar aludiendo al valor del arte es, evidentemente, porque malignamente ya habíamos inserto un cuestionamiento más o menos revolucionario en nuestro proceder.

Cuan difícil es la metafísica y cuan complejo evaluar su importancia.

Sistemas formales le dan valor a lo que se guarda en forma y omite el contenido. En el fondo, cuando vas a hacer un examen, basta con poner tu nombre arriba a la derecha, el título, el subtítulo, pongas tres claras separaciones con el mismo volumen en palabras de modo lo suficientemente visible, (un doble párrafo), uses de una letra que se pueda leer y procures no hacer faltas ortográficas. A niveles de trabajo eso implica que seas puntual, lleves una corbata, estén las oficinas limpias y estén presentadas las cuentas en hojas de Excell. Etc. Gana un juicio quien ha conseguido hacerse con los formatos de la corte (que cuestan un tanto) y no presenta su denuncia en forma de garabatos sobre un papel arrugado.

Quizá sea difícil evaluar el contenido. Porque hace falta algo de capacidad de juicio que es la habilidad por la que se subordena un hecho a un párrafo, una ley, una ordenanza. No puede ser que diga la ordenanza municipal que las bolsas de basura deben ser azules el miércoles y que luego pase el camión de la basura por la calle zeta y digan, da igual, porque pagan muchos impuestos estos. El juicio debería subordenarse al hecho y el hecho es lo que es con respecto a la ordenanza en cuestión.

Un examen debiera evaluarse según criterios y un juicio juzgarse con respecto a hechos y leyes. El trabajo se mide de por el rendimiento dentro de sus diferentes parámetros, etc.

La forma es solo un accesorio que a veces es necesario y otras, no.

Delimitar una problemática es situarse en algún lugar que se exprese con respecto a cierto tipo de cuestiones fundamentales. No es lo mismo estar dentro del ‘alguien ha dicho que se lleva el azul y lo pintamos todo de azul porque vende’ o dentro de ‘el mismo planteamiento sobre el valor del arte conlleva el derrumbamiento de las formas’. El hecho de situar una problemática en su profundidad contemporánea es lo que le da valor a algo, porque ya no estamos elucidando si el hecho de insertar un movimiento de pie en una estátua conlleva necesariamente el derrocamiento de los dioses ancestrales. Vale aquello porque significa lo que da valor, aunque se suponga que ya hemos pasado el escollo. Si hoy te planteas lo mismo, simplemente se reirán de ti aunque puedas aludir a lo que hizo que tuviera importancia porque de ello apenas queda nada hoy.

Había que devolverle el valor a lo gratuito, también, sin pasar por idiota al mismo tiempo, si posible.

Este tipo de elucidación, por ejemplo, es solo posible si disciernes muy claramente la diferencia entre el ámbito privado y el profesional de tal suerte a que el espacio que abres en tu vida privada se hace expresión en aquello que decides intercambiar por un par de melones o cocos al mismo tiempo que intentas situarlo en un lugar que te parezca socialmente adecuado.

Es cierto que Modigliani todavía no había pasado de la fase del melón por el lingote e intercambiaba sus obras por nada o solo una barra de pan o una botella de absinta. Algo bobo, desligado, ausente de si que es parte de lo que fascina en su obra y que sin embargo claramente alude a un exceso de tontería. Dentro de lo que eres, debieras ser (me digo) también el reconocimiento de muchos esfuerzos nimios en apariencia que han marcado la historia de tal suerte a fijar sociedades enteras en estructuras definidas. La determinación del valor, y pues, del valor propio es parte de una herencia que negamos cuando no sabemos respetarla en sus implicaciones para nosotros.

Lo que no implica que nos demos más valor del que tenemos.

Yo nunca he vendido nada por lo que escasamente he resuelto el problema en lo que me concierne aunque, como de costumbre, pase largas noches meditando sobre el tema. El asunto se vuelve más tenaz y se agudiza en su necesidad de ser resuelto cuando te planteas que debieras de una vez por todas dejarte engañar por las pretensiones de alguien a que le perteneces ya que, quieras o no, tienes que respetar ciertos canones sociales establecidos que implican que saques la tarjeta de crédito y la parafernalia decorativa para hacerte ver, tan siquiera.

Claro que también puedes hacer proliferar tu nombre por internet, pero eso es un poco hueco.

Para Tula los imperdibles valían inmensas fortunas que apenas se comparaban a veleros llenos de lingotes. Cuanto cuesta? Doscientos dólares. Es un modo de intentar seducir a alguien a entrar dentro de los dominios de Tula, cosa que puede hacer zozobrar aun más la ya bastante caótica situación social.

Había alguien que cobraba dos veces más a los ricos y luego, así, le cobraba la mitad a los menos pudientes.

Para determinar mi propia valía, decidí bruscamente un día no venderte el cuadro de Hannah aunque sabía que te interesaba incluso más que yo.

No, es que a mi no me va a decir nadie cuanto vale esto. Es tanto y si te gusta lo tomas y si no, lo dejas. Este no se vende por el momento. Tendrás que venir a verlo.

El día en el que se cristalizaron mis estructuras de entendimiento en un ente social – aunque fuese teórico, por el momento – que era necesariamente un negocio, sentí una inmensa felicidad. Yo, porque era yo, tenía que ser de modo claramente comercial aunque ello comprendiese mucha filosofía. Aunque tardemos muchos años, debiéramos ir hacia eso mismo que nos significa que, después, forma el referente para todo el resto de lo que hacemos.

Es lo mismo cuando escribimos algo. O cuando hacemos una foto. Tienes que llegar a un sitio que determine una esencia a partir de la que lo de antes era un caminar hacia ella y lo que viene después, las facetas desmultiplicadas de lo mismo.

A priori estimo, con ligeras variantes, que no se puede empezar a vender antes. Para llegar ahí donde debiera llegar algo, faltas tú. Una vez que hayas venido se le podrá poner precio a todo porque su sentido se habrá proyectado hacia fuera. Lógicamente tengo que tener cuidado con quién seas. No sea que se distorsione la intuición primera.

Extrañamente eso no subjetiviza los precios. Solamente los ordena dentro de un sano equilibrio. Es decir? Que si las formas pierden su valor universalizante lo que valía ayer no valdrá nada mañana y solamente quien tenga la noción plena de las implicaciones sabrá colocar los precios en su sitio. Habrá que empezar por ahí, porque hasta esa intuición no está desprovista de valor.

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Malamente se justifica semejante indebida apropiación de bienes derivados, de gentes encontrándose unos cuantos oceános más allá, o sea que tenemos que buscarnos una excusa. Claro que se discute, qué fuera de quién al final, pero no fuera sino porque en el fondo realmente tienes la impresión de hacer de gorrión que pica migas de pan de platos ajenos – lo que, se quiera o no se quiera, no deja de ser muy biblíco, aunque no se caigan de la mesa, sino que solo aparezcan instantáneamente sobre una pantalla – por lo que en todo caso se hace necesario el buscarse una excusa aunque sea oblícua.

Claro que se puede argumentar que en el proceso de elucidación del movimiento en tanto que se fija en imagen, profunda refelxión que comenzamos con un ápice de ironía a guisa de comentario sobre Plisetskaya bailando el bolero de Ravel, bien hicimos en caer sobre Natalia Osipova, que – confieso – no conocíamos hasta el insigne momento en que caímos sobre un video suyo gracias a una búsqueda en ‘youtube’ diciendo ‘bolshoi’.

Aunque – digo – le quedan a Osipova o al director de escena aun unos cuantos años antes de llegar a poder encarnar de nuevo y desde otra perspectiva el bolero de Ravel según Plisetskaya (pensamos, sin querer meternos con nadie: es decir, terminamos por reflejar exactamente lo que aparecía a la mente en ambos casos sin querer en ningún caso presumir que eso fuese un juicio del orden o naturaleza que fuese – y no por otra cosa, sino porque no hay otro modo de establecer lo justificado de la crítica, si de ello se tratase, porque si digo lo que se espera de mi que diga, decir, no digo nada, si me imagino tener criterios que no tengo, sigo sin decir nada; ahora, sin ser nada más que alguien apasionado por la posibilidad de darle la vuelta a todo a fuerza de puntuales pinchazos fotográficos acompañados de muchas palabras, lo único que se puede hacer es decir exactamente lo que te cruza la mente, sin más. Y luego tienes que seguir el proceso viendo si de tanto pensamiento aparecido de diversas circunstancias se puede establecer una relación a aquello de lo que se habla, único modo por el que terminan por fijarse criterios, finalmente. Aunque sean subjetivos.) sentí una certera admiración por aquello que tan someramente se me presentaba.

Lo que se me ocurrió viendo a Osipova fue la frase de arriba, lo que ya casi se merece un palco porque raramente tan alusivas frases a lo que otros hacen o dicen te cruzan la mente con tanta rapidez y sin tener que rebuscar en exceso en los registros de la memoria. Por eso de impresionar al auditorio, si hubiese.

Total. Natalia Osipova se convirtió de inmediato en la ‘absoluta levedad del ser’, lo que desde cierto punto de vista me venía muy bien ya que permitía concebir con suficiente rapidez el hacer lo más difícil como si no se hiciese nada, y ese mismo día, hasta la existencia se me hizo más sencilla como siguiendo el reflejo del aura dejado por Osipova. Pensé incluso que si algún día iba a Rusia, tendría que ser en un momento en que apareciese en algún lado, cosa que implicaba muchos tertulios previos en un ruso inexistente, tarea que no me pareció en exceso difícil teniendo a la misma como perspectiva fundamental.

Constaté, empero, a mi gran satisfacción, que mi ruso hacía enormes progresos ya que no solo discerní con claridad en la entrevista dada, que hablaba de su maestra, sino de alguien que tuviese un ‘duro caracter’, que terminé por atribuirle a ella, aunque no disponiendo de los elementos gramaticales determinantes para poder fijar mi juicio.

Es una ventaja. Ves el bolero de Ravel de Plisetskaya y te pones a hacer profundos elucubrios sobre la tensión existente entre la afectividad en su dimensión intelectual y su expresión física y ves a Osipova y piensas en darte una vuelta por San Petersburgo. No que le quite la reflexión, es que la posterga a un segundo plano como quien no quiere molestar con tanta profundidad. Ahora, es obvio que Osipova asume menos que Plisetskaya la elucidación de tanto pensamiento hecho gesto aunque no por eso deja de insinuar respuestas un tanto acomodadas a la manera de preguntas, como quien delega sobre otros la tarea de decir las cosas, después de pensarlas, supone, en tanto que hace resaltar alguna incongruencia o subraya algo que faltase o expresa una hipótesis como eso mismo, una posibilidad?

La alternativa Osipova, que tiene grave peso de escuela, lo que no deja de ser agradable, en el fondo solo asume la responsabilidad de seguir diciendo lo que adquiere sin permitirse en exceso un juicio y eso hace resaltar lugares que son más escuetos, más desnudos y más sencillos que los grandes teatros universales. La escuela de baile cuyos muros, configuración y colores, reflejos e imposiciones son determinados por quien rige e impera sobre los lugares en tanto que – soñaba – ordena una enseñanza en vistas a que algún día, algún pupilo o pupila aterrice en el Bolshoi. Supones. No sabemos quien es, pero es obvio que es alguien tan tímido que nunca se atrevió a pisar un escenario razón por la cual imponía a sus alumnos un estricto llevarle la contraria en cuanto a principios fundamentales, porque si seguían en exceso su ejemplo, acabarían todos en un campo de gitanos a la luz de la luna y de la fogata alumbrada para que se oyesen solo las palmas resonando de alguien apelando siempre a si mismo. Precisamente. Lo que se guarda para si y no quiere mucho decirse guarda las ternura de una visión interna en la muy escueta representación del lugar desde el que enseña.

Haría falta entonces, continuas pensando, un Nureyev, que parece suscitar gran pasión en Osipova, pasión que solo compartiríamos por el hecho de que semejante fusión de elementos produce finalmente lo increible: que se pueda ver en público, arráncandole la timidez a través de la imposición de otro maestro más endiablado e infinitamente más narcisista, aquello que la otra esconde.

Si tuviera que darle palabras a eso mismo se resumiría a que alguien quería que se viese lo bello y no tuvo más medio que aliarse con el diablo para ello porque en el fondo supones que aquello que se dice en belleza es infinitamente más poderoso que el diablo que en si no es nada más que una vulgar criatura que se subordena a más altos designios.

Etc.

Luego siguen otros muchos pensamientos más.

Todo ello es razón suficiente como para, precisamente, intentar lo casi imposible que fuera de fijar semejante levedad irresuelta y casi irresponsable en una imagen fija, o en algunas, para que cada cual se quede con la que más le gusta. No, es que estaba buscando además algún elemento de decoración que se pudiese sustraer a las estrictas normas sobre derechos intelectuales. No es que sepa en exceso cuales ni cómo rigen pero me dije que probablemente tendría el derecho de guardarme alguna foto para mi, o para algún regalo.

Hasta ahí llegó mi reflexión cuando tuve que volver de nuevo a Inés de la Fressange porque me hace reir siempre y supones que es la perspectiva más adecuada para fijar imágenes. La risa es leve también. Se quiera o no se quiera se debiera compartir mi punto de vista aunque se deduzca de la simple traducción de un texto y alguna imagen.

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Los instantes preciosos de Ines de la Fressange

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“Hay un lugar en el sur de Francia, en Camargue, que crea casi automáticamente en mi, instantes preciosos. De repente, hay un destello de felicidad en casa cuando decidimos que vamos al día siguiente a  Z.

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Después de Arles hay que conducir un rato sobre la carretera de Saintes y girar  a la izquierda hacia  S y después vas a la aventura, a través de los pantanales, la carretera está en mal estado y es un poco difícil de encontrar y de repente se ven los flamencos rosas y de lejos se cree percibir el mar porque se ve un faro y se concluye que el mar no debe estar muy lejos. Ya ahí es formidable.

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Después vamos a la playa, es una playa muy grande donde no hay mucha gente. Jugamos con la arena, nos bañamos, estamos llenos de sal. Hay un momento en el que tenemos que irnos porque se siente con la luz, con la temperatura y hay esa especie de cansancio del sol y el viento del coche, pero en realidad a los niños les gusta quedarse en el maletero, detrás, lo que está estrictamente prohibido, agarrarse de las barras y recibir el viento en la cara y pegar gritos.

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Normalmente cantan canciones como ‘En los Campos Elíseos’ lo que está completamente fuera de lugar, pero cantan esas canciones a voz muy alta.

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Pero desde el momento en que tengo mi sombrero de paja y que estoy al volante de ese coche, principalmente cuando vuelvo de Camargue, soy extremadamente feliz. Pero el lujo es realmente eso, es la felicidad. “

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Es una buena definición de la mala conciencia. En todo caso está prohibido también, aunque no nos afecte la infancia.

Lo que hace reir a veces es la distancia que hay entre lo que se dice y lo que se quiere decir.

Y entre lo uno y lo otro se encuentran los errores de justicia, pues, a qué juzgásemos: a lo que decimos, finalmente, o a lo que queríamos decir?

Es cierto que se puede concluir con facilidad que Ines de la Fressange tiene costumbres un poco monásticas en lo que refiere a la moral, y no suputamos. Se deduce. Tiene la ventaja de rescatar lo prohibido a través de su inocencia que en el fondo no es nada más que la mala conciencia, cuando se asume. No está mal.

Es obvio que lo que tiene en común Ines de la Fressange con Osipova es que ambas utilizan dos ángulos radicalmente opuestos para construir sobre ellos un equilibrio muy sutil con harta levedad. Aparte de que la una sirve para ajustar la perspectiva con respecto a la otra. A mi. No dudo de que Ines de la Fressange sea una persona muy seria. Pero es una evidencia de que a mi me hace reir. Y desde un punto de vista absoluto no hay nada que prohiba la reacción espontánea y subjetiva a la presencia de algún personaje público.

En fin. Precisamente. Shanon me dijo ayer que si publicaba las fotos de su bar aun por inaugurar, contase alguna historia. Esta, por ejemplo. Lo que ahonda la disparidad y los ángulos radicalmente opuestos sin, claro, equilibrio entre ambos. Porque, francamente, qué tuviera que ver Osipova con Ines de la Fressange, a las que hemos encontrado un puentecillo anexando características con el bar de Mike y Shanon aun por inaugurar. Es cierto que lo que une lo uno con lo otro es que ‘Shanon me pidió que contase una historia al respecto y se me ocurrió ésta’.

Aquel día no me reía, ese día que fui a tomar las fotos del bar como había prometido aunque empezasen a desbordarme tantas promesas, aun rige palabra, decía. Además no había nadie aunque Mike había dicho que estaría ahí.

O sea que hice un par de fotos del exterior, primero.

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Luego vino Shanon.

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Es obvio que son americanos y que lo que realmente caracteriza a lo ecuatoriano es que consigue obligar al extranjero a definirse en particular en cuanto a su étnica pertenencia, razón por la cual el extranjero siempre termina por colgar una bandera ecuatoriana de algún lado. Yo cantaba ‘por dios juro sagrada bandera’, lo que en el fondo revierte en lo mismo aunque sea distinto.

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Lo americano es normalmente más frío que aquello que se apega al Bolshoi pero inserto en las predominantes líneas cuencanas casi como que deja todo el espacio del alma para uno mismo.

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La conversación empezó con un cuestionamiento sobre la seguridad que las leyes pueden aportar a la propiedad en cuanto a que es en el fondo sobre ellas que se construyen planes de futuro y terminó en una general contemplación sobre la problemática de las antigüedades, si eran o no eran y hasta qué punto podíamos decirnos expertos en cuanto a su evaluación. Evidentemente no resolvimos nada salvo que parecía de evidencia que cada cual tenía su manera de comprender sus propias leyes.

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Finalmente llegó Mike, que solo le puso la guinda final a la serie de fotos que estaba tomando.

Claro. Al final lo que une una cosa a la otra es un sueño de infancia. Aunque lo ponga en palabras Ines de la Fressange, sea un poco prohibido y en cualquier caso desfasado. No prohibido en si, quizá: lo más prohibido de todo es atreverse a creer que algún sueño de infancia se pueda hacer realidad aun cuando ya no nos encontramos en fases tan soñadoras de nuestra existencia.

Lo extraño es que para conseguirlo pueda ayudar hasta Nureyev.

Se concluye lógicamente que la historia puesto que subvencionada por la petición americana debiera terminar a la americana. Diciendo que todo ello no es nada más que un amago de publicidad para un bar aun por inaugurar al lado del río Tomebamba en la ciudad de Cuenca justo al lado izquierdo del puente por el que se sube a la calle Larga. Uno de ellos. No contando con más precisiones, la publicidad termina en posibilidad, a la … rusa.

 

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Transparencias

A 1 A 2

Es lo peor que te puede pasar, momentos en los que es casi posible definir la envidia aunque normalmente hagamos caso omiso de semejantes pasiones. Apenas le había sacado un elefante a alguna nube y un enano a una montaña, y me mandan éstas fotos, como si alguien hubiese avanzado dos mil años con respecto  a  ti en el sublime arte de encontrarle esquemas subyacentes a la realidad. Si hubiesen llegado más tarde, quizá me hubiera dado lo mismo porque se distrae la mente con otras cosas y lo que parece tan importante como proyecto metafísico se diluye en otras temáticas más o igual de interesantes.

A 3

Además, lo que es aun peor, si cupiese, dibuja finalmente la posibilidad de realizar lo imposible, o que me parecía realmente imposible a mi, aunque hiciese grandes esfuerzos por aniquilar la imposibilidad: cómo se introdujera ese elemento que llamaba espiritual o místico en referencia a Guayasamín dentro del arte de la fotografía? Arte al que precisamente le negaba el atributo de arte por ser incapaz a mi entender y reducido conocimiento, de ir más allá del mero reflejo de la realidad empírica, construyendo como mucho una perspectiva rozando la ideología que dice a alguien sin lograr jamás trascender la realidad más inmediata.

A 4 A 5

Sería eso mismo. Si lo irreal se plasma en lo difuso al perder definición y apela a otras dimensiones en las que caben los monstruos del lago Ness, los fantasmitas irreverentes y casi, se dijera, que hasta el gato con botas aunque aun hubiese que definir su espacio más concretamente porque éste, seguro, necesita ser una mancha concretizada sobre un muro pintado de amarillo, es obvio que la trascendencia no se puede hacer imagen que cuando se encuentra dentro de lo anodino dejado de lado y caído ahí de cualquier manera, es decir, depositado en su indiferencia allá por manos cuyos designios quizá solo se capten cuando en ello se encuentran los rasgos hasta de un Neandertal, diría yo, aunque cada cual interprete a su manera.

En lo que hay, hay otra cosa, lo quizá sea el modo más simple de definir la trascendencia. Y aunque Kant dijese que ‘es necesario pensar que la presencia de un cuadrado o un triángulo sobre la arena revela necesariamente la actuación humana’, es necesario constatar que incluso en aquello que no pretende a formas puras, se encuentra de por la mirada humana trazos reflejando algo más que la forma pura: la alusión a lo inteligible a lo que el arte suele pretender en exclusividad.

Es más que un buen comienzo que ya había constatado en los intentos de reflejar personalidad subjetiva de Flavia Schuster, es casi un paso hacia delante. Y permite fundar una muy simple evidencia: lo mismo cuando se cambia el medio que se utiliza para plasmarlo, precisa de una transformación que permita el decir eso mismo de otra manera. Si cierto árbol pintado será siempre una romántica alusión queriendo esquivar las imposiciones de las civilizaciones, el árbol de la fotografía no será nunca nada más que un árbol. Saber inscribir una disposición interna equivalente dentro de un medio diferente implica cambiar la perspectiva y se consigue, por ejemplo, de éste modo.

La realidad no se reduce a lo que captan los sentidos y los esquemas subyacentes revelan mucho más de lo que la mueve que ciertas pretendidas evidencias.

Se podría decir entonces, para continuar con la sempiterna cuestión de los valores que no acabará tan pronto que, por un lado, lo que llamábamos una problemática a valía más o menos general, cobra clara imagen en esto mismo: de reflejar realidades se pasa progresivamente a plasmar identidades y de ahí a dibujar disposiciones internas, progresos que marcan la valía de las cosas en tanto que hacen avanzar las problemáticas de por las respuestas que se aportan, y que, por otro lado, el esfuerzo hecho en diferenciarse de otros de por la profundidad adquirida de la respuesta le da más a lo que se hace, aunque luego, lógicamente, vengan otros imitando con mejor calidad técnica lo mismo.

Hay un momento en el que uno debe agarrarse a su propio valor, como diciendo que ya se ha hecho y saber hacerlo valer. Es decir, que debe saber dar a conocer lo que finalmente se reconoce como haciendo partícipe a otros de un resultado para cuya obtención se precisa de la presencia de otros tantos que solamente guían el pensamiento o apoyan la disposición.

Entre este fundamento del principio de determinación del valor del arte y el mercado actual del arte hay años luz y mucho abismo en medio, pero al menos alimenta la reflexión sobre el cómo fuera posible que perspectivas tan dispares pueblen una misma contemporaneidad.

Contribución de Ana Kasten

Texto: S Kasten

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